Cristina y el clientelismo artístico

Jorge Fernández Díaz
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4 de agosto de 2013  

Un director con viejas simpatías por el peronismo, alguien que no es kirchnerista ni todo lo contrario, un espíritu anarco y libre al que sólo le interesa hacer películas, pone un día excusas para no asistir a un acto en la Casa Rosada. Luego ve por televisión que habla al país Cristina Kirchner y que el auditorio está lleno de actores, actrices, cineastas y celebridades. Todos ellos son largamente retratados por las cámaras. La idea es demostrar que esos ídolos apoyan las acciones del movimiento nacional y popular. Es una propaganda electoral formidable, y el director siente una fuerte ambigüedad: por un lado, se alegra de no tener que poner la cara y, por el otro, se pregunta si su deserción tendrá consecuencias.

Un año después presenta su película, que trata sobre la marginalidad y la pobreza, y un alto funcionario le desliza sin emoción una frase memorable: "Esto no es lo que queríamos mostrar". Al director le da un escalofrío. No tardan en caerle a su productora algunos inspectores y tampoco tarda mucho en comprobar que ahora los créditos se traban en oscuras oficinas burocráticas. Lo que más le duele, sin embargo, es que no puede denunciar a nadie, y que, además, resulta imposible conseguir solidaridad en un medio que ha sido cooptado política y económicamente por el kirchnerismo. ¿Hace falta explicar por qué no damos su nombre?

Pocos miembros de esa colonia afamada, que la Presidenta incorporó hábilmente a su política de escudos humanos, se comunicaron esta semana con otro talentoso, el director teatral Carlos Rivas, para manifestarle su afecto y comprensión, o por lo menos su amable desacuerdo, tras haber publicado una carta en la que expresaba dolor frente a la asombrosa e indefendible conversión de Abuelas de Plaza de Mayo, que pasó de organización ecuménica y abierta a ser un simple apéndice del Frente para la Victoria. El acompañamiento de Estela de Carlotto en los actos de barricada no sólo degrada su mítica figura, sino a quienes la utilizan sin escrúpulos. Estela se ha transformado en el escudo humano más importante que tiene el kirchnerismo para protegerse de las críticas y legitimar sus medidas más cuestionables. Resulta un verdadero escándalo que quienes han defendido esa causa sagrada (la recuperación de chicos robados durante la dictadura) no alcen la voz contra este manoseo. Rivas lo hizo, y el hecho de que se haya ganado la primera plana del diario demuestra la relevancia de su carta y la dramática soledad en que fue escrita.

Entre quienes lo felicitaron está una actriz legendaria, una amiga personal que comparte sus angustias políticas. "En este ambiente ya no podemos hablar con nadie -le dijo. Estamos rodeados de gente fanatizada." ¿A quiénes se refería? Principalmente a sus colegas, que se dividen entre los politizados que hoy abrazan honestamente el dogma kirchnerista, los conversos que giraron por conveniencia sectorial y todo lo perdonan en virtud de la bonanza de sus bolsillos, y muchos novios tardíos, analfabetos ideológicos que sintieron el súbito despertar de la política y que suelen hablar con una conmovedora superficialidad acerca del país. Un ejército de portavoces y predicadores de la buena nueva, que en las entrevistas periodísticas venden sus obras y de paso contrabandean loas al modelo. ¿Cuánto vale esa campaña incesante? Mucho dinero. Y el Estado, con su recaudación caudalosa, no ha reparado en gastos. El Poder Ejecutivo desarrolló durante la "década ganada" un astuto clientelismo artístico. Y lo hizo siguiendo los axiomas de Raúl Apold, que durante el primer peronismo se propuso conquistar a los ídolos populares para que acompañaran acríticamente el proyecto e infundir miedo entre los disidentes para que no pusieran reparos.

Por supuesto, el agua baja mezclada. Cristina realmente tomó muchas medidas que permitieron con toda justicia mejorar la vida de los actores y afines. Habría que discutir alguna vez, sin embargo, no las verdaderas razones que la impulsaron, sino el resultado que obtuvo. Hay un parangón bastante visible con respecto a la educación: se destinó más presupuesto, pero no se logró mejorarla. De igual modo, los créditos cinematográficos, por ejemplo, generaron trabajo, pero no consiguieron crear una industria mínimamente sustentable. La intervención de reconocidos "cinéfilos" como Moreno y De Vido en productoras de contenidos, y el insólito dispendio de universidades manejadas por kirchneristas muestran que se sirvieron del erario y subsidiaron con esos fondos miniseries, películas y documentales. Una vez concluidos quedaron librados a su suerte: no hubo por parte de quienes manejaron estas ocurrencias una firme decisión para que la televisión abierta o las distribuidoras se comprometieran a difundirlas de manera adecuada. Esa falla del final, esa sospechosa desidia sugiere que la meta estaba cumplida de antemano: manejar el negocio y dejar contentos a los actores y al equipo. La divulgación y comercialización de los productos fueron cosas secundarias. Lo central era darle de comer a la tropa.

Le oí decir también esta semana a Luis Brandoni que no le constaba que hubiera en la Argentina listas negras, como ocurrió durante la dictadura: él fue víctima de esa persecución. Pero a Brandoni sí le parece notoria la actual existencia de listas blancas: gente del espectáculo que se queda con la parte del león y a la que le llueven alegrías. El Gobierno premia la buena conducta, y para formar parte del paraíso lo único que pide es adhesión, o por lo menos una discreta indiferencia. Si no pensás como yo, al menos no te metás. Y si te metés, atenete a las consecuencias.

En el aparato cultural del kirchnerismo hay punteros que odian a los tibios. Pero también hay personas razonables con argumentos gremiales muy atendibles: nunca nos fue mejor. Lo polémico radica en mirar toda la realidad desde el exclusivo prisma de un sector beneficiado; ésa es paradójicamente la lógica de la corporación. Resulta muy fácil autoengañarse, creer que, cuando a uno le va mal, toda la sociedad padece, o cuando le va bien, el Gobierno es maravilloso. En estos procesos emocionales, y no en asuntos de corrupción (los hay, pero son minoritarios y puntuales) radica el problema. Los actores son seres frágiles y no sólo los anima la plata. El ego es crucial en este oficio, y el Gobierno los ha colocado en el centro de la escena y les ha dado un buen guión: les permite representar el psicodrama del compromiso político sin riesgo, atados a una épica vibrante y patriótica, aunque ficcional.

Ese papel deseado se agradece, aunque también se recibe con naturalidad: ¿qué otro gobierno me iba a dar lo que yo merecía? La prosperidad, la caricia del ego, la identidad significan tanto que en el mundo del espectáculo la década se vive como una auténtica fiesta. Y ese estado de embriaguez les permite mirar para otro lado frente a Jaime, la masacre de los qom, la entronización de Milani, los negociados sucios y tantas otras traiciones al progresismo.

A este silencio tan ruidoso se añade el fundamentalismo de algunos, que no aceptan ni siquiera una discusión con sus propios camaradas. Hay cientos de actores, directores, productores y guionistas que viven la clandestinidad de su pensamiento, que no quieren problemas, pero para quienes la carta de Rivas fue un soplo de aire fresco.

Este tema tiene trascendencia política, puesto que sin el maquillaje cultural el kirchnerismo se vería tal cual es: como los Alperovich paseando por Abu Dhabi sobre un camello fatigado.

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