Concertación del desconcierto

Por Orlando Barone
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16 de diciembre de 2001  

Cada alma tiene su propio daño argentino. Y cada cuerpo su cajero automático torturador y su default privado. Cada uno tiene su ideología o su capricho partidario, pero todos tienen la misma rabia de damnificación inmerecida. O merecida. La emergencia exige socorro. Clama acuerdos.

Para concertar tantas partes desiguales _muchas ya tan dolidas y chamuscadas que únicamente exigen alivio antes de sentarse a acordar_ tiene que haber un motivo menos abstracto y difuso que el amor a la Patria. Qué patria. Hay patrias y patrias. Hay quienes sólo ven la patria financiera, o la patria politicista o caudillesca, la coimera, la privada, la servil, la consumista o la haragana. No son la misma patria. Hay patrias que sobreactúan su grandeza ysus irrealizables ficciones, y hay patria conejillo de indias, patria de experimentaciones, y patria de idiotas útiles y de inútiles no idiotas.

Se ha logrado el despropósito de que cada argentino, dentro de la geografía de la patria vaciada, cree tener su propia patria personal. Patria intangible, inconclusa y frustrada. Patria individual y egoísta.

Sea bajo dictaduras brutales o por el voto democrático y a veces increíblemente reincidente en las equivocaciones, militares inolvidablemente olvidables, presidentes, gobernadores y legisladores progresistas, populistas, capitalistas, pragmáticos o exclusivamente venales, igualmente incompetentes dado el resultado, y ministros de economía insuficientes, insanos o fanáticos; o mercachiflesincapaces de entender la globalidad más que como angurriapara atragantarse sin considerar la recomendación del derrame, así como augures y analistas políticos enfáticamente comprometidos con la contradicción según la historia los va desmintiendo, han estado haciendo esta patria actual de la cual se caen argentinos mientras los que quedan en el mapa los están viendo caerse. También se caen ellos: los que se han esmerado en el diseño. O los que han aplicado su vocación política de estropajo y acomodamiento desde el Congreso o desde los sindicatos.

Millones de residentes no coincidentes,desiguales en méritos y en deméritos, han _hemos_ aportado lo nuestro: la aquiescencia y el consentimiento, o el entusiasmo y la permisividad para que la patria actual se fuera haciendo deshecha. Se fuera deshaciendo sin hacerse.

Cavallo es hoy, aún más que el presidente, el chivo expiatorio.Su vulnerabilidad como objetivo nace de haber cometido un error de cálculo privado, imperdonable en un economista y en un ser racional, aunque este don innato pueda perderse. El error fue creerse un genio. Y muchos creyeron que lo era. Para creer que alguien es un genio hay que ser un genio. Tal vez supusieron que la ley de convertibilidad y la venta del patrimonio del Estado eran comparables a la teoría de la relatividad, a la interpretación de los sueños, a la invención de la imprenta o al Descubrimiento. Cavallo es sólo un hombre, un especialista; un técnico autoconvencido por imaginaciónegocéntrica y autoestima sin restricciones de que iba a ser capaz de inventar un país que entrara en su cabeza y no aplicar su cabeza a lograr adaptarse a un país con una historia de generaciones.El mismo, ante esta demencial hecatombe abarcadora, no puede ni siquiera tener el alivio de dudar. Unicamente le queda seguir hasta donde no pueda, hasta donde el azar no le dé más oportunidades y hasta donde los ciudadanos sigan exponiendo sus nalgas. O hasta que éstas tengan todavía piel sin lacerar o se resignen a la indigna aceptación de la sodomía involuntaria.

El estado de la sociedadprueba que hemos cruzado el umbral de lo que supuestamente se llama normalidad. Estamos locos: millones de cerebros y de cerebritos y de descerebrados tenaces de este suelo patrio han sido lanzados al delirio bancario. Debemos ser hoy el país del mundo más interesado en el dinero y a la vez el más alejado del dinero. La convertibilidad alambró la plata disponible; ahora la clausura monetaria nos impide ya verla. El próximo paso podría ser que desapareciera. No es una zoncera haber logrado que una comunidad entera viva pendiente de la economía. Al menos en el medievo vivían pendientes de las religiones. Como imposición ideológica ésta es un éxito.Cualquier tiranía, dictadura, absolutismo anterior, no produjeron este sometimiento a una creencia cuya mediocridad "mediocratiza" conciencias y comportamientos. El arte, la poesía, los buenos sentimientos, las relaciones afectivas entre nosotros,nuestra religiosidad o nuestra ética están sujetas a la prepotencia de este economicismo que por su propia vocación totalitaria y corrupta se está consumiendo a sí mismo y a sus mejores discípulos y creyentes. No hay nadie ileso aquí. Ni siquiera los autores del hecho. Lo que en principio dejaba un tendal de damnificados de planta baja y de subsuelo ahora empieza a damnificar pisos más altos, pent houses , residencias, empresas. Damnifica las almas: las que aún quedan. La de Menem es un alma en pena que vuelve empujada por el descontrol del infierno. Hay un caos de almas a la marchanta y en la confusión la de él aprovechapara reinstalarse cerca del cielo. Confía en la distracción o en la debilidad argentina para que se le reabran las puertas. Al alma de Menem _todos la tienen_ la rodean sus almas aliadas: tienen rostros y lucen todavía plenos. Son tan temerarias, y algunas tan impúdicas, que no asumen el bochorno de sus caras. No acabaron de consumir lo que les proveyó su glotonería y vuelven para encontrar nuevos bienes. No hay que ser tan ingenuos: siempre hay proyectos de riqueza hasta en un país arrebatado por saqueadores legitimados paradójicamente por individuos aparentemente sagaces y presuntamente vivarachos: nosotros. No se hagan ilusiones los que crean que ya no hay nada para saquear. Cualquier país con habitantes humanos, aunque sea un fracaso colosal, siempre tiene recursos. Ricos o pobres, los países son inagotables para quienes emplean instrumentos de perforación sofisticados.

Mientras, almas en masa consumidas por las colas en los bancos, por la miserabilidad de ocupar su tiempo en cuentas no menos miserables, claman por doquier no perder aunque sea el espíritu de Navidad. O siquiera la porción de vida que les queda sin desgarro. Que les queda: si les queda. Mientras hay vida hay esperanza.

El dinero nos costó demasiado caro.

E-mail: baronehouse.com.ar

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