Corea, otro destino sensible para Francisco

Alberto Rubio
Alberto Rubio PARA LA NACION
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12 de agosto de 2014  

Georges Clemenceau le expresaba a un colega de la delegación francesa para la Conferencia de Paz (París, 1919): "Hacer la guerra es mucho más fácil que hacer la paz". Constante, convencido, comprometido, luego de su viaje a Tierra Santa, Francisco visitará mañana Corea del Sur. Dos destinos sensibles por la intolerancia y las tensiones que los identifican. Para la diplomacia vaticana, ambos tienen un punto en común: los derechos humanos y la paz entre los pueblos.

Será la tercera visita de un pontífice al Asia, después de las realizadas por Juan Pablo II. Pero esta vez es exclusiva a Corea del Sur, país donde sólo el 10% de los 49 millones de habitantes se declaran católicos. Lo espera otro viaje delicado y valiente, de características similares al de Medio Oriente.

En Corea, el Papa se reunirá con jóvenes de 23 países asiáticos que participarán en las VI Jornadas de la Juventud de Asia, en la diócesis de Daejeon. La consigna será "Juventud de Asia, despierta: la gloria de sus mártires resplandece sobre ustedes". Un lema apropiado, pues Francisco encabezará la ceremonia de beatificación de 124 coreanos asesinados por negarse a renunciar a su fe, unos a finales del siglo XVIII y otros durante el XIX. Paul Yun Ji-chung y 123 compañeros sucumbieron por la firmeza de sus creencias entre 1791 y 1888. También, el obispo de Roma se reunirá con la presidenta, Park Geun-hye.

La agenda prevé dos celebraciones eucarísticas. Una para la fiesta de Asunción de María, el viernes, durante la cual es probable que se realice la ceremonia de beatificación. Esa fiesta coincide con una fecha significativa para Corea del Sur, que celebra los 69 años de su independencia respecto del imperio japonés. La ceremonia se realizará el la plaza Gwang Hwa Mun, en el centro neurálgico de Seúl.

La otra será por los cristianos de Corea del Norte (iglesia que desapareció bajo la persecución del régimen comunista, hoy encabezado por Kim Jong-un) y por el respeto a la dignidad de las personas, la paz y la unidad del pueblo coreano. La Santa Sede -no el Estado Vaticano- mantiene relaciones diplomáticas con la Corea comunista. ¿Qué puede esperarse? ¿Aludirá Francisco a los excesos brutales denunciados por las Naciones Unidas sobre el avasallamiento de los derechos humanos en Corea del Norte? ¿Se hará eco del silencioso y sufrido anhelo del pueblo coreano, partido por un régimen cruel y políticamente primitivo?

No deberíamos olvidar el juego de intereses estratégicos que se esconde detrás de esa arbitraria división, así como la permanente inestabilidad en el Mar Amarillo y la cuenca del nordeste asiático. Hemos de atender y entender en sus justos términos los gestos y las palabras del Papa. Ya la sola presencia de Francisco en la península de Corea resulta un gesto significativo. Y lo mismo el hecho de que durante la misa concelebrada al designar los nuevos cardenales, en febrero pasado, se haya rezado en coreano la oración por las iglesias perseguidas. Antes, en la Semana Santa de 2013, se incluyó ese idioma en una de las estaciones del Vía Crucis. El papa Francisco utiliza signos reforzados por palabras. La comunidad coreana argentina no le es desconocida. En Buenos Aires viven más de 20.000 coreanos y ha sido frecuente su contacto con sus referentes, conoce sus preocupaciones y anhelos. También es significativa la designación de monseñor Hanlim Moon, actual obispo auxiliar de San Martín.

¿Visitará Francisco la Catedral de la Reconciliación en Paju, frontera con Corea del Norte, a cuyo lado se encuentra el Centro para la Reconciliación Nacional, administrado por la Iglesia, donde los refugiados que huyen del régimen de Pyongyang son bienvenidos y pueden tomar cursos para lograr inclusión social y encontrar un trabajo en el nuevo territorio? Este pontífice, verdadero "creador de puentes", ¿enviará un mensaje de paz a Corea del Norte, habrá de orar por la reconciliación del territorio y del pueblo coreano? No en vano la exhortación apostólica sobre la Iglesia en Asia, de su antecesor Juan Pablo II, destacaba "los esfuerzos de los católicos por ofrecer asistencia al pueblo de Corea del Norte, privado de los medios indispensables de supervivencia, y por contribuir a la reconciliación entre esos dos países, formados por un único pueblo, con una única lengua y una única herencia cultural".

Sin duda, otra vez todos los pueblos de todas las naciones y sus dirigentes serán alcanzados por nuevas reflexiones. Es una convicción, no una expectativa.

El autor, doctor en Economía, es experto en asuntos internacionales y decano de la Escuela de Posgrado en Negocios de la UB

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