El populismo del lenguaje tiene su gramática militante

Luciano Román
Luciano Román PARA LA NACION
Calificar esa excentricidad como "inclusiva" implica entender el uso correcto del idioma como "excluyente"; no es así como se combate la discriminación
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27 de agosto de 2019  

" C hiques... para la próxima clase todes deben leer...". Cada vez son más los profesores que les hablan a sus alumnos con "lenguaje inclusivo". Suprimen el femenino y el masculino, aniquilan el género neutro y aplican su propio diccionario reñido con el español. Más que una excentricidad gramatical, es parte de la docencia militante, a la que se pliegan también varias universidades.

En nombre de una supuesta corrección política, avanza la idea de imponer una gramática y una sintaxis "inclusivas" que proponen una nueva grieta. Falta poco para que aquellos que no digamos todes (en lugar de todos) o nos resistamos a duplicar el lenguaje (todas y todos; estudiantes y estudiantas; miembros y miembras), seamos acusados de discriminadores, sexistas y reaccionarios. La propia denominación de "inclusivo" le asigna al otro el carácter de "excluyente".

Aunque resulte políticamente incorrecto, quizá valga la pena resistirse a la moda en defensa de nimiedades tales como el valor del lenguaje, la claridad conceptual y la libertad de expresión. Y en defensa, también, de reclamos tan justos e indispensables como el de la igualdad de género, que no merecen ser devaluados con cierta tilinguería militante.

No hace falta ser lingüista para entender que en el idioma español el género no está necesariamente referido al sexo. Hay una nutrida cantidad de nombres que son de género gramatical femenino, pero incluyen tanto a hombres como a mujeres (una persona, una criatura, una víctima). Tampoco hace falta caer en áridas disquisiciones para aceptar que el masculino funciona muchas veces como género neutro, abarcativo de ambos sexos. Pelearse con el idioma y decir (como hizo hace poco una diputada española) "portavoces y portavozas" nos aleja del feminismo para conducirnos al ridículo. Coquetear en las aulas con el "lenguaje igualitario" no parece contribuir, tampoco, a que los chicos aprendan a hablar y escribir correctamente (un objetivo que cada vez se cumple menos).

Pero el problema (al menos el más grave) no es que haya docentes, periodistas, políticos o intelectuales que recurran a estas extravagancias gramaticales para llamar la atención. El problema es que se intente imponerlo y se pase a una suerte de "autoritarismo de género" que arrase hasta con las reglas de la lengua castellana. ¿Se terminará creando una policía del lenguaje? No estamos demasiado lejos.

En ámbitos oficiales ya hay protocolos y "manuales de estilo" que obligan a utilizar fórmulas de "lenguaje inclusivo". Y cada vez es más difícil objetarlas, aunque sea con argumentos técnicos y fundamentos gramaticales. El "todas y todos" aún no es obligatorio por ley, pero vamos en ese camino. ¿Tendremos que allanarnos mansamente? ¿O se nos permitirá argumentar en contra, sin ser descalificados ni acusados de discriminadores y trogloditas?

Para empezar, toda ley que nos obligue a escribir o a pensar de determinada manera debería ser resistida. El lenguaje y las formas de expresión no deberían someterse a otras normas que no sean las de la ortografía, la sintaxis y la gramática. Y no deberían estar limitadas por otras leyes que no sean las que penalizan la calumnia, la injuria y la protección de la intimidad.

Quienes cultivamos, con mayor o menor destreza, el oficio de escribir tenemos derecho a defender el estilo, la simplicidad y la economía lingüística como parte de nuestras herramientas. ¿Hablan en serio cuando dicen que la República de los Niños, en La Plata, debería llamarse República de los Niños y las Niñas? Ya hay algunos que votan por República de les Niñes. ¿Se imaginan un diario obligado a mencionar todos los sustantivos que designan a seres animados en sus versiones masculina y femenina? En nombre de una "inclusión" mal entendida, ¿deberíamos renunciar a la fuerza y la simplicidad del lenguaje periodístico? ¿A quién se le ocurre que el "correo de lectores" excluye o discrimina a las lectoras? ¿Acaso los colegios de abogados o de médicos deberían aclarar que no excluyen a las abogadas y las médicas? "Mañana habrá elecciones en el Colegio de Arquitectos y Arquitectas", debería ser la convocatoria "inclusiva".

El feminismo vanguardista no perdía el tiempo en pelearse con la gramática, a la que en todo caso supo tomar como aliada. Un brillante artículo de Juan Javier Negri publicado por LA NACION (22/02/2018) cuenta cómo fue precisamente la corrección gramatical la que permitió que, en 1919, una pionera del feminismo, Julieta Lanteri, se convirtiera en la primera mujer que se postuló en la Argentina a una banca en la Cámara de Diputados. Mucho antes de que se les reconociera a las mujeres el derecho al voto, Lanteri recurrió ante la Junta Electoral con un argumento inapelable: al establecer las condiciones para postularse a un cargo electivo, la Constitución -sostuvo- "emplea la designación genérica de ciudadano, sin excluir a las personas de mi sexo". La Junta reconoció que tenía razón. Obtuvo el 1% de los votos. Pero no fue por el lenguaje supuestamente "excluyente", sino, en todo caso, por un primitivo machismo cultural del que todavía quedan resabios.

En ámbitos políticos o sindicales, y por supuesto en las redes sociales, muchos textos ya se escriben en "lenguaje neutro o asexuado", que reemplaza por una "x" o una arroba las vocales determinantes de género. El resultado, desde el punto de vista sintáctico, es tan chocante como incomprensible. Vale como metodología militante. El problema es la intención, cada vez más evidente, de imponerlo y de estigmatizar a aquel que siga escribiendo como un "machista, discriminador y retrógrado".

Francia, que suele tomar la delantera en cuestiones de progresismo cultural, ya decidió cortar por lo sano. Por decreto, el gobierno prohibió utilizar el llamado "lenguaje inclusivo" en los textos oficiales. Fue después de que la Academia Francesa de la Lengua alertó sobre el "peligro mortal" que suponía para el idioma la gramática "inclusiva".

Falta mucho para lograr la plena igualdad de género. Pero lo que falta no parece ser, precisamente, el esnobismo gramatical. Decir todes en lugar de "todos" no nos hace más inclusivos, ni más igualitarios, ni más respetuosos. Si se llegara al disparate de obligarnos a emplear esta suerte de populismo sintáctico, retrocederíamos, en nombre de un falso progresismo, a aquellas épocas en las que había nombres prohibidos y se intentaba imponer un "lenguaje oficial".

Si alguien quisiera distraernos del flagelo brutal de la violencia contra la mujer o de la desigualdad laboral y de otras discriminaciones aberrantes, lo más eficaz sería hablar de "miembros y miembras". Como tantas otras veces, pondríamos el acento (o la vocal) en el lugar equivocado.

Periodista y abogado

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