Cuando la cuarentena se politiza

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
El jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, el presidente Alberto Fernández y el gobernador Axel Kicillof, dieron a conocer, con un mensaje grabado, la nueva fase de cuarentena
El jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, el presidente Alberto Fernández y el gobernador Axel Kicillof, dieron a conocer, con un mensaje grabado, la nueva fase de cuarentena Crédito: Presidencia
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28 de junio de 2020  • 00:30

Es una metáfora bastante remanida que los periodistas nunca nos cansamos de usar: la del malogrado Titanic chocando a toda velocidad contra un iceberg en el Atlántico Norte, en la gélida noche del 14 de abril de 1912, utilizada para graficar cualquier tipo de dificultad grave, especialmente en el campo de la política y de la economía. Párrafo aparte para los violinistas del trasatlántico hundido, también siempre muy presentes en la memoria de connotados columnistas.

Si se diera por certera una frase que el periodista Pablo Ibáñez, de Clarín, puso en boca de Alberto Fernández -"Horacio [por Rodríguez Larreta ] prefiere chocar con el iceberg, yo soy partidario de girar apenas el iceberg aparece en el radar"-, los especialistas en aquella siempre presente tragedia marítima argumentarían ahora, no sin cierta ironía, que fue precisamente ese giro a destiempo, y demasiado tarde, el que marcó el destino fatal del barco: la parte sumergida de aquel iceberg abrió con la facilidad de un abrelatas un inmenso agujero a lo largo de uno de los laterales de la nave, bajo su línea de flotación, lo que determinó que en dos horas y media se hundiera sin remedio bajo las heladas aguas del mar. Hay algo más que dicen los expertos: de no haber girado y si, en cambio, hubiese afrontado la colisión con la proa, tal vez la avería habría sido más acotada y, aunque también el accidente pudiese haber sido irreversible, al menos habría ganado tiempo para que llegara el Carpathia antes y se salvaran todos o mucho más pasajeros de los que murieron por hipotermia o ahogados.

Parece difícil relacionar a los que salen a correr por Palermo, y que a partir del miércoles deberán abstenerse de hacerlo, con los contagios que se producen cruzando la General Paz y que, a veces, llegan a duplicar la cantidad de infectados capitalinos. ¿Fue, entonces, una mera concesión de Larreta a Fernández y Axel Kicillof ? En el gobierno capitalino aseguran hacerlo más como un gesto de acompañamiento hacia los 60.000 comercios que deberán cerrar de nuevo.

Cuesta pensar que no se entromete la política cuando un malhumorado Alberto Fernández le echa la culpa por TV de los contagios a los runners y a quienes visitan los comercios de ropa . La alusión a la Capital es evidente. Nada dice de las aglomeraciones en La Matanza, las veredas repletas en Merlo, los manteros en Moreno y las ferias populares en otros partidos del conurbano. La culpa es de los runners porteños, como al principio los responsables de la importación del virus fueron los "chetos". ¿Pensarán, en serio, que solo salen a correr simpatizantes del gobierno anterior o que gente que no es "cheta", y que se siente tan progresista, no se subió a ningún avión el verano último? Son emblemas para fidelizar a sus clientes ultrakirchneristas, pero que fuera de ese círculo pocos le dan crédito.

El Presidente acusa a los runners porteños, pero no a las aglomeraciones del conurbano ""

No hay señalamientos, al menos públicos de Larreta, hacia las deficiencias nacionales -por ejemplo, pocos testeos que aumentaron, pero no lo suficiente, y en forma demasiado tardía- o bonarenses -como no aislar a los turistas, con domicilio en la provincia, que llegaban a Ezeiza, cuando todavía había vuelos, y no eran puestos en cuarentena, como lo hacía la Ciudad en hoteles con los pasajeros con domicilio porteño (ahora mismo hay 3500 personas aisladas en esas condiciones)-, pero el jefe de gobierno porteño soporta directas e indirectas en conferencias de prensa y en otras vidrieras públicas.

Hay quienes piensan que si Larreta aspira al cargo mayor en tres años y medio debería plantarse mejor frente a Fernández y Kicillof, sin poner en riesgo el imprescindible trabajo en equipo, pero exigiendo un reparto de culpas más equitativo. Cerca de Larreta aseguran que el jefe de gobierno porteño le tiene más fe a la realidad que al relato y que es una enorme oportunidad para él ocupar el centro que el Gobierno deja vacante al radicalizarse.

La provincia pone en marcha sus fábricas, con los debidos cuidados, y está muy bien, pero, ¿qué sucede con la principal industria capitalina: el comercio minorista y la gastronomía?. Pocos días antes de declararse la pandemia, Cristina Kirchner despotricaba porque en la ciudad de Buenos Aires "hasta los helechos tienen luz y agua", y eso generaba "gran desigualdad con otros distritos", en tanto que el Presidente planeaba entonces recortarle la coparticipación al distrito federal. El golpe letal sobre las actividades mencionadas, que ya están dejando una cantidad pavorosa de locales vacíos, ¿terminarán "conurbanizando" a la principal ciudad del país? A juzgar por cierta virulencia en las redes sociales y las declaraciones cargadas de funcionarios bonaerenses, hay una animosidad indisimulable hacia la ciudad que nunca vota al oficialismo nacional. Larreta pincha ese globo: aunque la Capital Federal fuese una isla, o solo estuviese rodeada de campos, habría sumado idénticas restricciones a las anunciadas por el aumento de casos registrados. La realidad, en tiempos de pandemia, no es lineal y se presenta más compleja cuanto más nos vamos acercando al temido pico de la enfermedad.

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