Por qué Alberto apostó por Guzmán

Laura Di Marco
Laura Di Marco PARA LA NACION
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14 de diciembre de 2019  

Después de varios días de zozobra, Guillermo Nielsen se enteró por Santiago Cafiero de que no iba al Ministerio de Economía. Había llegado a esa postulación por default: Matías Kulfas y Cecilia Todesca habían declinado la propuesta y en las dos charlas personales entre Alberto y Martín Redrado (más varias charlas telefónicas) habían surgido, entre otras cosas, diferencias conceptuales. Redrado -que conoce al flamante presidente desde la época en que ambos formaban parte del equipo de Domingo Cavallo- había elaborado un programa integral.

Un plan, con reforma tributaria incluida, y un elemento innovador: la posibilidad de que los dólares que los argentinos tienen ahorrados en el país -según sus cálculos, unos 55.000 millones- vayan al consumo en el mercado local, en la misma moneda en que ese ahorro fue generado. Es decir, en dólares. Fernández y su equipo de economistas, en cambio, plantearon que lo que hacía falta en el mercado eran más pesos. Y que había un margen para inyectarlos, a través de la emisión monetaria, sin que esa operatoria -de historia riesgosa en la Argentina- generara inflación. "Un jubilado con más plata en el bolsillo no se va a ir al dólar".

El planteo de fondo del team albertista era -o mejor dicho, es- este: la inflación interanual acumulada es de un 55 por ciento, el doble de lo que se expandió la base monetaria. Ergo, es factible emitir con moderación sin que eso se traduzca en mayor inflación, y mucho menos, en una crisis hiperinflacionaria, como barruntan los ortodoxos. Por el contrario, la inyección cuidadosa de pesos va a "lubricar" el mercado, un concepto que también respalda, paradójicamente, Carlos Melconian. "Esa no es la manera de incentivar el consumo porque lo que está cayendo es la demanda de pesos", retrucó Redrado, en aquellas rondas, en la antesala del poder.

La discusión no es para nada novedosa en la Argentina. Por el contrario, forma parte de un dramático debate que lleva décadas y que también se dio, ya en la última etapa, al interior del gobierno que se fue. Ante estos planteos, Hernán Lacunza respondía: "Aumentar la emisión puede funcionar, pero si se da en un clima de confianza. Y nosotros nos estamos yendo. Lo que hay que ver es la confianza que generan los que vienen". El día de la transición, Miguel Pesce le consultó a su ahora antecesor, Sandleris, hasta cuánto se podía emitir legalmente, según la Carta Orgánica del Banco Central. Observando la secuencia anterior, la consulta tiene sentido.

En aquellos días febriles y al día siguiente de las PASO, en las que arrasó, Alberto lo llamó a Melconian, con quien se venía reuniendo habitualmente desde 2010. Discípulo de Néstor al fin, cuando Kirchner murió y ya peleado con Cristina, el ahora presidente buscó reflotar aquellas conversaciones que el santacruceño solía tener con un economista liberal senior, de un perfil opuesto al suyo. Néstor quería entender cómo se veían las cosas más allá de su microcosmos: "¿Por qué los empresarios desconfían de mí?", solía preguntar, por ejemplo. Un ejercicio de pluralismo que Cristina jamás se permitió y que Fernández se esfuerza en comunicar.

¿De dónde va a sacar Alberto el dinero que necesita para "poner a la Argentina de pie"? Es la pregunta del millón cuya respuesta empieza a perfilarse, aunque aún no se deduce con claridad de la primera conferencia que, durante la última semana, ofreció Martín Guzmán, el joven economista que finalmente resultó ser el elegido. Justamente, una de las razones por las cuales fue ungido se relaciona con esa pregunta primordial.

En los ámbitos académicos de Estados Unidos, Guzmán es un desconocido, sin experiencia ejecutiva, pero con un activo para el nuevo presidente: un expertise sobre reestructuración de deudas y quiebras soberanas. Postergar tres años el pago a los bonistas privados y cerrar una negociación exitosa con el frente externo no solo es posible, sino que, a la vez, puede ser generador de confianza: un insumo esencial en cualquier arranque. Una garantía, a bajo costo, de un objetivo crucial: poner plata en el bolsillo de la gente. Como simplificaba un empresario, que habla a menudo con Fernández: "El dinero saldrá de los acreedores, el campo y la clase media, con nuevos impuestos y un poco de emisión".

Los antecedentes de Guzmán pueden resultar escasos para afrontar los graves problemas estructurales de la macroeconomía argentina, pero su perfil encajaba a la perfección con las demandas albertistas, que debían ser, a su vez, aprobadas por Cristina: un economista joven, sin pasado problemático, con un toque heterodoxo, aunque su discurso inicial incluyó una dosis alta de ortodoxia. Guzmán traía las palabras que el equipo fernandista buscaba escuchar. Alberto Fernández lo conoce, además, desde bastante antes de su reconciliación con Cristina. En 2017, el Chino Navarro, y desde las filas albertistas, ya presentaba al joven platense como un economista interesante ante figuras que podrían integrar un eventual armado opositor.

La clave parece residir en quién rodea a Guzmán. Dotarlo de expertos sólidos y técnicos senior, convocando a los que ya pasaron una larga temporada en el Estado y conocen esa botonera a la perfección. Es el caso de Raúl Rigo, el nuevo secretario de Hacienda y una figura clave del nuevo esquema. Viejo conocido del Presidente, fue subsecretario de Presupuesto durante 15 años, en los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner e, incluso, se quedó dos años más con Macri. Oficialistas y opositores no dudan en reconocerlo como el economista que más sabe de finanzas públicas. La convocatoria a Daniel Marx o Adrián Cosentino, quienes participaron en anteriores procesos de reestructuración de deuda, va en el mismo sentido.

En la introspección del llano, mientras tanto, Macri ensaya su mea culpa en el manejo de la economía. Empieza a convencerse de que debería haber hecho lo más difícil al principio, como le recomendaban. Cuando baja la adrenalina del poder, las cosas se ven más claras. Demasiado tarde para lágrimas.

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