Creer en libertad, aún un desafío

Lorena Oliva
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17 de febrero de 2019  

La imagen parece intervenida por la artista y escritora japonesa Yayoi Kusama. Una sucesión de puntos multicolores se distribuye dentro de los contornos de la ciudad de Buenos Aires de manera más o menos concentrada, según el barrio que se mire.

Estamos, en realidad, ante al mapa de la diversidad interreligiosa de ese distrito, cuya última actualización fue difundida por la Dirección de Cultos del Gobierno de la Ciudad a principios de este mes. Allí se consigna la ubicación dentro del territorio porteño de cerca de 900 instituciones cristianas, judías, islámicas, africanistas, budistas, hinduistas, espiritistas, vinculadas a los Testigos de Jehová, a la Escuela Científica Basilio y algunas otras no especificadas. Cultos y comunidades de fe con larga trayectoria en el país, pero que, en algunos casos, permanecían invisibilizados, a merced del prejuicio y la estigmatización, y sin demasiado respaldo institucional.

Que el panorama de la diversidad religiosa sea así de amplio es una buena noticia. Sobre todo, si recordamos que hace apenas una década eran más que frecuentes las iniciativas públicas y privadas de diálogo interreligioso para las que solo se convocaba a líderes del catolicismo, el judaísmo y la fe musulmana. Una convocatoria tan acotada sería impensable hoy. Gracias al trabajo de investigadores, instituciones y agrupaciones que abordan la cuestión religiosa desde la óptica de la historia, la sociología o la antropología, entre otras disciplinas, el mundo de las creencias locales se fue despojando de supuestos y prejuicios. Aunque restan enormes desafíos por delante, dejó de ser un enigma.

En 2008, cuando se realizó la Primera Encuesta sobre Creencias y Actitudes religiosas en la Argentina, a cargo del CEIL Conicet, un 69,1% de la población en la Ciudad se adscribía como católica y un 9,1%, como evangélica. Entre una y otra cifra, se ubicaba un 18% que se consideraba indiferente en términos religiosos. Una nueva encuesta en la actualidad, mostraría otros guarismos y depararía, seguramente, grandes sorpresas.

La nueva difusión del mapa porteño cerró la Semana Mundial de la Armonía Interconfesional, que fue instaurada por las Naciones Unidas en 2011 para promover el diálogo entre creyentes y una mayor visibilización de las religiones. El desafío del diálogo interreligioso está lejos de ser, como se puede apreciar, puramente autóctono. Y no hay religiones inmunes al flagelo de la intolerancia.

"¿Podemos preservar la libertad de vivir de una manera sin molestar ni ser molestados por los que viven de otra? ¿Podemos respetar las necesidades y los derechos de los que no son como nosotros, como lo hacemos con los que lo son, y podemos asegurar el futuro de este planeta, cuyos guardianes somos todos, en forma conjunta?", se preguntaba a principios de este siglo el gran Rabino de Inglaterra Jonathan Sacks, durante un encuentro entre cristianos y judíos que tuvo lugar en Londres.

Casi veinte años después, las respuestas a aquellas preguntas no son alentadoras. Según la asociación internacional Open Doors, unos 245 millones de cristianos sufrieron algún tipo de persecución a lo largo de 2018, en tanto que 4305 fueron asesinados y 1847 iglesias, atacadas. Los países más afectados son Corea del Norte, Afganistán, Somalia, Libia, Pakistán, Sudán, Eritrea, Yemen, Irán e India.

Otro informe, el de la Comisión Internacional de Libertad Religiosa de Estados Unidos (Uscirf), señaló que las condiciones de libertad religiosa se deterioraron en todo el mundo en los últimos años. El trabajo puso el foco en 16 países –entre ellos China, Corea del Norte, Arabia Saudita, Rusia, Siria y Nigeria– y señala otros 12 como un peligro potencial: Egipto, India, Indonesia y Cuba, entre otros.

"El mundo moderno nos ha reunido urgentemente con este supremo desafío religioso", reflexionaba en aquel encuentro el rabino Sacks, refiriéndose a la convivencia entre diferentes credos. El reto, a la luz de los hechos, continúa siendo una deuda pendiente.

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