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Convergencia macroeconómica y una moneda común

Por Eugenio Díaz Bonilla Para La Nación
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28 de marzo de 2000  

WASHINGTON

EL Mercosur es un proyecto económico y geopolítico de enorme importancia para la región y el mundo. Su avance ha mostrado la voluntad y visión política de los gobiernos de los países participantes y la vocación latinoamericanista de sus pueblos. Además, como señalé el 19 de febrero del año pasado en estas páginas, también se vio favorecido por el alineamiento particular de los ciclos de expansión y contracción por los que atravesaron la Argentina y Brasil desde 1991, que disimularon el problema de las divergencias de las políticas macroeconómicas. Mientras que de 1991 a 1994 la Argentina tuvo importantes déficit comerciales con Brasil, luego, con la implementación del Plan Real y la recesión argentina de 1995, el balance bilateral pasó a favorecer a la Argentina. Pero esos desequilibrios se dieron en situaciones en que al menos uno de los socios estaba creciendo fuertemente y, no obstante voces de protesta en el país deficitario de turno, los miembros del Mercosur, con buen tino, continuaron con un proceso de integración que ha traído importantes beneficios económicos y políticos a las sociedades participantes.

Esa asincronía favorable se vio superada en 1999 por un desafío completamente nuevo para el Mercosur: la convergencia de procesos recesivos en ambos países, con la reaparación de fuertes divergencias en las políticas macroeconómicas, que habían quedado disimuladas durante la vigencia del Plan Real. Para superar lo que iba a representar una difícil prueba para el Mercosur, sugerí en aquel momento la creación de la unidad de cuenta del Mercosur (UCM). Ese esquema hubiera resuelto varios problemas a la vez: se ponían las bases para la creación de una moneda común, se estabilizaba el tipo de cambio real entre la Argentina y Brasil, se aliviaban en parte las disputas comerciales y se daba un colchón económico y de tiempo para resolver los temas más de fondo de la convergencia fiscal y monetaria en el Mercosur.

La administración Menem, preocupada por la alquimia reeleccionaria, concentró sus mejores esfuerzos en otros temas, y las asimetrías macroeconómicas en el Mercosur continuaron como una asignatura pendiente.

La discusión equivocada

El presidente Fernando de la Rúa ha hablado nuevamente de la necesidad de una moneda común en el Mercosur, mientras que el gobernador Carlos Ruckauf ha pedido una cláusula gatillo por si se devalúa la moneda brasileña. Y muchos, incluyendo al presidente Fernando Henrique Cardoso, parecen coincidir en la necesidad de un acuerdo del tipo de Maastricht en lo fiscal y monetario. El punto central por reconocer es que los tres aspectos están relacionados: no se puede tener una moneda común sin haber discutido la paridad para la fusión de las monedas de los diferentes países (tema implícito en la idea de una cláusula gatillo para medidas compensatorias) y sin haber logrado una convergencia macroeconómica más adecuada (aspecto explícito en la idea de una acuerdo del tipo de Maastricht).

La idea de crear la UCM para el comercio interno acomoda los tres aspectos, si se hace adecuadamente. Pero la discusión actual está equivocándose en varios puntos. Un aspecto básico es que la paridad, y el gatillo correspondiente, debe pensarse en términos reales y no nominales. Si se observa la evolución del tipo de cambio bilateral real (TCBR) desde 1989 hasta 1999, se advierte que durante el período 1991-1994 la moneda argentina estuvo por debajo del promedio, lo cual favoreció comparativamente las exportaciones desde el Brasil, mientras que entre 1994 y 1998 estuvo por encima del promedio, lo que ayudó a las exportaciones argentinas. En 1999, el TCBR volvió a caer por debajo del promedio (aproximadamente un 10 por ciento), hecho que favoreció nuevamente las exportaciones desde el Brasil. Con la estabilidad del tipo de cambio nominal del real contra el dólar (y el peso) y una mayor inflación en Brasil, ese desequilibrio se ha reducido.

En todo caso, el punto clave es que es la variabilidad del TCBR entre la Argentina y Brasil es muy grande, mucho más que la de otros países vecinos que se han integrado exitosamente. Para dar un idea, el coeficiente de variabilidad del TCBR entre la Argentina y Brasil es siete veces mayor que el de Francia y Alemania y tres veces mayor que el de Estados Unidos y Canadá.

Otro error de la discusión actual es plantear el mecanismo como un paraguas para protegerse de posibles devaluaciones brasileñas, las que a su vez se pintan como un mecanismo desleal por parte del Brasil. Primero, a la Argentina no le conviene alentar, explícita o implícitamente, expectativas de inestabilidad cambiaria en el Brasil. Segundo, las devaluaciones, con una cuenta de capital abierta y un tipo de cambio flotante, las definen los agentes económicos, no el gobierno, sobre la base de la evolución de las demandas y ofertas relativas de divisas extranjeras y moneda local. Tercero, es improductivo que la Argentina y el Brasil se estén criticando mutuamente el régimen cambiario que cada uno ha elegido.

El planteo adecuado es discutir la secuencia de medidas que fortalecen al Mercosur como tal, dejando de lado paraguas, compensaciones y críticas mutuas. Esas medidas tienen que empezar con la instrumentación de la UCM, que aproxime, mediante un mecanismo de ajustes fiscales en la frontera, un promedio de tipo de cambio real bilateral decidido entre la Argentina y Brasil como promedio representativo de los últimos años.

El establecimiento de la UCM tiene la ventaja de que atiende los desequilibrios cambiarios entre Brasil y la Argentina que requieren inmediata atención, pero no cambia el sistema de aranceles negociados en el Mercosur y es neutra respecto del futuro de las negociaciones de un acuerdo del tipo de Maastricht. Mientras tanto, permitiría ganar tiempo para que se concretaran los esfuerzos de las autoridades económicas de Brasil y la Argentina para solidificar el marco fiscal, monetario y financiero regional. Además, ayudaría a fortalecer el proceso general del Mercosur, evitando un desgastante proceso de negociaciones específicas y de medidas y contramedidas tomadas bajo las presiones de diferentes sectores productivos.

Continuidad del proyecto

Obviamente, la UCM no resuelve otro tema de discusión actual: los subsidios de provincias (en la Argentina) o estados (en Brasil), para la instalación de empresas en sus respectivos territorios. Pero eso debe ser parte de las negociaciones de un tratado del tipo de Maastricht. Este tipo de competencia se da no solamente a nivel internacional, sino también dentro de los países. Por ejemplo, los estados norteamericanos parecen haber llegado a la conclusión de que la competencia debe darse sobre la base de inversión en infraestructura y capital humano, y la eficiencia y honestidad de las administraciones locales, y no mediante transferencias de recursos públicos que erosionan la solvencia fiscal de los gobiernos locales y pueden favorecer prácticas no transparentes.

La continuidad del proyecto histórico del Mercosur requiere que resolvamos estos problemas con inteligencia y espíritu constructivo.

El autor es economista. Consultor económico en Washington. Miembro de la Fundacion Andina.

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