Un poeta subraya a otro poeta

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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24 de octubre de 2019  

Es curioso el destino de los poetas olvidados. Escribieron, escribieron, escribieron y nadie parece leerlos. Acaso sean "poetas menores de las antologías", aun cuando sean poetas mayúsculos. Ahora mismo, mientras yo escribo estas líneas, y ahora mismo, mientras otro, el lector del diario, las lee, alguien en algún lugar del mundo estará leyendo además un poema de Alfred de Vigny y alguien más, un poema de Vicente Barbieri.

Vigny fue posiblemente el poeta más modesto del romanticismo francés, el menos espectacular. Pero su libro más importante, el que por lo menos yo prefiero leer, fue póstumo y se llamó Diario de un poeta.

¿Y Vicente Barbieri, ese emblema de la poesía argentina de la generación del 40? De él prefiero estos versos iniciales de un poema extenso: "Dormirá el hombre inadvertido y solo/ mientras arden estrellas y estaciones,/ mientras laten los otros corazones,/ mientras el viento va de polo a polo". ¿Habría dormido ese hombre inadvertido en Alberti, el lugar de nacimiento del poeta? "Inadvertido" es la palabra. Vigny y Barbieri son poetas "inadvertidos".

La siguiente cuestión es por qué unir a un poeta francés del siglo XIX con otro de la primera mitad del siglo XX en el hemisferio sur. Porque Barbieri lo leyó y conocemos sus subrayados.

Leer un libro por los subrayados de un tercero desconocido es un ejercicio interesante que, sin embargo, sería mejor resistir para nos distraernos de nuestras propias marcas. En cambio, los subrayados y anotaciones de un poeta en el libro de otro poeta resultan irresistibles.

Vicente Barbieri leyó el Diario de un poeta de Alfred de Vigny y dejó en su ejemplar (una edición en castellano de Emecé fechada en 1946) sus anotaciones. Hacia la mitad del libro, está la siguiente entrada del diario de Vigny en 1836: "Amar, inventar, admirar: he aquí mi vida". Barbieri pone en una especie de nota al pie manuscrita, una marginalia: "Quizá sea esto lo más significativo leído en este libro, hasta este punto".

Hay más. Vigny planea escribir sobre (en contra de) Chateaubriand y consigna: "Boceto de un artículo que no haré, pero que debería ser escrito". A Barbieri esto le merece el comentario que viene: "¿Podría ser la fórmula para un libro?... Quizá". En ese mismo párrafo, Vigny le imputa a Chateaubriand haber "olvidado sus pretensiones aristocráticas con sus alabanzas democráticas". Barbieri comenta: "¿Bernárdez?", en alusión a Francisco Luis Bernárdez.

Como sea, los subrayados y las anotaciones se acumulan y me recuerdan otro caso de malicia invisible para todos. Pasó también por mis manos un ejemplar de Música en Buenos Aires, el libro de Jorge D'Urbano que había pertenecido a un crítico, ya muerto, rival de D'Urbano. No diré su nombre y lo llamaré aquí simplemente Tiberio. Entre las páginas, Tiberio había dejado el recorte de diario de un artículo, justamente sobre los deberes de la crítica, que D'Urbano había publicado en 1967. Decía D'Urbano, con entonación de censura: "Conozco casos de críticos que llegan tarde a la sala o se retiran antes. Si luego no lo aclara públicamente, está cometiendo una grave falta de responsabilidad". Al margen, en el callejón mínimo de blanco entre las columnas de texto, Tiberio anotó: "La cometió él".

Nada peor para otro que un par. Sin embargo, lo más interesante del caso de Vigny y Barbieri es que podían ser pares en el sentimiento, en la poética, pares en la teoría, acaso, pero jamás en el tiempo, algo que nos cura en salud.

Barbieri lee a Vigny como un hermano. Adivina su destino menor en el del otro. Vigny, el amigo de Baudelaire, conoció la gloria de la historia de la literatura y de varias frases célebres: "Viajero, dime, ¿qué significa el viaje?". Y también de esta, marcada por Barbieri: "Usted conocerá todas las verdades que yo sé, y otras las aprenderemos ambos al mismo tiempo".

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