Cuatro frescas a Fidel

Norberto Firpo
Norberto Firpo LA NACION
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24 de abril de 2004  

Fidel Castro llevaba ya once horas perorando a la multitud, en la Plaza de la Revolución, y como se dio cuenta de que hasta sus más estoicos prosélitos denotaban signos de fatiga y casi no podían reprimir ciertas necesidades, encaró entonces la última parrafada, de apenas 45 minutos.

Satisfecho, convencido de que había logrado que miles de compatriotas retemplaran la fe en su liderazgo, asistió a la vertiginosa y hasta turbulenta desconcentración antes de partir hacia una de sus ocho secretas sedes de gobierno. Recordó que allí lo esperaba Yoruba Lucumí Peribáñez, su amigo y asesor íntimo, preocupado porque la Comisión de Derechos Humanos de la ONU acababa de asestar, de nuevo, más rechazos que adhesiones al gobierno cubano.

A medianoche, cuando por fin estuvieron frente a frente, Peribáñez no se anduvo con rodeos: le dijo que las heroicidades de Sierra Maestra habían quedado demasiado atrás y que, 45 años después, debía admitir que la adecuación de las ideas a la dinámica realidad constituía virtud principalísima de un gobernante y, sobre todo, de un gobernante vitalicio. ¿O acaso ignoraba que media humanidad veía en él a un tozudo mandamás caribeño, incapaz de aceptar que sus añejas convicciones perdieron el tren de la historia?

"Las convicciones políticas son como la virginidad, que cuando se pierde no se vuelve a recuperar", escribió Francisco Pi y Margall, socialista español, en su libro La reacción y la revolución , pero, atento a que en 1854 no existía la cirugía plástica reparadora, Peribáñez sumó a la cita esta digresión: "En política, Fidel, es lícito reparar ideas si conllevan el propósito de proveer siquiera migajas de bienestar a tus gobernados".

Temerario, le reprochó que convirtiera a Cuba en un jaulón y que su desprecio por la democracia llegara a extremos de proscribir la disidencia.

"Querido -le espetó-, tu desdén por que el mundo vuelva a verte con buenos ojos, como te veía antes de que los Estados Unidos te empujaran al asfixiante abrazo del oso soviético, me decidieron a que ya mismo dejes de considerarme tu amigo y consejero."

Derrumbado en vetusto camastro, Fidel Castro dormía plácidamente y sus estentóreos ronquidos denunciaban que, exhausto por su discurso en la Plaza y conducido por Morfeo a profundo sopor, no había escuchado ni media palabra de cuantas acababa de proferir su viejo camarada de ruta. Por eso, apenas se despabiló, cuando ya clareaba, le pidió disculpas y le preguntó qué grave asunto lo había llevado a requerirle ese encuentro, con tanta urgencia. "Nada, tenía ganas de saludarte", le sonrió Peribáñez, aliviado.

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