Historia de una hazaña

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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12 de abril de 2019  

La mayoría de nosotros probablemente no alcancemos a percibirlo, pero anteayer fue uno de esos días históricos que cada tanto nos regala la ciencia cuando, después de décadas de ideas locas e hipótesis que parecen descabelladas, incredulidad, investigaciones detectivescas y el choque de algunas de las mentes más brillantes del planeta, finalmente se devela un misterio insondable.

En este caso se resolvió el que desde 1916 planteaba una desconcertante formulación matemática: la que concluye que existen lugares del universo cuya gravedad es tan intensa que deforma el tejido del espacio-tiempo a tal punto que allí las leyes de la física se desvanecen.

La historia de cómo fueron concebidos y rastreados los "agujeros negros", que de ellos se trata, hasta llegar a tomar la foto que acaba de darse a conocer y que confirma las predicciones teóricas es tan fascinante como la trama de una de esas sagas que queremos seguir y seguir viendo aunque nos tengamos que levantar temprano. Walter Isaacson, en Einstein. Su vida y su universo (Debate, 2014), y Marcus Du Sautoy, en The Great Unknown. Seven journeys to the frontiers of science (algo así como "Lo desconocido. Siete viajes a las fronteras de la ciencia", Penguin Books, 2017), entre otros, la cuentan en todos sus apasionantes detalles.

Todo empezó inmediatamente después de que Einstein publicó su teoría de la relatividad general, en 1915. Impresionado por la belleza de esas elegantes ecuaciones, Karl Schwarzschild, matemático y astrofísico que dirigía el Observatorio de Potsdam, se propuso calcular cómo sería el campo gravitatorio en torno y dentro de un objeto cósmico.

Un dato casi increíble es que lo hizo en 1916 (en plena Primera Guerra Mundial), mientras servía como voluntario del ejército alemán en Rusia, donde estaba encargado de establecer la trayectoria de los proyectiles de artillería (algo similar le tocó enfrentar al matemático británico John Littlewood, que por esos años cumplió la misma función, pero convocado por el ejército inglés).

De sus cálculos se desprendió un resultado asombroso: si toda la masa de una estrella se comprimía en un espacio diminuto, los fórmulas no funcionaban. En el centro, el espacio-tiempo se curvaba infinitamente sobre sí mismo. Según Isaacson, en el caso de nuestro Sol, tal cosa ocurriría si toda su masa se redujera a un radio de algo menos de tres kilómetros; en el de la Tierra, si ese radio alcanzara algo menos de un centímetro.

Schwarzschild atisbó las insólitas consecuencias que surgían de sus ecuaciones. Se dio cuenta de que nada, ni la luz ni ningún tipo de radiación, podría escapar de la intensa gravedad que retorcía las entrañas de estos monstruos devoradores. Lo singular del caso es que Einstein nunca aceptaría que estos resultados se correspondían con algo real y Schwarzschild no tuvo la oportunidad de convencerlo, porque semanas después de escribir estos trabajos murió en el frente de una enfermedad autoinmune a los cuarenta y dos años.

Sin embargo, con el correr del tiempo se demostró que la extraña teoría de Schwarzschild era cierta. En los años 30, durante un viaje por mar que lo llevaba de la India a la Universidad de Cambridge, el físico Subrahmanyan Chandrasekhar se dio cuenta de que cualquier estrella con una masa equivalente a un Sol y medio podía sufrir ese colapso gravitatorio. En la década del 60, otros como Stephen Hawking, Roger Penrose, John Wheeler, Freeman Dyson y Kip Thorne siguieron afinando la teoría e hicieron nuevas predicciones. En 1964, se detectó lo que sería el primer ejemplo de una región de tal densidad en la constelación de Cygnus. Y el 14 de septiembre de 2015, se detectaron por primera vez ondas gravitatorias producidas por el abrazo salvaje de dos agujeros negros. Faltaba la observación directa, una hazaña científica y tecnológica de primer orden. Y se logró.

Ver para creer...

Por: Nora Bär

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