Comenzar de nuevo

Javier Campos
Javier Campos PARA LA NACION
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21 de abril de 2014  

Siento, desde hace ya un tiempo, que en el país está ocurriendo algo mucho más importante y valioso que lo que enseñan las encuestas y elecciones. El país está cambiando de forma mucho más profunda de lo que percibimos; es como si existiese una aún leve y pequeña pero perceptible marea de fondo. La Argentina parece estar cerrando un ciclo muy largo del cual el kirchnerismo fue tan sólo el último capítulo; un capítulo que puso fin a la etapa político-ideológica que marcó al siglo XX. De algún modo, con el kirchnerismo pasamos del "que se vayan todos" al "ya gobernaron todos".

La crisis de 2001 y el grito ciudadano de "que se vayan todos" sacudió a tal punto las estructuras políticas establecidas que permitió que asumiera el poder el último colectivo ideológico que nos faltaba probar, quizás el del canto de sirenas más estridente. Era el gobierno de la "juventud maravillosa", el de los que enfrentaron a Perón y a los militares, el gobierno de la insurrección armada de los años 70. Junto con ellos se está apagando la última de las luces ideológicas que nos encandilaron y nos impidieron avanzar en el reconocimiento de nuestras verdaderas falencias.

Pasada esta experiencia política, se puede decir que ya gobernaron todos. Gobernaron Perón, los militares azules y colorados, los radicales del pueblo y renovadores, los peronistas de derecha, de centro y de izquierda; liberales y populistas. Probamos diferentes recetas, privatizándolo todo y estatizándolo todo. Se gobernó con el FMI y sin el FMI, con malos términos de intercambio (soja a 150 dólares) y otros increíblemente buenos (soja a 600 dólares).Nada de esto dio resultado: los gobiernos a cargo del Estado argentino, en su afán por perpetuarse, terminaron gastando mucho más de lo recaudado y así una gran crisis sucedió a la otra.

Si bien hemos responsabilizado de todo a nuestros gobernantes, la mala noticia es que en todo este tiempo la culpa ha sido nuestra. La involución de la Argentina se debe a nuestra intolerancia ideológica, nuestro costado deshonesto, al desinterés por el bien común, nuestro resentimiento social, una mentalidad cortoplacista y una sobrevalorización de los derechos por encima de nuestras obligaciones. Con cada una de estas actitudes, traicionamos las ideas republicanas de nuestros fundadores. En síntesis, el amor al poder ha sido mucho más fuerte que el poder del amor a la Argentina.

Sin embargo, éste es el momento de comenzar de nuevo. Se nos presenta la oportunidad única de aventurarnos en una Segunda República, que nacerá a partir del reconocimiento de que ya no habrá ideología salvadora que nos libre de sumergirnos en un gran mea culpa nacional como ciudadanos.

Debemos recuperar la cordura, el sentido común y, luego de asumirnos como responsables, darnos cuenta que también hay un patrón de nuestro sistema político que incentiva las recurrentes implosiones económicas y que favorece la llegada a la administración de aquellos que no se quieren ir, y que ahuyenta y no convoca a quienes estarían dispuestos a aportar algunos años de su vida y capacidades a la política.

Nuestros problemas como sociedad se pueden definir como "preideológicos", por cuanto su solución es un requisito previo para la aplicación de cualquier ideología política. Por eso es posible convocar a una gran interna nacional de partidos que adscriban a este diagnóstico, independientemente de sus ideologías. El ganador de esta interna estaría previamente comprometido a realizar un gobierno de transición y restauración del sistema republicano durante un mandato único de cuatro años. El gobierno que asuma sería el encargado de aplicar políticas de Estado tendientes a alcanzar una serie de objetivos urgentes: convocar a una reforma constitucional para modificar la cláusula referente al mandato presidencial, a fin de instaurar un mandato único de cinco o seis años sin posibilidad de reelección e incorporando restricciones para cónyuges y parientes en primer grado para el mandato subsiguiente; reformar la Justicia, conformando un Consejo de la Magistratura realmente independiente y apartidario que actúe decididamente en la eliminación de la corrupción en los estrados; dictar fuertes leyes anticorrupción y crear una comisión investigadora para delitos de corrupción aberrantes; reformar la Carta Orgánica del BCRA de forma que su función esencial sea cuidar el valor del peso de los argentinos; encarar una reforma en la educación que logre detener la decadencia educativa y mejorar el desempeño del alumnado en las pruebas PISA; diseñar y ejecutar un plan nacional de lucha contra el narcotráfico y la corrupción policial; fortalecer los organismos de control y reducir los gastos políticos del Estado.

Sólo volveremos a creer en el país y en su futuro si vemos en nuestros dirigentes una autolimitación a su tendencia a perpetuarse. Entonces habremos llegado a uno de esos momentos históricos únicos donde el poder del amor al país vence en su eterna batalla contra el amor al poder. Habrá llegado la hora del gobierno más fuerte de todos, el gobierno del largo plazo para el bien de los más débiles, el gobierno del bronce, el que dará inicio a una Segunda República.

El autor es empresario

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