Cristina Kirchner: una mujer de carácter

La futura primera dama es una platense conocida por su firmeza de convicciones y desde el Senado ejercerá un papel clave al lado del Presidente
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18 de mayo de 2003  

Seguramente para ella amanecerá soleado, aunque el clima se empecine en doblarle el brazo, en complicarle el día. Se levantará temprano, caminará por la cinta, desayunará café negro y comenzará con tiempo a vestirse para la ocasión. Todo como de costumbre. Pero será distinto.

Cristina Fernández de Kirchner, la flamante primera dama, debutará dentro de una semana en un papel para el que no se preparó -según afirma- pero que le encanta. Y para el que tiene carácter. Mucho.

¿Cómo se maquillará para saludar desde el balcón de la Casa Rosada? ¿Qué atuendo elegirá para ese momento? ¿Se inclinará por los colores pastel o debutará con un rojo chillón que la favorece, claro, pero que no es el más adecuado? Dicen en su entorno que no piensa en esas nimiedades. Pero su entorno está preparado para desmentir cualquier frivolidad de la senadora. Advierten: "Esa mujer es temperamental. Lo ha probado". Si no, que lo digan sus compañeros del Senado. Que hable Luis Barrionuevo, a quien dejó en evidencia con toda la miserabilidad del punterismo político y futbolero. Cristina Fernández es difícil.

Porque hay primeras damas bellas. Las encontramos obedientes. Hay Zulemas y pudo haber Boloccos. Existen modelos de ellas en diferentes democracias, con estilos propios y algo de alquilado. Pero ella no se adecua a ningún patrón. Cristina Fernández va a ser un gran desafío.

O quizás, una enorme pesadilla para propios y ajenos: no quiere ir a vivir a Olivos, jura que va a seguir en su banca de la Cámara alta y niega, con poco énfasis, que aspira a convertirse en la futura gobernadora de Santa Cruz. ¿Más? Se opone a ser una dama de beneficencia.

Si se buscara una definición de su propia cosecha, la mejor sería: "Me pinto como una puerta desde que tengo 14 años". Para más datos, vaya una anécdota de su cuidado personal, contado a LA NACION por uno de los voceros del marido que la acompaña desde hace años y que pidió, como todos, anonimato. Dice el vocero: "En 1990, Néstor era el intendente de Río Gallegos. Era de madrugada y le vinieron a decir que la policía local se había amotinado. Cristina le dijo que iba con él". El intendente se vistió a toda velocidad y comenzó a llamar a su mujer, que tardaba. Ya nervioso, la increpó: "¿Qué estás esperando?". Y la respuesta: "Mirá, yo no salgo sin perfume y sin maquillaje, ni que vengan los marines".

Anónimos informantes

Aunque parezca mentira para una pareja pública, buscar fuentes que hablaran de Cristina Fernández, 49 años, madre, senadora, una mujer compleja para los políticos, fue ardua: todas las personas que la conocen buscaron excusas o no acudieron a las citas y el hermetismo fue tal que un vocero de la dama fue el encargado de dialogar "oficialmente" con LA NACION, pero sin dar el nombre: había orden entre los más cercanos de no abrir la boca.

Igual, todo se sabe. Especialmente en este país tan lleno de peronistas indiscretos. Así se pudo saber que, para muchos, Cristina tiene actitudes de diva. Que varias veces pidió estar sola en los programas de televisión, que hace de la ropa un rótulo bastante kitsch y que peleó con uñas y dientes cada protagónico en el Senado.

Ella dijo que se enamoró de ese hombre que vino del frío por su inteligencia, aunque aquella pasión mutó en compañerismo y dejó atrás el romanticismo juvenil. Quizá por eso a su marido lo llama Kirchner...

Fernández, hija de una sindicalista y de un empresario del transporte balbinista, nació en un hogar proletario, bajo el signo de una madre que sabe de bravuras y que las aprendió cuando representó el sindicato de empleados del Estado del ministerio de Economía de La Plata. "Tengo una buena relación con ella -dijo a LA NACION-, pero a veces chocamos."

Cristina estudió en el colegio Nuestra Señora de la Misericordia. Luego, en 1969 comenzó en la Universidad de La Plata. Siempre siguió a su equipo favorito Gimnasia y Esgrima, el Lobo.

"Tiene una hermana médica -dice un vocero (de los tantos sin nombres que habló de Ella)-, que se llama Giselle, como la madre de ambas. No, no comenzó directamente con Derecho, primero hizo un año en la facultad de Psicología y luego entró en abogacía y a militar. Allí lo conoció a Néstor." La leyenda cuenta que Cristina era la popular "traga" mientras que el entonces novio Néstor se las apañaba para estudiar menos. Con todo, ella se recibió tres años después que él, en 1979, cuando el hombre que había llegado del Sur volvió al frío. Allí, en Río Gallegos, instalaron un estudio jurídico en el que ella, según confió a LA NACION, "trabajaba como una pichicha y Kirchner se encargaba de las relaciones públicas", y se ríe de buena gana. De esos años datan 22 de las 24 propiedades que por un valor superior a los dos millones de pesos declararon a la Justicia.

Ella cuenta que cuando llegaron en 1976, hubo cárcel para ambos por haber militado en la Juventud Universitaria Peronista, pero de tres días. "Eran tiempos difíciles, por eso nos fuimos de La Plata", dijo Fernández. Luego vinieron los hijos, que son dos, aunque podrían haber sido tres: después de Máximo, el mayor, hubo un embarazo que perdió a los seis meses. Cristina de Kirchner no se olvida, pero tampoco cuenta. Dicen que ese niño que no fue templó aún más su carácter. Finalmente en 1990 llegó Florencia.

¿Se siente culpable esa mujer por no haber estado más cerca de sus hijos durante estos años de política? El vocero dice que la cultura judeocristiana educa a las mujeres en la culpa. Ella prefiere otra definición: "Yo me hice cargo de los chicos y de la familia, a las mujeres nos toca siempre ese papel".

¿Es sumisa, entonces? Dice, aclara, que Kirchner es el candidato y que ella está al lado, no atrás. Pero hasta no hace mucho er difícil sacarles una foto juntos: no quieren. Las malas lenguas de Gallegos juran que ella "roba cámara", pero reporta a Néstor, el verdadero hacedor de la política, aunque la envía a tejer alianzas, deshacer entuertos que su timidez le impiden.

De La Plata a la Presidencia

Cristina de Kirchner no se olvida de nada, tiene una memoria prodigiosa y la utiliza en los mejores momentos. Ella no lo dice, pero sus voceros la quieren hacer aparecer como una verdadera víctima de la dictadura militar y hablan del inquilinato platense donde el matrimonio sudó la gota gorda para comer hasta 1976. Pero no hay suerte: nadie los recuerda huyendo, sí resguardándose por si a algún lunático se le ocurría arremeter contra esta parejita de estudiantes peronistas.

Quizá, de sus noches de inquilinato, le queda la manía de ser extremadamente eficiente y obsesivamente ordenada. El vocero aseguró que Fernández nunca se psicoanalizó y que es católica. Paga cada cosa que consume y es generosa con las propinas. ¿Cómo hará Cristina para aparecer tan equilibrada? Se habla de su nunca negociada hora de gimnasia matutina que es la anterior a su hora frente al espejo. Esa es su terapia.

¿Algo más? Sí, a pesar de los atuendos, de las piernas bien torneadas y que muestra sin pudor, exige que se la admire por su inteligencia. ¿Si consulta con alguien? Sí -dicen-, con Kirchner hasta 10 veces por día, vía telefónica.

"Tiene amigas -empieza a decir el vocero-, Alicia Castro y Vilma Ibarra" y otra en Neuquén, María Ofelia Cedola, compañera de la facultad en La Plata y con la que se ven cada vez que pueden." Ella es una de las que compartió la pequeña fiesta de casamiento en la casa de sus padres, donde no hubo fotos pero sí filmaciones: don Kirchner padre lo enfocó varias veces y Néstor, ya caído de hombros, ensayó algunos pasos no muy seguros.

Sus compañeros le cantaron la marcha peronista, en vez del Ave María de Schubert, por caso. La anfitriona, Giselle de Fernández, no se vestía, como ahora, con la camiseta y un gorro del Lobo, remera que ha mutado en otra que dice "Kirchner Presidente", con la que la señora madre de la primera dama sale a hacer las compras por Tolosa.

Quizá Giselle de Fernández no admire tanto como su hija al matrimonio Clinton, modelo que ella intenta emular porque cree, siempre que no haya ninguna becaria de por medio, que dando un paso al costado, nunca atrás, la cosecha de los logros la disfrutará ella en el futuro. Por todo esto es que quizás admita perder un poco de protagonismo frente a su marido, aunque en cada mesa donde come, en cada café que toma con un poco de público, siempre tiene algo que decir sobre cualquier tema que tenga ver con la política, en particular si se trata de derecho constitucional.

Un viejo cronista parlamentario dijo a LA NACION: "Su límite es su marido. Le gusta ordenar e imponer sus ideas en cualquier debate que se le presente. Tanto que a veces peca de intolerante y autoritaria, como cuando condujo en la comisión de Asuntos Constitucionales del Senado el fallido proceso de expulsión a Barrionuevo". "Acá la que doy la palabra soy yo", se le escuchó decir a su colega y enemigo político Eduardo Menem.

Así como es en la vida es en su trabajo parlamentario. Es épica su pelea con Augusto Alasino, lo que le valió quedar al margen del bloque durante su primer paso por la Cámara alta entre 1995-2001. Desde ese momento, el peronismo santacruceño siempre terminó conformando un bloque rebelde. En 2001 volvió a mantenerse al margen, molesta con la conducción de José Luis Gioja a quien consideraba un representante del viejo Senado: el sanjuanino había "heredado" el cargo del propio Alasino.

Cristina de Kirchner es más o menos esta que describimos. Una primera dama que no quiere hacer concesiones, salvo que su marido se lo pida. Que se enfrentó a la mediática diputado Elisa Carrió cuando la chaqueña estaba en la Comisión de Lavado y la ignoró a la hora de darlo a publicidad. Cristina de Kirchner jamás se lo va a perdonar. ¿Se verá parte de esa guerra en los próximos años?

Por Alejandra Rey

El perfil

Platense

Cristina Fernández nació hace 49 años en La Plata, en un hogar proletario conformado por una mujer sindicalista y un empresario del transporte. En la universidad platense conoció a su futuro marido, con quien se casó a los 22 años.

Hacia el Senado

En 1976, el matrimonio Kirchner, jóvenes militantes del peronismo, deciden radicarse en Río Gallegos, donde alcanzan un superlativo bienestar económico gracias a la abogacía. En 1995 ingresó a la Cámara alta para su primer mandato. Como senadora, es famosa por su firmeza.

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