Como en el cuento de la lechera

Paul Krugman
Paul Krugman MEDIO: The New York Times
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31 de agosto de 2000  

NUEVA YORK

Acertijo: ¿cuánto hay de superávit en el presupuesto federal? No me refiero a esas proyecciones que hablan de dos billones de dólares, o más, para la próxima década y que han convertido las elecciones en un referéndum sobre qué hacer con tanto dinero llovido del cielo. ¿Cuál es el superávit presupuestario de este año? No es muy grande. El superávit "presupuestado" para el año fiscal 2000, que excluye seguridad social (ambos partidos acordaron que así debía ser), rondará los 60.000 millones de dólares. Sin embargo, el grueso de esta cifra no debería figurar en el presupuesto, por cuanto representa los excedentes en dos fondos que, como el de seguridad social, constituyen sendas reservas acumulativas para nuestra futura vejez: Medicare y el fideicomiso federal de retiro. Hoy por hoy, el verdadero superávit ronda los 20.000 millones de dólares.

Así pues, nuestro debate político se basa en proyecciones según las cuales, a lo largo de esta década, el superávit anual medio será unas diez veces mayor que el superávit real del corriente año. ¿No estaremos haciendo como la lechera de la fábula o, como suele decirse en inglés, contando los pollos cuando aún no han salido del cascarón? ¿No querríamos, cuando menos, examinar meticulosamente qué tenemos en mano? Eso hacen Alan Auerbach y William Gale, de Berkeley y Brookings, respectivamente, en su nuevo análisis. Y, siguiendo la metáfora, su conclusión ya tiene plumas: esas proyecciones son descabelladas; los enormes superávit futuros que venimos dando por sentados son pura fantasía.

Gastos discrecionales

Primer punto de su análisis: si guardamos bajo llave los fondos de Medicare, pensiones federales y seguridad social (¿qué político admitiría su intención de saquearlos?), inmediatamente rebanamos a los excedentes futuros una tajada de 800.000 millones de dólares. Aún queda un superávit proyectado bastante grande. Pero tal proyección parte de la hipótesis, formulada por la Oficina de Presupuesto del Congreso, de que durante la próxima década los gastos "discrecionales" (aquellos que, a diferencia del gasto en seguridad social, Medicare o los intereses sobre la deuda, no han sido ordenados por la legislación vigente) se mantendrán en los niveles actuales.

Si el gasto se mantiene constante mientras el crecimiento económico incrementa la recaudación tributaria, a la larga habrá, por cierto, un gran superávit presupuestario. Pero, si bien los funcionarios de la Oficina de Presupuesto están obligados a fingir que creen en las declaraciones de los representantes, lo cierto es que los servicios públicos aumentan sus exigencias a la par del crecimiento económico: hay más tráfico aéreo por controlar, más hogares que proteger de los incendios forestales. Ya lo sé: usted insistirá en que el gobierno, tal como está, ya es demasiado grande.

Retrocedamos a 1960, cuando los gastos "discrecionales", hoy inflados al 6 por ciento del PBI, eran de apenas... ¡vaya! en verdad rondaban el 12 por ciento del PBI. Reconozcamos que el grueso se destinaba a defensa. De hecho, la mitad de los gastos discrecionales continúa asignándose a ese rubro. Frente a esto, y al clamor por unas fuerzas armadas robustecidas, resultará tanto más difícil mantener constantes los gastos totales. (De paso, el porcentaje del PBI asignado a gastos discrecionales no militares es el más bajo desde 1962.) Por consiguiente, según una proyección realista, los gastos discrecionales aumentarán por lo menos tan rápidamente como el PBI. Por cierto, de emprender una expansión militar progresiva, habrá que reducir sustancialmente las asignaciones para servicios públicos, de modo que los gastos discrecionales no suban más rápido que el PBI.

El análisis Auerbach-Gale presume que dichos gastos crecen a la par de la economía, y proyecta para la próxima década un superávit de apenas unos 350.000 millones de dólares. Ni siquiera llegará a dejar margen para los recortes impositivos de Al Gore, y menos aún los de George W. Bush (éstos generarían un déficit de un billón de dólares). Y eso, suponiendo que no haya recesión, emergencia militar u otros males. Si, además, tomamos en cuenta las exigencias que afrontarán los fondos federales cuando se jubile la generación de la prolífica posguerra del 45, en realidad tendremos un déficit a largo plazo.

Presiónese acerca de todo esto a quienes promueven enormes reducciones tributarias y ellos sacarán de la manga otro argumento: la economía norteamericana crecerá más aceleradamente aún que los proyectos de la Oficina de Presupuesto, de modo que podremos barajar otro par de billones de dólares. Tal vez sea así, pero ahora contamos los pollos antes de que siquiera hayan sido puestos los huevos. Lo más probable es que esos grandes excedentes no se concreten. Y cuando los pollos que no nacieron nos caigan encima, como recaen las maldiciones sobre quien las pronuncia, lamentaremos los días en que, engañados por cálculos chapuceros y escenarios color de rosa, entregamos la nidada, perdón, las reservas del país.

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