Cristina, entre el populismo y el pragmatismo

Fernando Laborda
Fernando Laborda LA NACION
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8 de noviembre de 2011  • 01:22

Una de las preguntas más escuchadas desde que se supo que Cristina Fernández de Kirchner iba a ser reelegida es hacia dónde se moverá el modelo kirchnerista: ¿avanzará hacia una profundización del populismo o virará hacia una mayor dosis de pragmatismo?

Quienes creen que la única opción que reconoce el oficialismo es un mayor populismo, tienen a mano, como ejemplo de argumentación, las últimas medidas de controles cambiarios o las restricciones al giro de divisas al exterior por parte de empresas trasnacionales. Y en su imaginación figuran otras posibles medidas, desde la nacionalización del comercio exterior o la virtual estatización de las obras sociales, como una forma de control de nuevas "cajas", hasta cepos en el sistema bancario para retirar depósitos en dólares.

Quienes creen que la única opción que reconoce el oficialismo es un mayor populismo, tienen a mano, como ejemplo de argumentación, las últimas medidas de controles cambiarios o las restricciones al giro de divisas al exterior por parte de empresas trasnacionales
Por el contrario, quienes ven en el futuro económico de la Argentina un viraje hacia el pragmatismo mencionan el paso que ha dado el Gobierno al reconocer que los subsidios estatales a los servicios públicos no pueden seguir aumentando, sino que debe contemplarse una progresiva disminución. Los que apuestan a este cambio imaginan el llamado a un pacto social, donde entre otras cosas las autoridades nacionales busquen moderar los aumentos salariales para no seguir acelerando las expectativas inflacionarias, y una decisión política para avanzar hacia un acuerdo con el Club de París.

Entre quienes adhieren a la fórmula del pragmatismo para enfrentar los problemas que presenta el país, se recuerda que Néstor Kirchner cultivó este estilo ni bien alcanzó la gobernación de Santa Cruz, allá por 1991. Se encontró con un fuerte desequilibrio fiscal en la provincia y el mejor remedio que encontró para solucionarlo fue reducir los sueldos de la administración pública; una vez que logró equilibrar las cuentas, volvió a llevar los salarios a su nivel anterior.

Frente a las dos hipótesis sobre el porvenir de la Argentina en materia económica, podría concluirse que el segundo gobierno de Cristina Kirchner probablemente no tenga más remedio que ser populista y pragmatista al mismo tiempo. Es que el populismo está en la esencia del kirchnerismo, pero los límites de este modelo conducen necesariamente a un mayor pragmatismo.

El aliento al festival del consumo, característico del modelo kirchnerista de "acumulación con inclusión social", ha encontrado sus límites en la elevada tasa de inflación real, en las dificultades para el financiamiento del creciente gasto público, en la pérdida de reservas del Banco Central y en los últimos incrementos de las tasas de interés para frenar la salida de capitales y la caída de los depósitos bancarios.

Frente a las dos hipótesis sobre el porvenir de la Argentina en materia económica, podría concluirse que el segundo gobierno de Cristina Kirchner probablemente no tenga más remedio que ser populista y pragmatista al mismo tiempo
Las limitaciones del modelo populista se pueden expresar en números. Uno de los más graves es el que da cuenta de la evolución de las reservas internacionales.

De acuerdo con un trabajo del economista Rodolfo Rossi, al 21 de octubre pasado, el BCRA informaba en sus estados contables reservas por 47.806 millones de dólares. Pero a ese importe, según el especialista, hay que restarle los encajes de los bancos en dólares por 7834 millones, las obligaciones con organismos internacionales y otros bancos centrales por 3312 millones de dólares y los depósitos del Tesoro Nacional en el BCRA para el cumplimiento del pago del saldo de las obligaciones del gobierno nacional en moneda extranjera para lo que falta de 2011, por un total de 2700 millones de dólares (fundamentalmente, los cupones vinculados al crecimiento económico que se pagarán el 15 de diciembre).

De este modo, las reservas internacionales propias del BCRA no superarían en realidad los 33.960 millones de dólares.

Si se relaciona este monto con el total de pesos que circulan en la economía o se encuentran en depósitos bancarios de corto plazo (M2), que al 21 de octubre alcanzaba los 300.279 millones, equivalente a 70.946 millones de dólares, surge que la moneda argentina sólo tiene un respaldo de reservas del 47,9 por ciento.

La situación era muy distinta a fines de 2007, cuando Cristina Kirchner acababa de iniciar su primer mandato. En aquel entonces, las reservas internacionales ascendían a 46.176 millones de dólares y bajaban a 43.739 millones si se descontaban los encajes bancarios, en tanto que los medios de pago (M2) eran de 145.773 millones de pesos, equivalentes a 46.412 millones de dólares. Así, el respaldo de la moneda en reservas de libre disponibilidad alcanzaba en aquella época al 94,2 por ciento.

La actual ecuación entre reservas y pesos en circulación muestra un deterioro que podría agravarse si, de acuerdo con el proyecto oficial de presupuesto previsto para 2012, se destinan 5470 millones de dólares de los fondos del Banco Central para el pago de la deuda pública.

La actual ecuación entre reservas y pesos en circulación muestra un deterioro que podría agravarse
El problema de fondo reside en el desequilibrio fiscal. Por cuanto si no tuviéramos desequilibrio fiscal, el pago de la deuda pública no saldría de las reservas de la entidad monetaria.

Volver a una situación de equilibrio monetario, por la vía de un aumento de las reservas o de una disminución de la cantidad de moneda, no parece sencillo en el corto plazo. La consolidación de la línea populista llevaría a más dirigismo y regulaciones, a controles más exacerbados de la economía y a la búsqueda de nuevas "cajas" para financiarse, aunque esto no resolvería el problema de fondo, que es la falta de confianza.

Una alternativa diferente sería recurrir al crédito internacional, con el fin de recuperar reservas a cambio de un endeudamiento de largo plazo. Pero esta salida parece complicada hoy, ante la falta de avances en las negociaciones con el Club de París, que le reclama a la Argentina el pago de casi 9000 millones de dólares, y la parálisis en la relación con el FMI.

Una tercera opción sería una devaluación monetaria, que posibilite mejorar la balanza comercial y volver a tener saldo positivo en la cuenta corriente del balance de pagos, a costa de una caída del salario real y del peligro de un traslado de la suba del dólar a los precios.

Frente a todas estas alternativas, el Gobierno, por ahora, parece haber optado por un camino gradualista, que contempla aumentar los controles cambiarios para frenar la salida de divisas, quizás a la espera de remar la crisis hasta la llegada de los dólares provenientes del grueso de las exportaciones agropecuarias, y recortar los subsidios a los servicios públicos para detener el crecimiento del gasto público. Esto es, una mezcla de populismo y pragmatismo que difícilmente resulte suficiente.

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