Con Kirchner, me equivoqué

Marcos Aguinis
Marcos Aguinis LA NACION
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10 de diciembre de 2009  • 02:28

Antes del 1º de diciembre de 2003, cuando Néstor Kirchner debía asumir su período constitucional -porque venía ejerciendo la Presidencia que hubiese correspondido a Duhalde, alejado antes de tiempo- cometí un gran error. Publiqué un artículo inspirado en la histórica frase de Martin Luther King "I have a dream" (Yo tengo un sueño).

Mi sueño era grandioso. Esperaba que el día 10 Kirchner pronunciase un discurso magnífico. Diría que en los seis meses previos se había dedicado a construir poder para reintegrarle dignidad a la investidura del presidente y estar en condiciones de empujar el país entero hacia un progreso sostenido. Que de ninguna manera le interesaba el poder por el poder mismo, sino como un instrumento beneficioso para la sociedad. Por eso convocaría a un consenso nacional integrado por las grandes figuras que la Argentina tiene y no aprovecha. No excluiría a sector alguno. Su objetivo era diseñar políticas de Estado que tuvieran una mirada estratégica potente. El consenso permitiría que los proyectos fueran viables y se mantuvieran vigentes a lo largo de sucesivas administraciones, aunque respondieran a distintos colores políticos. No descartaba la alternancia del poder, desde luego, como es norma en las verdaderas democracias.

En su mente -yo esperaba que dijese Néstor Kirchner- figuraban la excelencia en educación, el perfeccionamiento del sistema de salud, levantar viviendas para todos, abrir y mejorar rutas, reconstruir el sistema ferroviario siguiendo el modelo de los países exitosos, conseguir una sólida y confiable seguridad jurídica que atraiga inversiones argentinas y extranjeras para abrir millones de nuevos puestos de trabajo que terminasen con la pobreza, castrar el narcotráfico, sancionar sin clemencia los actos de corrupción y volver a convertir la Argentina en un país movilizado por la pasión y la esperanza.

Pero me equivoqué.

El 10 de diciembre fue ignorado. Ni siquiera se conmemoró un nuevo aniversario del restablecimiento de la democracia. Ni siquiera se le brindó un homenaje mínimo a la institucionalidad que había resucitado en aquel día, allá, por 1983.

El Presidente no se interesaba en el país, sino en su poder y su fortuna. El suplemento Enfoques de LA NACION había publicado antes de las elecciones de 2003 una investigación que ponía la piel de gallina sobre "El feudo del sur". En ese trabajo se efectuaba una descripción minuciosa de la forma autoritaria, demagógica y arbitraria que lo había caracterizado a Néstor Kirchner cuando había sido intendente de Río Gallegos y luego gobernador y otra vez gobernador de Santa Cruz. Su conducta hostil hacia la prensa independiente, su desdén a la oposición, las trabas ejercidas con la justicia y otras yerbas, ponían en evidencia a un individuo que desprecia las instituciones y no se ajusta a otro código que beneficiarse a sí mismo. Yo no podía creer que ese hombre trasladara ese modelo primitivo y reaccionario a todo el país. Que jibarizaría la Argentina entera al formato de una provincia casi desértica como Santa Cruz. Esperaba que el nuevo atalaya y la presión de 40 millones de ciudadanos lo hicieran elegir un camino mejor. Era lo más sensato y lógico.

Pero me equivoqué.

Me equivoqué pese a no haberlo apoyado ni votado. Pero sí haber tenido algunos rayos de expectativa, suficientes para haber redactado aquella columna inspirada en Martin Luther King.

Kirchner demostró que su sueño (si lo tenía) era opuesto al mío. Pero como el poder era suyo, estuvo en condiciones de bajarlo a la realidad. Mi sueño y el de millones de argentinos dejó de ser placentero y se transformó en pesadilla. Néstor consiguió que incluso su esposa, interesada en reivindicar el género femenino, haya degradado a la mujer. Cristina pudo imponerse en las elecciones presidenciales, pero no consigue imponerse ante su marido. En la Argentina se ha tornado demasiado fuerte la impresión lamentable de que el "verdadero" presidente es él y no la mujer electa. Esta mujer se ha reducido a funcionar como un simple vocero atrapada en las redes de la frivolidad y el narcisismo.

En torno a otro 10 de diciembre, cuando oficialmente inicia sus sesiones un Congreso remozado y vemos aparecer en el horizonte el sol del Bicentenario, la mayoría de la sociedad ruega que la pesadilla se convierta en sueño. Y el sueño en una bella realidad. Que los argentinos aprendamos a querernos y, juntos, roturaremos los surcos de un progreso verdadero, sostenido. Y que es posible.

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