Guía práctica para el votante indeciso

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
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10 de agosto de 2019  

Levántese de la cama con gracia, de un salto, por más que no haya decidido todavía si se pondrá una remera o una camisa nueva que le gusta mucho pero resulta muy formal para un domingo, incluso éste. Abra el ropero y échese encima lo primero que encuentre, deje que el azar resuelva por usted el primer dilema de la jornada sin remordimiento ni culpa. Cepíllese los dientes ante el espejo y diríjase a la cocina ligero, cantando bajito, que allí lo espera el segundo. Entre el mate y el café, no sufra mucho ni lo piense demasiado. Decídase por una taza bien cargada de esa infusión salvífica en su temperatura justa. Siga el humo que despide y que invita a la ensoñación. Disfrute el momento, siéntase dueño de la mañana.

Mientras ingiere de a poco esa bebida oscura que templa la garganta y tonifica el espíritu, dispóngase a enfrentar por fin, de entre todas las dudas del hombre que duda, la mayor de todas, aquella que no ha podido resolver hasta ahora. Cuando esa espina lo atraviese, reconozca que en ella se juega algo que no tiene precio. Sepa que su destino y el del suelo que pisa está en sus manos, y que poco más tarde lo echará, envuelto en un sobre, en una ranura que se lo tragará para devolverlo multiplicado por millones, en lo que quizá será salvación o condena, la cara o cruz de lo que usted y el resto elija. Aférrese a su taza y no se asuste. Mantenga la calma. Y para aclararse las ideas, hagáse a usted mismo las siguientes preguntas, que valen también para aquellos que, resueltos y seguros, ya decidieron.

¿Le gusta que le mientan? ¿Es de aquellos que disfrutan o celebran el engaño? Hay en la viña del Señor quienes prefieren instalarse en el simulacro de las grandes palabras mientras cierran los ojos a las evidencias de la realidad, siempre más banal y aburrida. Se entiende. Vivir en un país con una pobreza de un dígito, y de una prosperidad que hasta la Alemania de Merkel envidiaría, no solo es menos doloroso sino que llena el alma de orgullo. De orgullosos está llena la mentira. Están también los que mienten con orgullo, y esa suficiencia también es atractiva, porque doblegar a los hechos con un discurso que los contradice de modo flagrante confiere poder e impunidad, la impunidad de los que se erigen en medida de la propia ley. La mentira exime de responsabilidad y eso también seduce. Aquellos que celebran la mentira o compran pajaritos de colores tienen sus motivos. ¿Está usted entre ellos?

¿Le gusta que lo humillen? No se ofenda con la pregunta. En estas tierras es una práctica extendida que muchos disfrutan y festejan. Aquí son legión los que rinden pleitesía a quien somete a sus semejantes a un trato despectivo o denigrante. Y están también los que voluntariamente se entregan a ese tipo de trato. Hay un halo de poder divino en aquel al que hay que temer un poquito porque, cuando ostenta el bastón y la capacidad de daño, es capaz de una represalia despiadada y caprichosa. En la hoguera de las vanidades, el que es humillado a la vez humilla al que tiene abajo. Así se genera una cadena de lealtades que paga en obediencia y sumisión. Es una cultura. ¿La comparte usted?

¿Le gusta que lo hagan callar? ¿Es de los que creen que su función es aplaudir sin abrir la boca? ¿Le parece correcto que haya solo una voz y que deban silenciarse aquellas otras que la contradigan? ¿Está entre los que se creen dueños exclusivos de la verdad y entienden que toda opinión en contrario es una molestia que debe acallarse? Disculpe la andanada de interrogantes. Esto no es una encuesta. Es solo el intento de allanarle el camino hacia la resolución de esa duda que lo carcome. Son preguntas. Puede haber otras.

A ver si esta sirve: ¿le gusta que le roben? Reformulo, para que no se ofenda. Tal vez no encuentre un especial placer en que le sustraigan aquello que por derecho es suyo, pero acaso no le importe demasiado. Quizá encuentra alguna justificación ideológica al uso. También puede ser que su debilidad por la simulación y el relato no le permita ver lo que se han llevado y ahora falta. Ni todo lo que anotó un contable que durante años se hizo pasar por chofer. Ni las confesiones detalladas de aquellos que participaron de la fiesta de los días de gloria en los que, bolso a bolso, las arcas del país quedaron vacías. ¿Cree que son infamias de los que quieren impedir la revolución?

No son preguntas difíciles. No se moleste en desarrollar respuestas largas o complejas. Solo vuelva sobre los interrogantes y trate de responder. Por sí o por no. Si respondió a todas sí o a todas no, lo más probable es que esté más cerca de clarificar su mente atribulada. En ese caso, bébase el café frío, suelte la taza y vaya a votar.

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