Algo interrumpió la fiesta

Joaquín Morales Solá
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30 de octubre de 2011  

Dos elecciones ganadas ampliamente en apenas 70 días. Cristina Kirchner es la única presidenta argentina que debió preguntarles dos veces a los argentinos, en un mismo proceso electoral, si la querían como jefa del Estado. Las dos veces le dijeron que sí. Parte de esos argentinos que la votaron salieron corriendo después (y salen ahora) a comprar dólares. ¿Qué explicación tiene esa contradicción entre la confianza política y la desconfianza económica? ¿Qué hace, o qué no hace, el gobierno recientemente ratificado para promover una salida de capitales que está obligando al Banco Central a dictar una resolución tras otra?

Muchos sectores sociales se han beneficiado durante estos años de prosperidad económica. El empresariado privado (que no incluye a los de servicios públicos) ganó en 2010 unos 20.000 millones de dólares. En el mejor momento del menemismo, ese núcleo empresario ganaba por año entre 5000 y 7000 millones de dólares. Los aumentos salariales para los trabajadores en relación de dependencia superaron en casi todos los años del kirchnerismo a la tasa de inflación real.

Los subsidios para los sectores más pobres compensaron la falta de trabajo en blanco. La clase media (y también la media alta) disfrutó del período más generoso que se recuerde de subsidios al consumo de servicios públicos. Están incluidos el transporte, el agua, la electricidad y el gas. El valor de la tierra de los productores rurales aumentó entre cinco y diez veces desde 2003. El precio de la hectárea de tierra con cultivo de soja es el que más aumentó.

Podría llegarse a la conclusión de que el voto a Cristina Kirchner fue también un acto social, tal vez inconsciente, de agradecimiento. Esta es una parte de la historia. La otra parte de la narración debe consignar que esas glorias políticas convivieron con el momento más espectacular de la salida de capitales o, llamado de otro modo, de la huida social hacia el dólar. Empresarios, clase media, trabajadores comunes y corrientes, y hasta jubilados, eligieron la moneda norteamericana como el refugio más seguro. ¿Por qué?

Nadie puede dejar de lado el factor psicológico. Las sociedades tienden a imitarse a sí mismas. La fuga hacia el dólar debe de tener una razón, suponen muchos, y replican la fuga. Entre enero y marzo de este año, las compras fueron de unos 300 millones de dólares mensuales. En abril y mayo esa cifra trepó a los 1700 millones de dólares mensuales. Siguió subiendo, pero alcanzó la cima en agosto y septiembre, meses en los que se registraron compras mensuales de dólares por más de 3500 millones.

La Presidenta ganó las internas abiertas el 14 de agosto, pero la adquisición compulsiva de dólares no se frenó. No hay datos aún de octubre, pero las recientes medidas oficiales para atemorizar a los compradores indicarían que la voracidad social por el dólar no mermó.

Es probable también que gran parte de la sociedad intuya que el actual tipo de cambio está agotado. De hecho, las reservas de libre disponibilidad casi ya no existen, aunque siempre el Banco Central tendrá mecanismos para contar con dólares. Deberá contar. Cada banco privado o estatal está obligado ahora a mantener abastecidas de dólares a todas sus sucursales en provincias y ciudades del interior. Un día sin dólares es el anuncio de un día siguiente con más demanda de dólares, que a veces llega a la formación de largas colas en esas casas bancarias.

La bestia depredadora del tipo de cambio ha sido la inflación. Ni Cristina Kirchner ni su gobierno han querido ver ese fenómeno como una anomalía creciente de la economía nacional. La economía es una disciplina en la que no se puedan inventar muchos atajos. Ya todo está inventado. A la inflación se la combate con una mayor oferta de bienes y servicios o con una disminución de la demanda. Un aumento de la oferta necesita de más inversión, pero la inversión extranjera directa cayó este año un 30 por ciento en la Argentina. Una caída de la demanda requiere de medidas impopulares, que la Presidenta no ha querido tomar, razonablemente, en tiempos electorales. ¿Lo hará cuando ya fue reelegida?

La fragmentación del Ministerio de Economía no dio buenos resultados. Un factor no menor de la desconfianza social está en la ausencia de un referente sólido en la conducción económica. No es casual que la salida de capitales haya aumentado notablemente desde la muerte de Néstor Kirchner, a quien la percepción social veía como el ministro de Economía del kirchnerismo desde que se fue Roberto Lavagna. La Presidenta habla con siete ministros de Economía , describe un funcionario con acceso a la oficina de los presidentes.

¿Quiénes son? Están los cuatro ministros del ramo: Amado Boudou (más ocupado últimamente en la campaña vicepresidencial), Julio De Vido, Débora Giorgi y Julián Domínguez. También es una ministra en los hechos la presidenta del Banco Central, Marcó del Pont. Guillermo Moreno y el secretario de Hacienda, Juan Carlos Pezoa, este último encargado de supervisar el dinero que entra y que sale del Estado, son los otros dos ministros en la sombra. Cuando hay siete ministros de Economía, en realidad no hay ninguno , dice un viejo kirchnerista preocupado por la superposición de tareas entre ministros que defienden intereses distintos.

El primer mandato de Cristina Kirchner, que concluirá el 10 de diciembre, dejará resultados económicos que no serán tan buenos como los que le entregó su esposo muerto. El país volvió, en realidad, al déficit fiscal; así es si se despojan a las cuentas públicas del maquillaje que les proporcionan los aportes del Anses. El superávit de la balanza comercial se ha deteriorado crecientemente. El tipo de cambio envejeció por obra de la inflación y muchos sostienen que ya no es competitivo.

La Presidenta no pudo acordar, hasta ahora, con el Club de París, la única deuda en default que heredó (además de los bonistas que no quisieron entrar en ninguna renegociación planteada por el gobierno argentino). Un decreto suyo de 2008, que disponía la cancelación de esa deuda con Club de París, no se cumplió nunca.

Superávit fiscal y de la balanza comercial, tipo de cambio competitivo y desendeudamiento fueron las columnas de la política económica del mandato de Néstor Kirchner. No queda ninguna en pie. Cristina Kirchner tuvo, es cierto, condiciones objetivas más difíciles: debió enfrentar el largo conflicto con el campo, la crisis económica mundial de 2008 y 2009, y la vasta sequía que afectó al sector agropecuario en 2009.

Para frenar la huida hacia el dólar, el Gobierno ha recurrido al método Moreno: intenta ahora apagar la luz de alarma sin averiguar la razón de la alarma. Moreno llegó, en los momentos iniciales de la inflación, a pedirles a los intendentes del conurbano que salieran a combatir la inflación. Todavía está buscando recetas tan creativas e inútiles como aquella. El Gobierno tomó medidas de control de cambio en los últimos días que servirán de muy poco y que cambiaron las reglas del juego para muchas empresas. La inversión se alejará aún más.

La Unión Industrial ha dicho que vería con buenos ojos el desdoblamiento del tipo de cambio. Es decir, habría un dólar subvaluado para las exportaciones, y otro dólar, más caro, para las importaciones y las transacciones financieras. El Gobierno podría hacerse, es cierto, con una cantidad considerable de dinero. Sin embargo, deberá vérselas con algunos sectores exportadores, sobre todo con el agropecuario, que exportará con un dólar barato y comprará aquí insumos con un dólar caro. Además, la gente común parece enamorada, otra vez, de un dólar barato. Las recientes medidas cambiarias podrían espolear la avidez social de dólares. El desdoblamiento del tipo de cambio significaría, a su vez, una primera colisión entre la Presidenta y su sociedad.

Quizás una decisión política, como la forzosa designación del futuro ministro de Economía, podría resolver gran parte de la desconfianza. Pero especular sobre eso significaría entrar en una tierra desconocida, donde hasta los ministros más célebres ignoran si los aguarda la gloria o la ruina.

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