El papel crucial de la democracia

Dante Avaro
Dante Avaro PARA LA NACION
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26 de septiembre de 2019  

El reconocimiento facial es una industria en ascenso. Se refleja en la cantidad de patentes que se tramitan anualmente, tanto como en el tamaño del mercado presente y futuro. Esta tecnología está asociada, por un lado, a la videovigilancia, y por otro, a la seguridad pública. Para comprender el fenómeno, debemos considerar que la tecnología citada no solo vigila a personas y observa sus comportamientos, sino que también relaciona a las personas con accesos (por ejemplo, las billeteras virtuales). Observar comportamientos y regular accesos hace que el reconocimiento facial sea usado, a su vez, por otras herramientas de la inteligencia artificial.

En el plano de las relaciones internacionales, la utilización de la videovigilancia y el monitoreo del tráfico privado de internet (por ejemplo, redes sociales) parece ser una constante que no diferencia a democracias de gobiernos autoritarios; pero, puertas adentro, las democracias todavía gozan, gracias a los propios y complejos frenos y contrapesos, de una razonable cuota de privacidad que en sociedades autoritarias no existe.

En el plano internacional, los Estados van incorporando a pasos acelerados mecanismos y artefactos de vigilancia, ya no solo en forma paulatina y consensuada, sino en desenfrenada carrera. Recientemente, el gobierno de EE.UU. comenzó a solicitarles a los aspirantes a obtener visas que informen sobre sus cuentas en redes sociales utilizadas en los últimos cinco años. Por su parte, China -cuya escalada en materia de vigilancia no parece tener límites- ha endurecido sus políticas al respecto, especialmente en su frontera norte, en la provincia de Xinjiang.

Con la firma de Hilary Osborne y Sam Cutler, The Guardian publicó una nota titulada "Guardias fronterizos chinos ponen una aplicación de vigilancia secreta en los teléfonos de los turistas". La investigación de The Guardian circunscribe el fenómeno a la región de Xinjiang, fronteriza con Kirguistán. En esa región, el Estado chino obliga a la población musulmana a instalar una aplicación en su teléfono con la finalidad de ser vigilada. De hecho, el periódico citado había informado antes que esta estrategia alcanza a dos millones y medio de ciudadanos chinos practicantes del islam. Cabe agregar que, a través del paso fronterizo Irkeshtam, circulan al año aproximadamente 100 millones de personas.

En el mismo sentido, The New York Times advirtió -con un ingenioso título cuya traducción podría ser "El estado de vigilancia: hecho en China, exportado al mundo"- que China ha exportado al menos a 18 países su sistema de vigilancia; algunos de los compradores fueron: Zimbabwe, Uzbekistán, Paquistán, Kenia, los Emiratos Árabes Unidos, Alemania y Ecuador. Réplicas de este último fueron vendidas a Venezuela, Bolivia y Angola. Por otro lado, en el Reino Unido, gracias a una investigación de SkyNews, se conoció hace poco la primera evaluación externa sobre el uso del reconocimiento facial en la Policía Metropolitana de Londres. La evaluación estuvo a cargo de expertos de la Universidad de Essex y sus resultados no fueron muy favorables.

Según ese informe, el sistema provisto por la empresa japonesa NEC's Neoface se equivoca el 81% de las veces. En contraposición, las autoridades policiales inglesas admiten que el programa comete un error cada 1000 casos. Se trata de un desacuerdo cuya solución descansa, en el mejor de los escenarios, en la corroboración de evidencias, puesto que la policía no ha mostrado en qué se basa su afirmación. Pero también es posible, pensando lo peor, que alguno de los dos esté faltando a la verdad. Por fortuna, la democracia tiene instancias institucionales para procesar este tipo de desacuerdos.

De cualquier forma, hay hechos que permiten inferir que las tecnologías en cuestión necesitan, como mínimo, incorporar ajustes. Así, por ejemplo, en mayo, en San Francisco, la Junta de Supervisores de la ciudad aprobó una normativa que amordaza a la policía en materia de reconocimiento facial. Actualmente, la policía de San Francisco no utiliza esa técnica en la vía pública, pero esto no implica que no se use en los aeropuertos, los puertos o demás usos privados.

El caso de Londres y San Francisco muestra, a diferencia de China, que la democracia tiene sus ritmos, sus procesos, sus avanzadas y retrocesos. Si bien nada está asegurado ni garantido, el mayor reaseguro democrático consiste en que nada esté dado de manera definitiva. En particular, frente al avance de la vigilancia estatal, la democracia es, por ahora, una bocanada de aire fresco.

Investigador del Conicet

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