¿Doble comando? No, doble discurso

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7 de marzo de 2020  

Obligado a dar positivo en los controles que le hacen para ver su nivel de kirchnerismo en sangre, Alberto a veces exagera. En los últimos días se peleó con el campo por la retención a la soja, con la Iglesia por el aborto y con los jueces por sus jubilaciones, retó a los empresarios por el alza de precios y se hace el distraído con los proyectos para liberar a Milagro Sala y para convertir al periodismo de investigación en una prueba a favor de los investigados. Siempre fue un tipo de pocas pulgas, de genio complicado. Incluso algunos ya lo llaman Dylan, por lo que ladra. Pero cuando uno es presidente, en general elige con quién pelearse. Si andás a las patadas con los curas, con los chacareros y con los jueces, y además te guillermomoreneás con el "círculo rojo", queda la sospecha de que te están exigiendo pruebas de lealtad a la causa. En el último whatsapp a Cristina, anteanoche, le pidió la tarea para el hogar: "¿Ahora quién sigue en la lista, señora?".

El problema es que, haga lo que haga, es como que siempre está en falta, siempre le piden más. Desconfían de él. Apenas se va a duchar o a dormir, le revisan el teléfono. Sí, desconfían muchísimo de él, y lo bien que hacen. El ilustre profesor no tendrá plan económico (y mejor que no lo tenga si el encargado de hacerlo es este chico Guzmán), pero sí un plan político claro y evidente: reafirmar su poder, consolidar un liderazgo. En pocas palabras, sobrevivir a su vice. Más allá de que puedan compartir ciertas visiones, estilos, ideas y rencores, su kirchnerismo de estos días es absolutamente estratégico. A ver: él no haría kirchnerismo si no fuera presidente de un gobierno kirchnerista. Tampoco es que esté tan incómodo, pero sería un presidente peronista, populista, tirando a progre en lo social y cultural, y tirando a ortodoxo en lo económico. Iría tirando. Tirando camporistas por la ventana.

Cristina lo sabe, por supuesto. Es gracioso, porque a ella tampoco se le escapa que no son tiempos en los que se puedan volver a hacer todas las cosas que ella hizo, especialmente en materia económica. Que lo haya elegido a Alberto se explica también por la necesidad, entre otras muchas necesidades, de acordar con el Fondo Monetario y con los bonistas, tarea ingrata si las hay. Esta semana, los funcionarios de la misión del FMI se pasearon muy orondos por los pasillos de Economía, pidieron papeles, discutieron números, exigieron precisiones y en un almuerzo devolvieron hamburguesas porque no tenían salsa barbacoa. ¿Se la imaginan a Cris, a esta Cris cubanizada, teniendo que convalidar eso? Se mata. Yo hice algo que no se le ocurrió a nadie: contraté a una señora que lee los labios, para enterarme en qué había consistido el famoso reto a Alberto en el Congreso, el domingo. ¿Saben qué le dijo? "Oíme bien, porque no te lo voy a repetir: que sea la última vez que estos desagradables burócratas del Fondo ponen los pies sobre los escritorios".

El drama del profesor es más profundo, y casi que me enternece: tampoco logra superar los tests de antikirchnerismo que le hacen del otro lado de la grieta. Si una cosa tienen en común el 40% que no lo votó y el cristinismo duro es que a los dos les resulta poco confiable. Cuando, en su discurso ante la Asamblea Legislativa, dijo que "la mentira es la mayor perversión en la que puede caer la política", ese 40% interpretó que se refería a Macri, y los cristinistas, a Cristina. Yo creo que hablaba de Cristina. Es obvio que su juego consiste en darles señales a los dos bandos. "En el país no hay presos políticos", dice, y los soldados de la señora lo trituran. "En los últimos años, el lawfare se instaló en la Argentina", contrapone enseguida, haciéndole eco a su vice. Más que doble comando, doble discurso. No le debe ser fácil ese desdoblamiento permanente. Decirles a los obispos que es antiabortista y al colectivo de pañuelo verde, que es el abanderado del aborto. Dar por cerrada la página negra de los años 70 y, antes de que cante el gallo, afirmar que esa página jamás se debería cerrar. Alardear dos veces en tres días del congelamiento de las naftas y, al cuarto día, autorizar que YPF las suba. Mi miedo es que, como el protagonista de La tía Julia y el escribidor , un día se le trastoquen los papeles y empiece a decir macanas, tipo: "Nunca más me voy a pelear con Cristina. De última, dejaré de hablarle", o "el campo es macrista, y si yo tuviera campo también lo sería", o "por suerte De Vido quedó libre, porque Máximo está necesitando recaudar".

Nada le ha resultado sencillo al profesor desde que asumió. La economía no despega. Despega el riesgo país, que ayer llegó a superar los 2500 puntos. Despega la maquinita: el Banco Central está emitiendo a un promedio de 1000 millones de pesos por día. Algunas encuestas ya señalan que el 60% desaprueba su gestión. Cris lo visita en Olivos y durante cuatro horas lo sermonea y le da órdenes. Víctor Manzanares, el excontador de los Kirchner que declaró como arrepentido y acaba de pasar al régimen de desprotección de testigos que maneja el Gobierno, denuncia que fue amenazado. Parrilli dice que "el campo es el responsable de la crisis". Kicillof ve "plazas colgadas de las paredes".

Florencia acaba de decir que el macrismo la enfermó. A Alberto lo acecha su vice. Cuarentena urgente.

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