Comparación imposible

Daniel Della Costa
Daniel Della Costa LA NACION
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22 de abril de 2004  

No son pocos los que le han reprochado al Presidente que, en ocasión de su reciente enfermedad, haya elegido para internarse un remoto nosocomio de Río Gallegos. Dando lugar así a que un médico (seguramente excelente), informara acerca de su estado de salud con el mismo modo familiero que emplean los médicos de barrio con los parientes de un vecino: "Quédense tranquilos -parecía decir-, que esto es una pavada y en unos días nomás lo tienen otra vez en casa a don Néstor preparando el chimichurri y jugando al chinchón". Algo inobjetable, si no fuera porque este don Néstor preside un país con 36 millones de tipos, que habrán asistido a este proceso con el ¡ay! en la boca, salvo alguno que lo siguiera desde el otro lado de los Andes.

Sin embargo, acá cabe ese dicho popular de que no hay mal que por bien no venga. Porque Kirchner aún no había vuelto a saludarse con los granaderos cuando el Diego fue sorprendido por una crisis cardíaca e internado de inmediato en una conocida clínica de la avenida Pueyrredón. Lo que ocurrió a partir de entonces fue espectacular, en especial si se lo compara con el caso K. Porque mientras al hospital de Río Gallegos acudieron sólo algunos medios locales y nacionales (que lucían aburridísimos), parientes, amigos y unos pocos funcionarios, en la clínica porteña se apiñó la prensa nacional e internacional; la noticia fue tapa en todos los diarios del mundo; la calle se convirtió, a la vez, en un santuario y en una mini Bombonera, en la que los fans vivaban al pibe de Fiorito como si estuviera en la cancha y no en terapia intensiva; y el doctor Cahe estuvo en un tris de ser inmolado por una parafernalia de cámaras, micrófonos, grabadores y teléfonos, cada vez que se atrevió a dar un parte médico.

La diferencia de locaciones impidió que alguien intentara siquiera una comparación que no hubiera favorecido al presidente. Por lo que seguramente en los medios kirchneristas se agradecerá no sólo que varios miles de kilómetros hayan separado una internación de otra, sino que la fortuna también lo haya favorecido, evitándole que su gastralgia coincidiera con el trance del mago de la zurda. Porque en ese caso no se habría podido disimular lo que todo buen nativo sabe desde la cuna. Que a un político le pueden dar maravillosamente las encuestas y que a sus baños de muchedumbre acudan, gratuitamente (salvo uno que otro choripán) miles de tipos. Pero que todo esto nada puede frente al delirio que provoca un mocoso de gambeta prodigiosa, capaz de pisar la globa, hacer un caño y un rabona y ponerla en el arco rival justo en el rincón de las ánimas, allí donde el arquero jamás podrá llegar aunque calce botines con resortes.

"¿Vio -dijo un parroquiano del Margot- que cuando el presi volvió a la Rosada sólo lo estaba esperando un tipo en la plaza con un cartel de bienvenida?" "Pero claro, maestro -justificó el reo de la cortada de San Ignacio- cómo me va a comparar a Lupino, que todavía tiene que embocarla, con el Diego, que le hizo un gol a los ingleses, y con la mano, frente a 500 millones de espectadores."

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