Crónica del Plan Federal de Infraestructura

Por Nicolás Gallo Para LA NACION
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30 de octubre de 2000  

EL país estaba ávido de crecimiento. Durante la última década, la administración cayó en la tentación del mercado como hacedor privilegiado de progreso. Pero algo no funcionó. Algo falló. El mundo creció vertiginosamente, pero el país se quedó.

Frente a esta situación, se apostó a las ya clásicas reglas del ajuste violento de las cuentas públicas, con la íntima convicción académica de que el resultado sería la confianza y con ella vendría la inversión.

Pero el mundo real, el de los mercados manipuladores del petróleo, el de los mercados protegidos del sector agropecuario del Primer Mundo, el de las barreras disfrazadas de controles tecnológicos, el mundo de la conquista corporativa y el poder financiero, tiene nuevas reglas que conviene saber interpretar.

Nuevas reglas que dicen que la confianza se otorga a la consistencia de una estrategia y no al simple cumplimiento de algunas condiciones básicas.

Nuevas reglas que expresan que el inversor productivo invierte normalmente donde hay crecimiento y no donde hay estancamiento, y que le aconsejan a ese inversor alejarse de los lugares donde, sea por apariencia o por realidad, aparecen en forma reiterada situaciones cambiantes.

Por eso, en casos como el de la Argentina actual, el primer puntapié para dar respuesta a esa avidez de crecimiento debía venir de adentro. Desde luego, cumpliendo razonablemente algunos principios elementales en la administración de las cuentas públicas, teníamos que encontrar la fórmula convocante que pusiera en marcha la economía del país.

La Argentina clamaba por la justicia del desarrollo desde todos sus confines. Ahí, en la visión federal del problema, residía la semilla de una estrategia consistente. Integración y comunicación pedían las economías zonales y regionales para dejar de ser islotes preservados y transformarse en partes activas de un proceso amplio de crecimiento, y la gestión eficiente de un recurso vital para el desarrollo, el agua, debía retomar su prioridad. A su vez, la inserción regional del país requería la ejecución de los vínculos físicos necesarios para facilitarla y expandirla.

Millones de argentinos exigían participar, con todos sus derechos, todo su esfuerzo y todo su orgulloso potencial, de un grande y mismo sueño de crecimiento en igualdad. Con un ejemplar equipo de hombres y mujeres fuimos a escuchar a esa Argentina. Buscamos sus derechos, sus esperanzas y sus reclamos concretos y hasta percibimos el rumor de ancianas utopías.

Vocación de servicio

Entonces concebimos una idea. Una idea que se nutrió de una profunda vocación de servicio público, con la experiencia de cientos de proyectos concretados en las más complejas circunstancias en todo el continente latinoamericano y con el conocimiento de nuevos sistemas de financiamiento de la infraestructura pública que se habían instrumentado con éxito en otros países.

Aceleradamente, fuimos dándole forma a la idea. Preparamos un plan, que se armó como se debe armar, de abajo hacia arriba y de los costados para el centro.

Ésta es la esencia del Plan Federal de Infraestructura, una gran idea abarcadora de una estrategia de desarrollo compartida. Una única concepción de patria grande y perdurable, donde las decisiones no se toman desde el aislamiento casi autista de la administración central, sino que son el resultado de un consenso ganado con trabajo y espíritu comunitario.

No era posible una estrategia de desarrollo sin unión y convicción, y no hay sociedad que pueda ser movilizada si existen prejuicios y mezquindades. Por el contrario, debíamos fortalecer toda acción que pudiera ser traducida en mutuo respeto entre gobernados y gobernantes, entre pares e impares. Pues sólo sobre la base del respeto nace la confianza y con ella vienen las inversiones.

Con buen ánimo y una fuerte convicción ideológica, diseñamos entre todos, Nación y provincias, el Plan Federal de Infraestructura.

El sistema vial, cuya ejecución comenzó meses atrás con la ruta al paso de Jama, debía vertebrar todo el territorio nacional e integrarlo a sus vecinos. El transporte ferroviario, aeroportuario, hídrico y portuario requería un fuerte empuje. Su eficiencia comparativa ha sido demostrada en los países más avanzados.

Millones de hectáreas inundadas debían ser rápidamente reincorporadas a la producción agropecuaria y millones de habitantes tenían derecho a disponer de agua potable y servicios de saneamiento con las mínimas normas internacionales. Y también había que ejecutar numerosos proyectos de regadío con tecnologías de avanzada eficazmente probadas en otras regiones.

La estrategia se consolidó en un plan de 20.000 millones de pesos con 2800 proyectos por ejecutar en cinco años. La viabilidad de su financiamiento, que provocó anticipadamente reiteradas dudas, fue demostrada. Un tercio del plan se financia básicamente con un sistema novedoso, similar al del leasing , que trajimos y adaptamos del Reino Unido. Este tramo del financiamiento, que requiere una garantía especial, se encuentra hoy en avanzado trámite de aprobación legislativa.

Políticas activas

Otro tercio corresponde a la reestructuración de los planes de inversión de las concesionarias viales, ferroviarias, aeroportuarias y portuarias, trabajo que, con un único concepto estratégico de negociación, fue completado en tiempo y forma. Fallaba a la lógica de la consistencia aislar la inversión privada en infraestructura pública, simplemente por el origen del financiamiento. Por ello, debía formar parte del plan.

Finalmente, el otro tercio se financia con recursos presupuestarios tradicionales de la Nación y las provincias, junto con algunos proyectos específicos de riesgo puro privado.

El Ministerio de Infraestructura y Vivienda fue concebido como una herramienta de generación de políticas activas del sector público para los fines establecidos en la Ley de Ministerios, pero su función no se limitó a la elaboración del Plan Federal de Infraestructura. También, en una lucha casi solitaria, hizo suya la causa de la supervivencia de Aerolíneas Argentinas, orientó con un sentido no discriminatorio las desregulaciones de las telecomunicaciones y el correo, así como el uso del Fonavi para maximizar la construcción de viviendas sociales. También dio respuesta a reclamos de cientos de pequeñas localidades de todo el país, al tiempo que coordinaba con las autoridades de los países vecinos formas prácticas de acelerar los proyectos de integración física.

Tuvimos una idea. Elaboramos una estrategia de desarrollo creíble, consistente, duradera. Preparamos un plan, protegido por el consenso político de su génesis y la metodología de su elaboración. Una decisión del jefe del Estado, emanada de la autoridad que ejerce por mandato constitucional, me privó del privilegio de ejecutarlo Pero el plan sigue su marcha. Hoy, otros tienen la responsabilidad de ejecutarlo. Quiera Dios que pueda contagiar el espíritu del que se nutrió, para que no se desvíe su esencia ni se pierda su razón de ser. De suceder así, prevalecerá el respeto por el esfuerzo común ya realizado. Y ese respeto, al garantizar la continuidad de la política, facilitará la confianza que augura la inversión y el progreso.

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