¿De qué "nuevo orden" hablamos?

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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19 de septiembre de 2019  

Días pasados, la candidata a vicepresidenta del Frente de Todos, Cristina Kirchner, sorprendió al proponer la instauración de un " nuevo orden". En sus palabras: "Este futuro va a requerir un nuevo orden. Un nuevo contrato social a medida de sus responsabilidades. Porque cuanto más tenés, más responsabilidades se tiene".

Según contó Francisco Olivera en su columna del sábado pasado en LA NACION, un intendente dijo no tener "ni idea de dónde surge eso". En cambio, un dirigente de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) estimó haber encontrado la punta del ovillo: "Nada extraño: Benedicto XVI hablaba del nuevo orden".

Esta cita de autoridad merece algunas consideraciones: la frase es exacta, solo son falsas las circunstancias -como habría dicho Borges- y el alcance de los nombres propios.

Benedicto XVI usó efectivamente esa idea en el mensaje Urbi et orbi, el primero suyo, para la Navidad de 2005. El pasaje completo es el siguiente: "Hombre moderno, adulto y, sin embargo, a veces débil en el pensamiento y en la voluntad, ¡déjate llevar de la mano por el Niño de Belén! ¡No temas, fíate de él! La fuerza vivificante de su luz te impulsa a comprometerte en la construcción de un nuevo orden mundial fundado sobre relaciones éticas y económicas justas. Que su amor guíe a los pueblos e ilumine su conciencia común de ser 'familia' llamada a construir vínculos de confianza y de ayuda mutua. Una humanidad unida podrá afrontar los numerosos y preocupantes problemas del momento actual..."

Esto no es nuevo. La crítica de Ratzinger a la modernidad y al imperio de una razón sin control aparecía, ya antes de su papado, en Entre razón y religión. Dialéctica de la secularización, el libro que registra el encuentro con el filósofo Jürgen Habermas en la Academia Católica de Baviera, en enero de 2004. Habermas hace notar allí que a una "modernidad desgastada" solo puede sacarla de su atolladero "un punto de referencia trascendental", y Ratzinger, que pone en duda la fiabilidad de la razón como fuerza moral, propone una "correlación necesaria de razón y fe, de razón y religión, que están llamadas a purificarse y regenerarse recíprocamente". Lo "post", con su lastre relativista, es en todo caso el enemigo común del filósofo y el teólogo.

En ese mismo libro con Habermas, Ratzinger se refiere al "surgimiento de una sociedad de dimensiones mundiales, en la que los distintos poderes políticos, económicos y culturales son cada vez más interdependientes y se tocan y compenetran en sus diversos ámbitos". Un poco después, extrae una primera conclusión: "No debe regir el derecho del más fuerte, sino más bien la fuerza del derecho". El problema entonces es el de las bases éticas del derecho, y a eso mismo apunta la mención del "nuevo orden".

Podemos recurrir a una de las figuras tutelares de Ratzinger, Romano Guardini. En su ensayo El fin de los tiempos modernos, Guardini señala un descentramiento del hombre. "Para los tiempos modernos -escribe- el hombre ya no está en todas partes expuesto a la mirada de Dios, que abraza al mundo, sino que es autónomo, libre de hacer lo que quiera; pero ya no es el centro, sino una parte cualquiera del mundo". Estos tiene efectos que reclaman ser corregidos por lo que Guardini llama "un arte espiritual de gobierno en el que el poder reinará sobre el poder. Ese arte habrá de distinguir lo justo de lo injusto, el fin de los medios".

"Nuevo orden" puede tener sentidos muy diferentes según qué quiera entender cada uno. No sabemos qué quiso decir Cristina Kirchner, pero la alusión a Benedicto XVI resulta impertinente y convierte en consigna una exigencia espiritual, no política ni económica.

Volvamos a decirlo: el ahora papa emérito se dirigía al "hombre moderno", al que le pide no que lleve, sino que se deje llevar: un poder que reine sobre el poder.

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