Una rebelde en el centro de la escena

Jorge Fernández Díaz
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27 de mayo de 2011  

Néstor Kirchner abrió la puerta que comunicaba con el despacho de su jefe de Gabinete, saludó a todos con una sonrisa y dijo: "Las ideas son importantes". Lo hizo ante una mesa servida para la ensayista Beatriz Sarlo y el historiador Tulio Halperin Donghi. Los intelectuales almorzaban en la Casa Rosada con Cristina Fernández de Kirchner, que venía de Nueva York encandilada por las ideas de los economistas Joseph Stiglitz y Paul Krugman. Ese encandilamiento no producía la más mínima mella en los dos académicos, que la miraban con escéptica curiosidad.

Hacía poco tiempo que el kirchnerismo había llegado al poder y Julio Bárbaro había convencido a Alberto Fernández de que sería beneficioso para el matrimonio presidencial conocer en persona a dos de los pensadores más prestigiosos del país. "Las ideas son importantes", dijo Néstor aquel mediodía. Y Sarlo le respondió: "Sí, son importantes, Presidente. Pero lo que más me preocupa es qué va a hacer usted con el Partido Justicialista. Y sobre todo, qué va a hacer el peronismo con usted". Sarlo, en retrospectiva, especula con lo que en aquel instante estaría pensando Kirchner: "Esta tonta no sabe que en dos meses lo tengo acá a [José María] Díaz Bancalari tomando mate conmigo".

Como fuera, a partir de ese momento levemente incómodo comenzó a flotar un extraño frío en el ambiente.

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Al salir a la calle, Beatriz le dijo a su compañero de almuerzo: "Yo no vengo más, Tulio. La única persona con la que se puede discutir es Alberto Fernández". Y se fueron para no volver. Al poco tiempo, un amigo de un amigo le hizo llegar la información de que los Kirchner le habían bajado el pulgar, algo que por supuesto la tenía sin cuidado. Ese resultó el único punto de encuentro entre los Kirchner y Sarlo, que se fue transformando con el tiempo en la más formidable crítica de sus sucesivos gobiernos.

Esta semana la autora de La audacia y el cálculo , un libro que analiza lúcidamente el aparato cultural kirchnerista, coronó una carrera que no buscaba, llegó a una centralidad que no le apetece y alcanzó una notoriedad que francamente la asusta. Todo se debió en gran parte al impacto de los artículos periodísticos de todos estos años, que abrieron debates y desmontaron mascaradas, y de su filoso ensayo que ya es un best seller , pero sería honesto decir que fue la televisión la que le dio el empujón final: su intervención en el programa 6,7,8 , principal instrumento propagandístico de la corporación gobernante, produjo una avalancha de tweet s, visitas a sitios en la Web, notas radiales y televisivas, crónicas y críticas en diarios, y comentarios obligados en la calle.

Sarlo se enfrentó sola a un panel de siete, y puso en jaque y tela de juicio el relato mediático que, cuidadosa y machaconamente, armaron el canal público y los intelectuales, periodistas y propagandistas del oficialismo para ganar "la batalla cultural". Fue una solitaria y única incursión, pero bastó para desarmar en minutos lógicas de hierro, discursos armados y montajes maliciosos. Y el episodio echa luz no tanto sobre Beatriz Sarlo y sus antagonistas paraestatales, sino sobre el vacío de la oposición política. Porque, ¿qué ausencia demuestra esa presencia? La ausencia de líderes opositores que tengan su coraje e integridad, su convicción y, sobre todo, la capacidad de articular una idea superadora, que no aparece a la vista.

En la trastienda de ese programa acaso histórico, al final de todo, Sarlo le dijo a Gabriel Mariotto: "Te quedaste en el 45". Y el presidente de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual le respondió: "Volvé al peronismo, Beatriz". Ella sonrió de costado: "¡Ni loca!".

En ese breve diálogo fuera de cámara está cifrado el pasado de la escritora, que en 1970 se fue a vivir y a trabajar a Trelew y fundó una filial de la legendaria JP. Casi todos los miembros de esa Juventud Peronista entrarían luego en Montoneros. Pero ella, al regresar a Buenos Aires, abjuró de esa salida y se afilió al Partido Comunista Revolucionario, fuerza maoísta que no tuvo pocas coincidencias con Juan Domingo Perón. Alguna vez escribió una frase emblemática: "Trato de pensar quién era esa mujer de 28 años que celebró el asesinato de Aramburu". Hablaba en nombre de toda una generación.

La derrota total y la llegada de la dictadura hicieron que Beatriz, junto con muchos otros intelectuales de izquierda de la Argentina y de Europa, revisara sus adscripciones revolucionarias. Fueron años duros de autocrítica en las catacumbas del régimen militar. Tras ese larguísimo proceso todos ellos se convirtieron en lo que todavía son: socialdemócratas sin partido, almas en pena.

Ese grupo de pensadores aprendió a respetar los funcionamientos democráticos, el pluralismo, la libertad de expresión, las reglas republicanas, la división de poderes. Veinte años después el kirchnerismo vino a interpelarlos y a decirles que todas esas cosas que habían aprendido eran irrelevantes o lisa y llanamente expresiones de la derecha. "Usan lo público como propiedad privada y partidaria, y el Estado como propiedad del gobierno, y eso me resulta intragable", me explicó cuando le pregunté por qué nunca se había sentido seducida por el kirchnerismo.

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Beatriz fue, en consecuencia, fundadora y varias veces presidenta del Club Socialista, que en otros tiempos también frecuentaba el ahora filósofo oficial Ricardo Forster. Sarlo intentó en vano ayudar a unificar los partidos socialistas democráticos de la Argentina, y luego se sintió atraída por el gesto ideológico y la praxis rupturista de Chacho Alvarez. Lo acompañó hasta que éste quiso formar la Alianza que llevaría a Fernando de la Rúa al poder. Un día, sin que ellos lo hubieran acordado, Chacho la invitó a almorzar y Graciela Fernández Meijide a cenar. Ambos querían ficharla para su equipo. Sarlo les dijo a ambos que no. Y que les deseaba suerte.

Al regresar de un viaje académico por Alemania que le llevó cinco meses, se encontró con los primeros atisbos de Néstor Kirchner en el poder y los elogió con prudencia. "Me gustaron sus medidas", me dijo. Y luego, con cierta resignación, me dio un título para una entrevista que le hice: "Sólo el peronismo puede gobernar". Ahora que la crisis de 2001 quedó tan lejos, no piensa lo mismo. Su orfandad política, sin embargo, es la misma de siempre.

De su independencia a la hora de escribir soy testigo personal. Edito sus artículos en este diario, converso habitualmente con ella de política y periodismo, y juro que jamás acepta un encargo, salvo que suponga cubrir grandes acontecimientos: le encanta el género de la crónica. Pero las ideas para sus artículos surgen habitualmente de esos debates amistosos que tenemos. Más tarde ella, cuando está convencida del tema, lo estudia con mucho cuidado y lo escribe con total libertad en su vieja oficina.

En ese departamento mítico funcionaba Punto de V ista, una revista cultural que hizo época y que Beatriz dirigía para deleite de lectores calificados y escozor de escritores argentinos, que se quejaban por no entrar en el gran canon de Sarlo. Es que antes de ser esta figura central de la intelectualidad política, Sarlo fue durante décadas la más notable profesora de Letras de la UBA y la gran especialista en literatura nacional. Dejó muchos heridos en la vanidosa comunidad literaria con sus apologías y rechazos. Nadie le cuestionó jamás, sin embargo, su capacidad crítica. Además de escribir veinte libros, dictó cursos en Columbia, Berkeley, Maryland y Minnesota, y fue fellow del Wilson Center de Washington y profesora especial de Cambridge.

Una vez logré arrastrarla a una charla pública en el Centro Recoleta, que estaba abarrotado, y luego al salir a la noche fría quise conseguirle un taxi. "No, dejá, dejá -me dijo-. Andá vos. Yo camino." A mí me daba remordimientos permitir que atravesara barrios peligrosos. Ella, desarmada y sin auto, toda menudita, cruzando sesenta calles oscuras, parecía un blanco móvil. La acompañé algunas cuadras y al final, cuando ya nuestros caminos tenían forzosamente que separarse, le pregunté: "¿Qué le digo a tu marido si te pasa algo?". Beatriz se encogió de hombros: "No te preocupes; él sabe que me gusta callejear, que soy una exploradora". La dejé partir como Bogart deja partir a Ingrid Bergman en el final de Casablanca . Me di cuenta de que esa mujer era temeraria, nómade y tremendamente austera. No era vulnerable a los elogios y no necesitaba demasiado para vivir. Ni plata ni premios. Sólo un disco de Bill Evans y un buen libro. "No estoy escribiendo sobre el Gobierno ni los medios esta semana, y ni sueñes con que voy a ponerme con eso ahora, dame unos días: estoy escribiendo una nota sobre Borges, no sabés la felicidad que siento -me dice a veces cuando la llamo-. ¿Te das cuenta? Al final yo sólo quería ser una chica sencilla."

El destino, que es porfiado, la colocó una y otra vez en el centro de la escena. Allí está en este otoño electoral de palabras ásperas, lucha dialéctica y graves enconos.

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