Disonancias entre el discurso electoral y la acción de gobierno

Sergio Berensztein
Sergio Berensztein PARA LA NACION
Cambiemos apuesta a presentar los comicios como una elección entre democracia y autoritarismo, pero es una estrategia riesgosa
Cambiemos apuesta a presentar los comicios como una elección entre democracia y autoritarismo, pero es una estrategia riesgosa Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
(0)
1 de marzo de 2019  

Hace una semana, cuando finalizaba su viaje por Asia, Mauricio Macri afirmó que, en caso de ser derrotado en octubre, la Argentina podría retroceder hacia el autoritarismo y habría limitaciones a las libertades fundamentales. Las imágenes del desastre humanitario y de las tácticas de violencia paraestatal que llegan a diario desde Venezuela contribuyen a hacer más tangible este alarmante y relativamente novedoso diagnóstico de la realidad con que el Presidente encara el último tramo de su primer mandato. Por su parte, Jaime Durán Barba , consultor estrella y responsable de definir los mensajes estratégicos de las campañas electorales del oficialismo, afirmó en una columna publicada en el diario Perfil que, si llegara a triunfar, Cristina Fernández de Kirchner emularía las prácticas de Nicolás Maduro , a quien la expresidenta distinguió con la Orden del Libertador General San Martín. Durán Barba sostiene que, contrariamente a lo que intenta comunicar con su giro hacia posturas moderadas, Cristina planifica una ofensiva jacobina en la que no dudaría en utilizar los servicios de barras bravas, presos comunes, narcos y otros grupos violentos para materializar su venganza y consagrar la impunidad desde el poder, sin la cual corre el riesgo de terminar en la cárcel, como Lula . "La gloria o Devoto", pareciera ser según Durán Barba la ecuación de Cristina, al margen de que el gobierno de la ciudad de Buenos Aires se dispone a trasladar esa unidad penitenciaria atendiendo a un viejo reclamo de los vecinos y ante la resistencia de los reos.

Hasta ahora, Macri se había referido en múltiples oportunidades a los problemas de la Argentina, apuntando a una multiplicidad de causas para explicar la decadencia del país. Nunca como hasta ahora había planteado una disyuntiva tan dramática, que cuestiona lo que su gobierno hizo hasta ahora en materia político-institucional. En efecto, si la democracia argentina es tan endeble, ¿qué hizo Macri todo estos años para fortalecerla? ¿Qué iniciativas, debates, proyectos o evidencia alguna de una preocupación genuina por la salud de las instituciones ha tenido su gobierno para evitar el riesgo de caer en una situación supuestamente tan grave? Si se trata entonces de una preocupación genuina, debe haber aparecido hace poco puesto que su administración no ha hecho nada hasta ahora para enmendar una cuestión tan conmovedora. Si, por el contrario, se tratase de un argumento electoral, Macri y su equipo están tomando riesgos muy considerables: si la expresidente decidiera no competir o si una tercera fuerza moderada pudiera alcanzar un grado de competitividad significativa, se desmoronaría el andamiaje discursivo de Cambiemos al margen de la evolución del clima económico y del humor social.

De cara a la ceremonia de apertura de sesiones ordinarias del Congreso que se celebrará hoy, la última de este mandato, vale la pena recordar la primera presentación de Macri ante el Parlamento, hace cuatro años. En esa oportunidad, aseguró que la enorme brecha entre "la Argentina que tenemos y la que debería ser" nos había llevado a "enojos, a resentimientos, a una búsqueda permanente del enemigo o el responsable externo o interno de por qué nos faltan las cosas que nos corresponden". Macri termina su mandato alimentando las heridas que se proponía suturar: sin logros en la gestión ni ideas novedosas para proponerle al electorado, pretende que la vieja grieta le permita ganar otra elección. No hay dos sin tres: en 2015 y en 2017 salió bien. ¿Le servirá ahora?

Esta concepción oficialista propone un maniqueísmo extremo según el cual en esta elección no estaría en juego la selección del liderazgo, sino un eventual cambio de régimen político: autoritarismo y democracia, como si volviésemos a los dilemas de la década de 1980. Se trata de la muy conocida fórmula "yo o el caos", que tantos beneficios le trajo a Carlos Menem , y que vuelve a ser utilizada por un gobierno que se presentaba como expresión de un supuestamente profundo e irreversible cambio cultural.

De este modo, Macri y sus estrategas se fuerzan a sí mismos a resolver un enigma fundamental: si su triunfo había sido en efecto el resultado de un cambio tan vital y definitivo de hábitos, costumbres y valores por parte de una mayoría de argentinos, ¿cómo es posible que de pronto lo peor de "la vieja Argentina" pueda en efecto regresar al poder y encima con una potencialmente desenfrenada sed de venganza? O aquellos cambios no eran tan profundos o "pasaron cosas" notablemente determinantes durante el mandato de Cambiemos como para que aquel "pasado mentiroso" pueda ser interpretado por una eventual mayoría de conciudadanos como claramente mejor que este presente de austeridad sin horizontes de mejora. Pareciera entonces terminar de derrumbarse esta construcción simbólica en que la coalición gobernante se definía a sí misma como la garantía de todo lo bueno y lo nuevo, superadora de viejas prácticas y exponentes de un vector de cambio inquebrantable y estructurador de una nueva identidad pospolítica. Será seguramente recordado como parte de ese diagnóstico ingenuo, superficial, infantil, determinista y sesgado de la realidad con que Macri y su equipo llegaron a la Casa Rosada.

Es probable que Macri pretenda hoy torcer la agenda de debate hacia temas en los que puede mostrar algún logro significativo, como la cuestión de la seguridad. Pero luego de haber anunciado hace un año que "ya había pasado lo peor" y de haber hace poco declarado que la inflación había comenzado a caer justamente horas antes de que se conocieran los preocupantes datos de enero, enfrentará al Parlamento y a la opinión pública con su credibilidad muy cuestionada: aquella vieja máxima del presidente mexicano López Portillo, "presidente que devalúa, presidente devaluado", explica mejor que ningún otro concepto la larga agonía que el Presidente viene padeciendo desde hace casi un año.

De tanto usar a Venezuela como espejo , Macri se convierte, tal vez sin saberlo, en su peor crítico: tiende a homologarse a los últimos exponentes del endeble sistema partidario liderado por Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera. Ese tobogán de ineptitud, ajustes, corrupción y duros enfrentamientos entre y dentro de las fuerzas democráticas pavimentó el camino para la llegada de Hugo Chávez Frías al poder. Y al identificar al kirchnerismo -la expresión más radicalizada y antidemocrática que ha exhibido el peronismo desde la desaparición de Montoneros-, ignora o al menos olvida un principio esencial de la política con mayúsculas: los gobiernos son al menos en parte responsables de las fuerzas de oposición que tienen, sobre todo en sistemas políticos desestructurados, volátiles, endebles. En esas coyunturas, la misión principal consiste en garantizar gobernabilidad y eso implica priorizar los objetivos sistémicos, del conjunto, no los partidarios o individuales. Si, por el contrario, la prioridad se reduce a perpetuarse en el poder, arbitrando entre las debilidades del resto de los componentes para ganar espacios políticos y consolidar proyectos personales, entonces más temprano que tarde la crisis endémica termina consumiendo a los gobernantes de turno. Eso le pasó a la Argentina en los últimos 35 años y por ahora no apareció una propuesta seria y factible de mejora de la calidad institucional. Cambiemos fue también en este aspecto una parte esencial del problema.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.