Cristina, entre la sobreactuación, el corazón y el bolsillo

Fernando Laborda
Fernando Laborda LA NACION
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10 de junio de 2012  

Un reconocido creativo publicitario cercano al gobierno nacional no oculta su asombro al encontrarse con viejos amigos, furibundos antikirchneristas, a quienes les escucha decir: "Esto con Néstor no hubiera pasado". Tampoco son escasos los ex funcionarios kirchneristas que aseguran que el ex presidente no hubiera dejado que la situación económica llegara a los actuales niveles de incertidumbre.

El crecimiento a tasas chinas ha quedado en el recuerdo. De la desaceleración de la actividad productiva pasó a hablarse del brusco enfriamiento de la economía, y ahora no faltan quienes pronostican recesión o incluso estanflación, esa peligrosa combinación de estancamiento económico con inflación. Todas las consultoras especializadas han bajado sus proyecciones de crecimiento para 2012: el Estudio Bein proyecta un 2,5 por ciento y Econométrica, apenas el uno. El índice de demanda laboral de la Universidad Torcuato Di Tella, que se efectúa sobre la base de los pedidos de trabajo en avisos clasificados y agrupados, mostró en mayo una caída interanual del 35,8 por ciento. Según una encuesta del Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano, realizada entre 620 porteños, apenas el 8 por ciento de la población mantiene expectativas económicas positivas para este año. La automotriz Renault acaba de suspender a 2000 trabajadores frente a la baja de exportaciones a Brasil. El goteo de depósitos bancarios en moneda extranjera se ha acelerado a niveles del 1 por ciento diario, unos 120 millones de dólares. Y la expansión de la brecha entre el dólar oficial y el paralelo, superior al 30 por ciento, añade intranquilidad.

Las restricciones cambiarias, la tosquedad de ciertos anuncios de la Presidenta y las chapucerías de algunos de sus colaboradores no hacen más que agravar la desconfianza. Unos días antes de que el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, se reuniera con representantes de casas de cambio con la intención de forzar una baja en la cotización del dólar marginal, los voceros del Gobierno se jactaban de que el mercado paralelo era virtualmente inexistente de tan pequeño. Más recientemente, la jefa del Estado convocó a librar una batalla cultural contra la dolarización. Hasta economistas enrolados en la heterodoxia la cuestionaron por lanzar una batalla contra las consecuencias y no contra las causas del problema, esto es, la inflación y la desconfianza en el peso argentino.

Lecciones de economía

La corrida hacia el dólar tiene una explicación más que simple. Si la inflación anual venía superando el 20 por ciento en los últimos años y el peso se devaluaba contra el dólar al cambio oficial apenas en un tercio de ese porcentaje, era previsible que la moneda norteamericana comenzara a ser percibida como barata. Si a esto se agregan controles policíacos que virtualmente prohíben la adquisición de divisas, el dólar no sólo pasa a ser considerado barato, sino también un bien escaso, lo cual alimenta su demanda. Más aún en un país donde la memoria colectiva tiene muy presentes el Rodrigazo de 1975 y el corralito y el corralón de 2001 y de 2002.

Frente a esta situación, Cristina Fernández de Kirchner, desafiando la lógica que durante años siguió su familia en materia de inversiones, anunció que convertiría a pesos sus aproximadamente tres millones de dólares. No conforme con eso, instó a todos sus ministros y colaboradores a seguir sus pasos, empezando por el senador Aníbal Fernández, quien públicamente había dicho que vender los 24.000 dólares que declara tener al tipo de cambio oficial, de 4,49 pesos, era "una cosa de idiotas". No hay dudas de que, al menos en esta cuestión, el senador Fernández ha demostrado más sentido común e interpretado mejor a la gente que la Presidenta, quien por momentos supera a sus propias imitadoras de la televisión en el papel de maestra de Siruela. Especialmente cuando pretende darnos lecciones de economía a los argentinos.

Entre la sobreactuación y el ridículo hay un hilo bastante delgado. La jefa del Estado debería saberlo o alguien en su entorno debería hacérselo saber. No vaya a ser cosa que, dentro de unas semanas o en pocos meses, como el ministro de Economía radical Juan Carlos Pugliese en medio de la hiperinflación de 1989, se vea obligada a decir: "Les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo".

El desgaste del gabinete

Con el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, caído en desgracia, tras su desplazamiento de YPF por Axel Kicillof y el traspaso del área de Transporte al titular de Interior, Florencio Randazzo, no han quedado en el gabinete vestigios de "superministros". Y, en un fenómeno poco común, no pocos viceministros o secretarios de Estado tienen mayor influencia o llegada a la Presidenta que los propios ministros a los cuales secundan. Son los casos de Kicillof, de Alejandro Julián Alvarez y de Sergio Berni, quienes opacan, respectivamente, a los ministros de Economía, Hernán Lorenzino; de Justicia, Julio Alak, y de Seguridad, Nilda Garré. El desgaste del elenco ministerial es evidente y la Presidenta se ocupa de hacerlo más ostensible con sus humillaciones públicas a colaboradores.

Cuando los desequilibrios de poder son tan marcados como en la Argentina actual, es natural que los enfrentamientos dentro del grupo gobernante adquieran más relevancia que los conflictos entre el oficialismo y la oposición. La existencia de un liderazgo tan concentrado, donde las grandes decisiones son discutidas apenas por un puñado de personas y adoptadas casi en absoluta soledad por la Presidenta, hace que el cuidado por no disgustar a la jefa sea mayúsculo. El miedo a perder los privilegios de la pertenencia es más fuerte que la libertad de los funcionarios para expresar sus disidencias en la Casa Rosada. El papelón sufrido con el frustrado candidato a la Procuración General Daniel Reposo es un buen ejemplo.

En las decisiones presidenciales vinculadas con la expulsión de Esteban Righi como jefe de los fiscales y las sucesivas postulaciones para reemplazarlo de Reposo y de Alejandra Gils Carbó parece haber una constante: la campaña de la primera mandataria contra Clarín y LA NACION. El principal mérito de Reposo para llegar a ser propuesto por la Presidenta habría sido su desempeño en contra de los accionistas privados de Papel Prensa. El de la fiscal Gils Carbó, más allá de su reconocida idoneidad, habría sido su oposición a la fusión de Cablevisión y Multicanal, decidida paradójicamente por Néstor Kirchner.

El filósofo y politólogo Ernesto Laclau, quizás el referente ideológico más relevante para el kirchnerismo, reconoció alguna vez que, más que Clarín, el adversario del Gobierno estaba representado por los medios de comunicación. Para los Kirchner hay una natural disputa entre la política y los medios por determinar quién fija la agenda pública, una preocupación que ha derivado en una deformación por la cual se piensa que el poder político debe ocupar el lugar del periodismo.

Por un lado, el enfrentamiento con los medios no afines al pensamiento oficial se asocia con la idea de presentarlos como el gran poder en las sombras capaz de justificar la cada vez mayor necesidad de acumular poder por parte del Gobierno. Por otro lado, ante la imposibilidad del kirchnerismo de responsabilizar por sus errores a una administración anterior, por cuanto gobierna desde hace nueve años, la Presidenta ha encontrado en la prensa un buen chivo expiatorio al cual responsabilizar por sus fracasos.

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