Un país más difícil para gobernar

Joaquín Morales Solá
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14 de agosto de 2011  

No es fácil explicar por qué tantos políticos quieren ser el próximo presidente de la Argentina. Un mundo frágil, signado por escandalosas caídas financieras y económicas, y por sorprendentes revueltas sociales, podría cortar en el próximo período presidencial la buena racha que favoreció al país durante casi nueve años. El abandono de la austeridad fiscal, iniciado en 2006 y profundizado desde 2007, colocará en manos de la próxima administración la responsabilidad de sincerar los números de la economía. El próximo mandato, sea quien sea el presidente, será necesariamente más complicado y menos agradable que los períodos que comprendieron el último año de Duhalde y los ocho años de los dos Kirchner.

El país está blindado, repite el gobierno de Cristina Kirchner. Es cierto que el país no depende del crédito privado, como en la gran crisis de 2001, porque ahora directamente no tiene crédito. La Argentina ni siquiera está pendiente del riesgo país, que marca la tasa de interés que el Gobierno debería pagar. Esa obsesión de hace diez años se ha evaporado; nadie está dispuesto a prestarles dinero a los gobernantes argentinos por más que ofrecieran pagar altísimos intereses.

La actual independencia de los mercados financieros no es una diferencia menor respecto de los peores años argentinos, pero la economía nacional deberá enfrentar otros desafíos. Un mundo más frugal y sobrio, que es lo que necesariamente ocurrirá en los próximos años, no podría ser nunca una buena noticia para un país que viene creciendo exponencialmente gracias a sus exportaciones.

El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, un viejo héroe en el templo del kirchnerismo, ha escrito en estos días en el Financial Times una frase sin optimismo ni ilusiones sobre la crisis mundial: Los problemas de ahora sólo pueden empeorar . Mouriel Roubini, el único economista que predijo el crac financiero de 2008, advirtió hace poco también que el mundo se asoma a una "tormenta perfecta". Describió así las razones: la crisis fiscal y política en los Estados Unidos; la ralentización de la economía de China; el inmanejable conflicto de la deuda en Europa, y el frenazo de la economía de Japón. No necesitaba explicar nada más: ahí están las locomotoras de la economía del mundo, azotadas por problemas económicos, financieros, sociales y políticos.

Otro premio Nobel de Economía, Paul Krugman, un buen amigo de Barack Obama, acaba de definir la actual situación de la economía norteamericana como "un largo período de depresión menor". La depresión es una categoría más profunda y más extendida en el tiempo que la recesión. Krugman llegó a esa conclusión luego de observar que la economía estadounidense no pudo recuperarse nunca de la recesión de 2008 y 2009.

Otros analistas son apenas más optimistas: anticipan un crecimiento de los Estados Unidos en los próximos meses de sólo un 1 por ciento, menor que la tasa de crecimiento de su sociedad. No será recesión, pero se le parecerá demasiado , aseguran.

Todos ellos, Stiglitz, Roubini y Krugman, coinciden en que Europa está entrando en un nuevo ciclo de recesión. Las severas políticas de ajuste fiscal en casi todos los países europeos (que algunos de esos economistas cuestionan desde el keynesianismo) predice un continente con más desocupados, con más restricciones financieras y con un crecimiento nulo de su economía. Para sus gobiernos, esa es la única alternativa al default y a la muerte del euro.

Las políticas de ajuste han terminado, en muchos casos, exhibiendo el despilfarro de los últimos años y sacando a luz profundos y escondidos conflictos sociales.

Ni siquiera China y Brasil están blindados. China tiene en su poder el 25 por ciento de los bonos norteamericanos y Brasil es el quinto país en el ranking de tenedores de bonos del Tesoro de los Estados Unidos. China tomó la decisión de disminuir la velocidad de su crecimiento económico, porque entendió que la crisis está arrasando a sus mayores compradores. Brasil ha perdido 20.000 millones de dólares de su balanza comercial en los últimos dos años.

El riesgo argentino

El grueso de las exportaciones argentinas está en zona de riesgo. El 25 por ciento del total de las exportaciones nacionales van a Brasil; el 19 por ciento a Asia (China, India y Japón), y el 16 por ciento a Europa. La crisis norteamericana afecta a la Argentina más indirectamente, sólo por su enorme capacidad para influir en el conflicto económico mundial. En ese contexto, nadie puede decir que el país está blindado, salvo que el kirchnerismo haya tomado la decisión de trasladar la Argentina a Marte.

El país no necesita, además, que lo ayuden a tener problemas pendientes. Arrastra sus propias cadenas. En los últimos cuatro años hubo una fuga de capitales de 46.000 millones de dólares; sólo en los últimos siete meses de 2011 se fueron del sistema casi 12.000 millones de dólares. Es probable que Cristina Kirchner termine su actual mandato con menos reservas que las que le dejó Néstor Kirchner en diciembre de 2007. ¿Cómo se explica semejante huida del dinero en un mundo con bancos inseguros y cuestionados?

En efecto, ningún banco del mundo es hoy, a primera vista, más seguro que los bancos argentinos. Es sólo la inseguridad política e institucional lo que convierte a los bancos argentinos en más inciertos que los que están en el exterior. Podría explicarse también en el hecho comprobable de que las tasas de interés que pagan los bancos locales están muy por debajo de la inflación, pero todos los bancos del mundo están pagando ahora módicas o ridículas tasas de interés.

Es probable que parte de ese dinero se haya fugado para refugiarse debajo de los colchones. Es menos explicable todavía, porque si hay algo probado en la Argentina es que el delito puede llegar hasta cualquier colchón y desplumarlo sin consecuencias.

¿Qué condiciones políticas e institucionales han convertido la inseguridad mundial en más segura que las inseguridades nacionales? Es difícil creer en la seguridad jurídica de un país donde las importaciones no se manejan por leyes o reglamentos, sino por la voluntad o el humor de un malhumorado secretario de Comercio. Resulta más difícil todavía confiar en un país donde el Congreso debe difundir los datos de inflación de los economistas privados para evitarles a éstos que los extorsionen con la cárcel. Esa es la anécdota; el problema es la inflación y el riesgo de que la paciencia social se agote no por un ajuste, sino por el indomable costo de vida.

El gobierno de los dos Kirchner metió las manos en las reservas del Banco Central y en los recursos de la Anses sólo para no tener que moderar el descomunal gasto público. Según estimaciones de economistas privados, unos 45.000 millones de dólares del Banco Central y de la Anses (en los últimos dos años en este caso) fueron usados en el período 2006/2011 para solventar los gastos de la administración pública.

Pareció irónica la respuesta de la Anses a la Corte Suprema de Justicia, adelantada por La Nacion, en la que manifestaba que no podría actualizar los salarios de los jubilados según la jurisprudencia del máximo tribunal de Justicia. La Anses puede disimular con sus recursos el déficit real en el que cayó la administración, puede financiar el Fútbol para Todos y puede comprar las notebooks que regala el ministro de Economía y candidato a vicepresidente, Amado Boudou. Lo único que no puede hacer, de acuerdo con esa respuesta, es cumplir con su única misión en este mundo: pagarles como corresponde a los jubilados con los recursos de la recaudación de los que trabajan.

El gobierno argentino gasta 70.000 millones de pesos anuales (unos 17.000 millones de dólares) en una red de subsidios para el transporte y la energía. Ese monto significa unas cinco veces más que los recursos destinados a los subsidios de los más pobres. La crisis mundial podría apurar un proceso de reacomodamiento de esos fondos, aun en el caso de la reelección de la Presidenta, para darles subsidios más eficientes a los pobres y menos subsidios a las clases sociales más acomodadas.

Sucederá un conflicto nuevo en cualquier caso y ocurrirá cuando un nuevo período presidencial se haya estrenado en el país. ¿Por qué, entonces, tantos quieren hacerse cargo de tanta adversidad?

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