Un desembarco tortuoso en la provincia imposible

Jorge Liotti
Jorge Liotti LA NACION
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19 de enero de 2020  

María Eugenia Vidal pasó su primer mes de gestión corriendo a tres delincuentes por las rutas provinciales. Axel Kicillof, tironeando con bonistas por los vencimientos más urgentes de la deuda. La provincia de Buenos Aires tiene modos abrasivos de dar bienvenidas. Son apenas expresiones de un distrito que parece inviable en su estado actual, una entidad no resuelta del sistema federal, condenada a ser coadministrada con el gobierno nacional.

El politólogo Andrés Malamud, un crítico histórico de la estructura bonaerense, habla de "hipertrofia", "subrepresentación política" y "desestructuración interna". Hipertrofia porque alberga al 38% de la población argentina, una proporción única en el mundo. Sin embargo, al mismo tiempo está subrepresentada en el Congreso, lo que hace que los presidentes la seduzcan en tiempos de campaña, pero la marginen a la hora de la gestión. A eso se suma la desorganización burocrática que implica contar con 135 municipios, 8 secciones electorales, 12 regiones sanitarias, 19 departamentos judiciales, 25 regiones educativas y 32 jefaturas departamentales de seguridad. "La provincia es de coordinación imposible", concluye.

En reflexiones veraniegas, la propia Vidal sacó sus conclusiones sobre las "asimetrías" estructurales de la provincia que les complicaron la gestión a ella y a Daniel Scioli. Apuntó a la superposición de roles entre la Nación, la provincia y los municipios, lo que para ella lo transforma en un "sistema de administración fallido". Después habló del hecho de que aporte el 37% del PBI nacional y reciba el 23% de los fondos (aunque como remarca Nadín Argañaraz, del Iaraf, gracias a la actualización del Fondo del Conurbano haya mejorado su ingreso en 3,4% entre 2015 y 2019). Y también mencionó el atractivo que generan sus centros urbanos para migraciones internas y externas, que sobrecargan su sistema de prestación social y de salud.

Curiosamente, aun con estos problemas, algunos indicadores estructurales evolucionaron. Según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, en el conurbano mejoraron indicadores de servicios básicos como el acceso al agua corriente y cloacas, entre 2010 y 2019. Pero al mismo tiempo subió el déficit alimentario y sanitario, y el empleo formal nunca superó un tercio de la población. Es decir, el conurbano sintió con más fuerza que otras regiones del país la prolongación de la recesión económica nacional, que agravó la pobreza. A eso se suma un dato que aporta Agustín Salvia: "Dentro del propio conurbano es cada vez más profunda la diferencia entre sectores de clase media-baja y los que directamente quedaron marginados del sistema. Esa es la grieta más profunda".

Kicillof se resiste a hablar de que la provincia es "inviable", aunque admite sus déficits estructurales. Es más, está atrapado en uno de ellos, que deberá resolver esta semana: el vencimiento de US$250 millones de deuda. Debe conseguir una renegociación con el 75% de los acreedores, una parte de los cuales está concentrada y aceptaría un acuerdo, y otra, muy atomizada y anárquica, a la que también debe sumar en parte para llegar al mínimo requerido. Las tratativas son muy complejas e involucran a la Casa Rosada, no solo porque la estrategia está coordinada, sino también porque el mercado especula que el curso de acción que tome Buenos Aires será un indicio de la senda que adopte Martín Guzmán a nivel nacional. Pese a ello, cerca de Alberto Fernández no garantizan un auxilio para el caso de que se frustre una reprogramación. "La negociación de la provincia es propia. Si ayudamos a Buenos Aires, después hay otros 23 distritos que estarían en el mismo derecho", advierten en la Casa Rosada.

Por ahora Kicillof se plantó en una posición intransigente y no quiere adelantar cuál sería el plan B si los bonistas no aceptaran su propuesta de postergación de vencimientos hasta el 1° de mayo. Por lo bajo se queja por la trampa que le dejó el cronograma de vencimientos, con US$2900 millones para este año y US$8800 millones para todo su mandato, cuando Vidal debió afrontar US$4500 millones entre 2015 y 2019. El exministro Hernán Lacunza salió a proponerle una serie de alternativas que eviten un default, pero Kicillof está convencido de que el perfil de la deuda debe resolverlo este año porque es "insostenible". En el fondo deduce que si no ordena esa variable de entrada, lo condicionará el resto de su mandato. "No tengo caja", es la frase que más repite en su intimidad, casi una extensión del grito desesperado de "tierra arrasada" de la noche que ganó la elección. La inminencia del pago de los sueldos a partir de febrero más las paritarias se transforman ahora en un horizonte amenazante. "No se pueden afrontar las dos cosas, deuda y salarios", advierten en La Plata para el caso de que se frustre la renegociación. El futuro siempre luce incierto en la provincia.

Pero el gobernador no solo tiene un grave problema económico, aunque sea su principal foco de atención, por urgencia y por formación. Las tratativas para aprobar la ley impositiva a principio de año dejaron resentidas muchas terminales políticas que lo pueden complicar. La primera experiencia de negociación con la oposición no fue satisfactoria. La ley no conformó a nadie y la dinámica legislativa agrietó lo que podría haber sido el inicio de un esquema de acuerdo, al que un sector de Juntos por el Cambio estaba dispuesto a aceptar, en la línea de los intendentes más dialoguistas, como Diego Valenzuela o Néstor Grindetti. "Kicillof ve el consenso como una derrota en sí misma, se para en una postura de intransigencia con el mensaje de que como él obtuvo el 52% de los votos hay que aprobarle todo", se quejó uno de sus interlocutores. Vidal habló con él directamente cuando estaba de vacaciones, con la idea de establecer una asociación estratégica al estilo de la que tuvo con Sergio Massa, pero no funcionó. La Legislatura seguirá siendo un territorio escarpado para él.

A eso se agrega la tensión que expresan importantes intendentes del peronismo, porque perciben que los dejaron fuera del juego provincial, a diferencia de lo que pasó en la Nación. No solo no pudieron incluir a nadie en el gabinete, sino que además aseguran sentirse al margen de la gestión. "Nos excluyó y no nos atiende. Hay falta de confianza", se quejó un referente del conurbano, que asegura que el vínculo de Kicillof con Máximo Kirchner no atraviesa su mejor momento porque La Cámpora tampoco se percibe contenida. Con Massa el trato es apenas cordial. Pero el riesgo de aparecer aislado no preocupa al gobernador. Se siente más cómodo con cuestiones de gestión que con la rosca política, que delega en el rústico Carlos "Cuto" Moreno y en Teresa García.

Un factor disgregante en este contexto ha sido Sergio Berni. Al desafiar al Presidente públicamente no solo se ganó el malestar de la Casa Rosada, sino que también agravó su mala relación con los intendentes, que lo acusan de estar obsesionado con ser ministro de Seguridad nacional. En la semana mantuvo una reunión con alcaldes de la 1a y la 3a sección electoral en Almirante Brown, donde hubo acusaciones cruzadas. Los intendentes aducen además que Berni promueve liderazgos alternativos en sus municipios. Muchos ven detrás la mano de su mentora, Cristina Kirchner. De todos modos, la cuestión central está en la policía bonaerense. Allí aún anida un fuerte malestar desde cuando dijo que tenía "un 92% de rechazo" y "falta de profesionalidad". Su idea de rodear la jefatura de la fuerza con exfederales, tampoco contribuyó. Hay quienes pronostican tiempos turbulentos en esa interna. Kicillof aún no dio señales sobre el tema. Tuvo un primer mes muy complejo.

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