Con el populismo no alcanza

Alejandro Rozitchner
Alejandro Rozitchner PARA LA NACION
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16 de febrero de 2006  

Una de las discusiones activas en nuestro mundo político es la que opone a las consideraciones ideológicas de los problemas sociales la necesidad de enfrentarlos más bien en términos de gestión. La propuesta implícita es suplantar escenarios poco verificables de lucha y resistencia por otros más concretos y reales, como los que surgen del estudio de los problemas y de la intención de resolverlos. ¿Es un planteo ingenuo, que desconoce las complicaciones naturalmente asociadas a la lucha por el poder? A veces puede serlo, pero al mismo tiempo supone la aplicación de una vocación de trabajo allí donde solía apostarse a un espíritu de rebelión, y sobre todo a las palabras. La ideología es más un hecho discursivo que un mundo de acciones y de logros, cosa que no es necesario lamentar, ya que sus acciones –muchas veces violentas– suelen profundizar los problemas que buscan resolver.

Ya adultos, ¿podríamos seguir señalando las intenciones ajenas como origen de nuestros problemas y limitaciones? A la hora de hacer funcionar las cosas como querríamos, la nueva visión pone el énfasis en la responsabilidad colectiva de la sociedad respecto de su producción de crisis. Y sí, la responsabilidad es siempre una visión menos glamorosa que la de la lucha, pero todo logro –personal, social– proviene de ella. No hay por qué tener una imagen desencantada de la madurez, como si ésta fuera la renuncia a la excitación de vivir y no, por el contrario, la asunción de nuevas capacidades y nuevos disfrutes, cosa que en verdad es.

Mientras la ideología propone un esquema maniqueo y simplista y arma una consideración de lo “bueno” popular como necesario límite al siempre engañoso y manipulador desarrollo, este otro tipo de abordaje –más moderno y más eficaz a la hora de luchar contra la pobreza real– aparece enunciado en planteos del tipo: cómo hacemos rendir de la mejor manera posible este presupuesto, o de qué forma podemos reducir rápidamente la pobreza, o qué trabajo colectivo sería necesario para transformar un país poco hábil en el arte de vivir en uno más capacitado. Este giro está teniendo lugar, y no lo detienen las torpes objeciones que sugieren que el criterio de eficacia o gestión va en contra del bienestar popular. Lo que ha sido ya probado hasta el cansancio es que no basta con que un movimiento se diga o se muestre popular para resultar realmente útil para el bienestar de la mayoría. Más bien suele suceder lo contrario: los movimientos que hacen gala de representación popular conducen el país hacia el paternalismo, la pobreza y la mediocridad. Pero ¿son estos movimientos culpables de las incapacidades nacionales o más bien expresión de ellas?

Algo podría, sin embargo, ser añadido al ideal de la responsabilidad activa (otra manera de denominar al enfoque de la gestión), y es la noción o actitud de la invención, la intención del atrevimiento, la frescura de una mirada nueva, distinta, sin temor, con más respeto por el futuro y la vida potencial que por la tradición o por la historia. Elementos éstos de gran valor, pero de los que no corresponde hacer derivar la producción de realidad nueva.

Sí, se trata de gestionar y no de hacer ideología, pero hay más: la gestión no sólo debe ser eficaz y moral, debe ser atrevida. Es necesario sumarle la tarea de rediseñar lo posible, mirar las cosas como si realmente estuviéramos vivos y ésta fuera nuestra oportunidad de hacer algo. ¿Acaso no lo estamos?

La creatividad es el factor que hace de la gestión algo superior o hasta sublime. Incluso los que abogan por la gestión suelen tener dificultades para abordar este paso imprescindible, creyendo que ser eficaz es meramente hacer las cosas bien, cuando en realidad hacerlas verdaderamente bien sería muchas veces dejar de avanzar por la vía acostumbrada y animarse a optar por una enteramente distinta. No son sólo la seriedad y el respeto las actitudes que logran la eficacia ni las que conducen al éxito. Los empresarios chocan constantemente contra este límite: conocen la importancia de la creatividad –es más, la noción de creatividad fuera del campo del arte pertenece a su cosecha–, pero no siempre pueden ser todo lo enérgicos (y sutiles) que quisieran al aplicarla, y lo saben. También muchos políticos quisieran reinventar las condiciones de su actividad, llegar de otra manera a su público (los votantes) y ser capaces de lograr que un viejo conflicto pueda pensarse de manera nueva y generar de esa forma la posibilidad de otros abordajes y soluciones.

Uno de los problemas básicos para que la invención pueda ocupar un espacio mayor en las cuestiones públicas es que existe entre todos un acuerdo básico de realidad que consiste en no darle mucho aire a una perspectiva que ponga en cuestión la descripción habitual de las cosas, pareciendo ese ejercicio de observación, osadía y pensamiento –temerario pero útil, si se confía en él y se lo sabe hacer crecer– más un gasto innecesario de tiempo y recursos que una exploración valiosa.

Muchas otras veces el deseo de innovar aparece desplazado por el factor “urgencia”: ¿qué querés inventar, no ves que se nos viene abajo el andamio? O por el conservadurismo natural de la ciudadanía: el cambio es siempre peligroso.

Que para el desarrollo nacional habría que tomar en cuenta otras variables que no suelen ser consideradas ni en la escena política ni en la opinión pública es una posición de pura sensatez mental que no admite muchos reparos, o que no debería admitirlos. Sería ése un acto de lo que deberíamos llamar creatividad política, como una forma de darle una vuelta inesperada y productiva a la cosa pública que nos estrangula desde hace décadas.

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