Criticando a la empatía
Estamos en un siglo lleno de nuevos mandamientos -sé la mejor versión de ti mismo, persigue tus sueños, abandona tu zona de confort- y uno de estos mandatos es el de ser empáticos, capaces de ver el mundo a través de los ojos de otras personas. (Curiosamente, a la empatía se la reclama más de lo que se la practica). Todos estamos de acuerdo en que nuestras relaciones deben ser lo más cordiales posibles, pero el exceso de empatía puede ser malo para la salud mental, como denuncian las psicólogas Trudy Meehan y Jolanta Burke en el periódico online The Conversation.
“Demasiada empatía hacia los demás, especialmente cuando priorizamos las emociones de otras personas sobre las nuestras, puede derivar en experiencias de ansiedad y depresión”, explican las psicólogas. La cobertura acerca de Ucrania es un ejemplo de ello: la sobreexposición a imágenes y escenas traumáticas nos produce una “fatiga por compasión”. Recomiendan abandonar la búsqueda compulsiva de noticias perturbadoras, y privilegiar la acción por encima de la indignación. Vivimos tiempos narcisistas, donde el “je suis” y el “yo me indigno” tan frecuentes resultan ser meras afectaciones sin resultados concretos. Se recomienda autocuidado y acción, para no enredarse en la angustia.
Y además:
Podemos ser empáticos o podemos ser compasivos. En el nivel de la compasión -sostienen Meehan y Burke- agregamos la acción para aliviar el dolor de la otra persona, como sujetos separados. El resultado de esta acción es un sentimiento positivo que no se obtiene con la empatía sola.








