Completemos la semidolarización

Por Eugenio Díaz-Bonilla Para LA NACION
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11 de diciembre de 2001  

WASHINGTON.- Con las últimas medidas, al menos una cuestión puede quedar resuelta: no va a haber devaluación en el sentido tradicional del término, porque (con una excepción que voy a discutir enseguida) el peso con tipo de cambio garantizado uno a uno por dólares está desapareciendo. La excepción a esta afirmación son los aproximadamente 10.000 millones de pesos en circulación (no los depositados en cuentas bancarias, que supongo que van a ser transformados en dólares completamente, sino los que circulan en efectivo). De ese total, en poder del público habría unos 8400 millones y el resto serían tenencias de los bancos, según los últimos datos del Banco Central (planilla del 3 de diciembre, con cifras del viernes 30 de noviembre). Pero en comparación con el total de la economía y de los activos líquidos en dólares, esa suma es menor. Los cambios traumáticos de las devaluaciones tradicionales suceden cuando la liquidez en moneda local es muy elevada respecto de los activos líquidos en dólares y entonces la necesidad de deshacerse de esa moneda local lleva a saltos sustanciales en la cotización de la moneda extranjera.

Precios y salarios

El que no pueda darse una devaluación tradicional no significa que los precios relativos no tengan que seguir ajustándose si están desacomodados, por ejemplo si los precios de los bienes y servicios internos (desde teléfonos hasta servicios de administración y gestión pública, pasando por otros como educación, salud, cine, restaurantes y construcción) están muy altos en comparación con los precios de productos comercializables (por ejemplo textiles o productos agropecuarios). La sensación que dan ciertos precios (como las entradas de cine) y salarios (como los sueldos de los senadores) medidos en dólares es que todavía son muy altos. Pero ese reacomodamiento no tiene necesariamente que suceder mediante un cambio dramático de la paridad cambiaria que puede exceder ( overshoot ) el ajuste necesario de precios relativos. Además, el que no haya devaluación tradicional implica solamente que los deudores en dólares no van a ver sus débitos súbitamente incrementados en moneda local, pero igual van a tener que generar los recursos para pagarlos, y los flujos necesarios para hacerlo pueden implicar mayores esfuerzos financieros medidos en dólares.

Para que esto sea así, lo que conviene es completar la (semi)dolarización. Primero, la transformación en depósitos en dólares de los depósitos en pesos, que ahora es voluntaria, debería ser obligatoria. Segundo, hay que considerar la situación de los 8000 millones de pesos en circulación entre el público. La mejor opción es asegurar que se depositen en el sistema bancario, a cambio de lo cual a los depositantes se les abre una cuenta en dólares, con chequera y tarjeta de crédito (cosa que pueden hacer voluntariamente ahora, pero que habría que acelerar). Tercero, los pesos en manos de los bancos hay que transformarlos o en dólares o en un instrumento de deuda del gobierno en dólares. Cuarto, las deudas en pesos deberían transformarse en dólares, pero debería considerarse el hecho de que han estado pagando un interés adicional precisamente como seguro contra una posible devaluación. El valor presente neto de esos pagos extras debería ser descontado de la deuda actual, al transformarla en dólares.

El proceso tendría que terminarse en diez o quince días. Luego de eso el peso desaparece de circulación, y con ello la garantía de conversión uno a uno.

Desde la perspectiva del Banco Central, esto liberaría un porcentaje elevado de los 10.000 millones de dólares que ahora se utilizan para garantizar los pesos en circulación (la magnitud de los fondos liberados va a depender de la cantidad de pesos que se depositen en las nuevas cuentas en dólares, de los requisitos mínimos de liquidez por ser aplicados a esas cuentas y de cómo se instrumente el cambio de los pesos que tienen los bancos). Esos dólares ahora liberados deberían ser utilizados por el Banco Central para reforzar la liquidez del sistema bancario, ya que el problema actual es un ataque contra el sistema financiero. Asimismo, se debería convocar a las casas matrices de los bancos internacionales (y a los bancos centrales de los países donde están localizadas), para que aseguren al ahorrista que las sucursales en nuestro país van a tener suficiente liquidez para afrontar los pedidos de retiro de fondos de los depositantes.

Las posibilidades de un ataque contra la moneda, ya de por sí reducidas con las medidas tomadas en estos días, serían prácticamente eliminadas con el canje de pesos en efectivo por depósitos en dólares. Puede suceder que haya un momento de ansiedad y de salto especulativo en el precio del dólar, si los tenedores de pesos salen a comprar dólares en el mercado secundario. Pero nadie aceptaría pesos que van a desaparecer de circulación, y los tenedores de pesos van seguramente a reconocer que es mucho mejor abrir una cuenta en dólares al tipo de cambio uno por uno que pagar un superpremio por dólares billetes.

Sistema bimonetario

El siguiente paso sería crear una moneda nueva local, sin garantías de conversión a un tipo de cambio fijo. Al principio sería como la moneda local que sigue circulando, al menos como cambio chico, en otras economías dolarizadas (Panamá, El Salvador).

Sobre el dólar y esa nueva moneda se puede reconstruir el sistema bimonetario que siempre ha existido en la Argentina. La economía funcionaría, como ahora, sobre la base del dólar (que ahora tendría un papel aún más central) y la nueva moneda (que puede perfectamente llamarse peso ), cuya cotización estaría determinada por el mercado. Sin embargo, la presencia de esa moneda local daría una opción de política monetaria independiente que ahora no existe. Esto evitaría la -a mi entender- falsa opción entre dolarización y devaluación, o entre dólares y pesos. Esta sería una economía semidolarizada, pero en la cual una nueva moneda circula con un valor de mercado no garantizado por el gobierno.

La Ley de Convertibilidad seguiría vigente en lo que hace a la prohibición de financiamiento del gobierno por parte del Banco Central, pero debería dársele a esta entidad la posibilidad de dar descuentos a los bancos comerciales para que puedan prestar a las empresas en esta nueva moneda. Esto habría que hacerlo dentro de un rígido marco de programación monetaria.

Los salarios deberían pagarse con una cierta proporción en dólares y otra en la nueva moneda. Puede determinarse, por ejemplo, que al menos un 30 por ciento de los salarios debe pagarse en dólares, y el resto, en pesos. Los dólares serían utilizados seguramente para las operaciones de ahorro e inversión (incluyendo el pago de las deudas en dólares). La población está acostumbrándose a recibir el pago en dos monedas, por ejemplo pesos y bonos de gobiernos provinciales. Esto mejoraría la situación, porque serían dólares y la nueva moneda. Los impuestos deberían pagarse en dólares, también con un porcentaje prefijado, por ejemplo no menos del 40 por ciento. Todo el proceso de bancarización iniciado en los últimos días debe mantenerse.

Este esquema, a mi ver, permite evitar los serios problemas que una devaluación descontrolada podría generar (afectaría a los bancos, empresas y consumidores), dolariza la economía a la vez que mantiene un margen de política monetaria, permite un ajuste de precios y salarios relativos más suave y a través del tiempo, y libera fondos en dólares para otros usos en el Banco Central. Como esto también obliga a movilizar los fondos en dólares líquidos que existen en la Argentina (que el Tesoro de los Estados Unidos ha estimado en 25.000 millones de dólares), más las cuentas en dólares de los argentinos en el exterior, para pagar los impuestos, el problema del financiamiento de la cuenta corriente se reduce o desaparece: se estaría generando un flujo de capitales automático (ya sea que salga del colchón, de la caja de seguridad o de la cuenta en el exterior). No afectaría al Mercosur porque no sería muy diferente de la situación actual.

Desde el punto de vista teórico, este esquema permite separar las tres funciones de la moneda, que ahora están mezcladas en un solo instrumento: el dólar actuaría como reserva de valor y como unidad de cuenta (además de medio de pago), mientras que la nueva moneda actuaría principalmente como medio de pago, aunque puede asumir algo de las otras dos funciones. Desde el punto de vista práctico, un sistema relativamente comparable a lo que sugiero acá es el que utilizó Abraham Lincoln durante la Guerra Civil en los Estados Unidos. La Argentina también está en guerra, contra la pobreza y la desesperación, y necesitamos apelar a mecanismos poco ortodoxos.

Este esquema no reemplaza la necesidad de estabilizar el marco político, implementar el programa de déficit cero y completar la negociación de la deuda. Pero puede ayudar a que esas otras actividades se completen como se debe.

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