Creer en un nuevo comienzo

Por Javier Timerman Para La Nación
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23 de agosto de 2000  

NUEVA YORK.- POCO después de la asunción del mando del presidente Fernando de la Rúa, le propuse a mi colega Wayne Angell, economista senior de Bear, Stearns & Co., realizar una breve visita a la Argentina. El objetivo era que, en función de la relevancia que nuestro país posee en el escenario regional, él pudiera formarse una opinión de primera mano sobre su realidad a partir de un contacto directo con sus principales actores políticos y económicos.

Aunque nunca antes había estado en el país, Angell posee amplias credenciales para captar los matices de una situación como la argentina. Antes de incorporarse a Bear, Stearns & Co., integró el directorio de la Reserva Federal, organismo que determina la política monetaria de los Estados Unidos y que ha conducido el notable crecimiento experimentado por la economía estadounidense durante la última década.

Al cabo de dos intensos días de contactos con empresarios líderes y miembros del Gobierno, el señor Angell se reunió con periodistas locales. Cuando éstos le preguntaron cuál era su opinión sobre el futuro de la Argentina, su respuesta fue simple y categórica: dijo que creía que el país estaba en vías de una sólida recuperación. Sin embargo, tuve la impresión de que los periodistas tomaron esas palabras con incredulidad y desconfianza. Y debo agregar que, honestamente, los comprendo. Nosotros, los argentinos, somos a veces renuentes a creer.

En 1977, cuando dejé la Argentina con mis 16 años apenas cumplidos, nunca creí que volvería al país. Mi padre, Jacobo Timerman, estaba entonces detenido por el régimen militar, sus bienes habían sido confiscados, su periódico destruido. Todos los miembros de mi familia temían por sus vidas. Durante mucho tiempo rechacé a mi país, de la misma manera como un adolescente rechaza a sus padres.

El destierro forzoso abrió otros horizontes. Cursé mi carrera universitaria en Israel, en donde hice nuevos amigos, como Iosi Beilin, en aquel tiempo un destacado dirigente estudiantil que hoy ocupa el Ministerio de Justicia. Luego me mudé a Nueva York. Allí me casé con una periodista norteamericana, tuve tres hijos y desarrollé una exitosa carrera en Wall Street.

Ocasionalmente, he sentido nostalgia. Más de una vez compré alfajores y dulce de leche en algún pequeño almacén latino de la Segunda Avenida, devoré los diarios argentinos que me mandaban mis primos de Buenos Aires, rememoré viejas canciones de Sui Generis o el clima de los bares que frecuentábamos durante el colegio secundario con otros argentinos exiliados. También recuerdo la final del Mundial de Fútbol 78, cuando los argentinos celebraban la conquista de la copa y los medios nacionales realzaban el "logro" del gobierno militar. Desde entonces, no he podido volver a gozar de nuestro fútbol.

En 1983, cuando Raúl Alfonsín fue elegido primer presidente democrático luego de la dictadura, el nuevo gobierno invitó a mi familia a volver a la Argentina. Mis padres retornaron de su exilio. A pesar de que estaba contento con el cambio político que se había producido, en ese momento yo no pude volver a creer en el país, en donde nuestras vidas habían sido destrozadas apenas siete años antes. Al mismo tiempo, mi vida se había encaminado en otra dirección, y me estaba arraigando firmemente en los Estados Unidos.

Durante los últimos años, observando desde el exterior el rumbo que tomaban los acontecimientos políticos en la Argentina -la ola de denuncias de corrupción, el imperio de la frivolidad y los constantes intentos de avasallar las instituciones básicas de la República por parte de un Poder Ejecutivo que ponía sus propias ambiciones de permanencia por encima de los intereses de la Nación-, terminé por convencerme de que había tomado la decisión correcta. Ahora, cerca ya de cumplir 40 años, me encuentro añorando el país en el que nací y en donde hace apenas unos meses enterré a mi padre.

También, especialmente desde la elección del doctor Fernando de la Rúa, he recobrado mi fe en la democracia argentina.

Recuerdo que en 1973, luego de la victoria de Héctor J. Cámpora, cuando los candidatos del Frente Justicialista de Liberación Nacional (Frejuli) recibían el apoyo abrumador de las urnas en casi todos los distritos, mi padre apoyó desde las páginas de La Opinión la candidatura de un joven abogado radical, casi desconocido en ese momento, que se postulaba para ocupar la banca de senador por la Capital Federal. Su nombre era Fernando de la Rúa. Mi padre estaba impresionado no sólo por su honestidad, sino también por el respeto que demostraba tener por la ley y por la garantía de pluralismo ideológico que representaba su candidatura.

Una visión diferente

Conocí a De la Rúa en su reciente viaje a los Estados Unidos como presidente de la Nación. Tuve el honor de acompañarlo en su histórica visita al Museo del Holocausto en Washington, en donde pidió disculpas por el refugio que la Argentina brindó a los nazis después de la Segunda Guerra Mundial.

Al igual que mi padre treinta años atrás, tuve la sensación de estar en presencia de un hombre inspirado por una visión diferente de la Argentina. Una visión en la que la honestidad triunfa sobre la corrupción. En la que el poder no se concibe como una prebenda, sino como el ejercicio de un deber público. En la que las decisiones difíciles y a menudo dolorosas que debe tomar un presidente se toman con la convicción de mejorar no sólo el futuro económico inmediato, sino también para garantizar el futuro de nuestros hijos.

Luego de que la administración anterior despilfarró la promesa de liberalización económica, profundizo la brecha entre ricos y pobres y degradó la figura presidencial con actos dignos de una telenovela, el doctor De la Rúa aparece ciertamente como la mayor esperanza para el futuro del país.

Y es así como me encuentro: creyendo nuevamente en la Argentina, creyendo en la democracia argentina, en la energía y en el talento de su gente, en el potencial que sin lugar a dudas tiene nuestro país para convertirse en un partícipe importante de la nueva economía global. Es por esta razón por lo que estoy preparando mi retorno al país, entristecido al mismo tiempo por el cinismo de muchos críticos oportunistas y por la desesperanza de tantos otros hombres y mujeres honrados que día tras día deben enfrentar una dura situación económica.

A tan sólo ocho meses del comienzo de una nueva administración, y cuando contamos con el liderazgo de un hombre caracterizado por su honestidad y por el deseo de enfrentar los verdaderos problemas que aquejan a todos los argentinos, me parece que es prematuro perder la esperanza.

Los políticos no son todos iguales. Si no empezáramos a reconocer las diferencias, si no nos permitiéramos tener esperanzas y creer que un nuevo comienzo es siempre posible, estaríamos condenando de antemano el resurgimiento del país. Estaríamos abortando la semilla antes de que ésta tuviera tiempo de germinar.

Los golpes de la dictadura me tuvieron 23 años alejado de mi país. Hoy siento que la persistencia en mi ánimo de aquella sensación de rechazo al país hubiera significado el triunfo final de aquellos que quisieron destruir a mi familia, de aquellos que, creyéndose dueños de la Argentina y del destino de sus hijos, quisieron expulsarnos de la familia argentina. Hoy, este hijo vuelve por sus fueros. Porque no debemos renunciar a la esperanza. Por eso me reconforta descubrir, en presencia de todos estos cambios, que todavía puedo volver a creer.

El autor es senior managing director del banco de inversión Bear, Stearns & Co. Reside en Nueva York.

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