Crisis social y adicciones

Por Carlos Souza Para LA NACION
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31 de enero de 2002  

Por razones obvias, el problema de las adicciones actualmente no parece prioritario, lo cual representa una segunda bomba de tiempo. La primera, según definiciones del presidente Eduardo Duhalde en reiteradas oportunidades, es el denominado corralito financiero

Hay algunos puntos en común entre la situación de nuestro país y la naturaleza del segundo artefacto explosivo. El drogodependiente no tolera el contacto con su realidad interna y externa, no puede soportar frustraciones, no logró crecer y desarrollarse. Creó un mundo ilusorio con la ayuda de un contexto social que le ofreció la salida fácil frente a la adversidad. Creyó ser un titán, sin darse cuenta de que sus pies eran de barro. Uno de los primeros pasos que debe dar para salir adelante es reconocer que él tiene responsabilidad en lo que le sucede, evitando así la estéril victimización.

Deberá mirarse con crudeza, ni como el gigante de sus sueños ni como el enano de sus miedos. Todos los que lo rodean podrían cooperar con su tratamiento reflexionando sobre las señales que anticipaban aquello que indefectiblemente iba a ocurrir y que no lograron advertir con suficiente claridad, para después transformar los indicios en acciones preventivas y respuestas coordinadas en beneficio del afectado. Es un problema en el cual todos tienen un monto diferente de responsabilidad, y cada uno deberá ver cuál es su parte y realizar su propia autocrítica, evitando la improductiva culpabilización.

Lo recomendable es que el adicto acuda a una institución que conozca la naturaleza del problema, sus cambios y dinámicas particulares. Esta institución debe saber guiar, interpretar, contener y determinar los pasos por seguir. Nuestro país requiere el mismo tratamiento. No se trata de esperar la palabra erudita, sino de aunar recursos reconociendo que el problema es de todos, innegablemente con diferentes niveles de responsabilidad.

Evitar la explosión

Aún no es posible medir las consecuencias devastadoras y el daño psíquico que está provocando la crisis social y su relación con el abuso de sustancias psicoactivas, en franco aumento, y tampoco la huella que dejará en el futuro. No es un dato menor que el 70 por ciento de los empleados bancarios haya empezado a consumir psicofármacos y otros productos para aliviar el estrés originado en su trabajo: este indicador funciona sólo a modo de tester de lo que ocurre en otros ámbitos. La crisis social impone pruebas extremas al yo de las personas. Muchas encuentran formas saludables, creativas, y apoyo en sus seres queridos. Otras no atinan a otro recurso que el precario e ilusorio sostén de la química medicamentosa o el alcohol, con los consiguientes riesgos que eso implica. Una gran mayoría no encuentra nada, salvo escepticismo, alimento predilecto de las adicciones.

En este contexto se requieren acciones de prevención y asistencia inmediatas. Por eso es conveniente definir la designación del responsable de la Secretaría para la Prevención de la Drogadicción y Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar), a fin de comenzar a trabajar juntamente con las organizaciones no gubernamentales del campo. Es recomendable que el funcionario entrante sea un profundo conocedor de la naturaleza de las adicciones, su prevención y asistencia. Que reconozca a las organizaciones no gubernamentales como efectores válidos en la materia y tenga la capacidad para codiseñar y cogestionar políticas con estas entidades. Así como un drogodependiente requiere especialistas, el diseño de las políticas nacionales en la materia, también.

Según las palabras del presidente Duhalde las organizaciones no gubernamentales son el “reservorio ético de la sociedad”. No sólo existe un marco más ágil, eficiente y transparente para desactivar la la segunda bomba de tiempo y generar las condiciones para evitar otras explosiones. También se acumula en este sector experiencia útil para articular de manera conjunta políticas de Estado, y evitar así la dispersión de los pocos recursos existentes y el clientelismo político. Se trata, en definitiva, de aprovechar el capital social, elemento indispensable para contener los efectos de la crisis socioeconómica, detrás de la cual subyace también una crisis de valores.

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