Cuerpos que hablan sin palabras

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17 de noviembre de 2020  • 00:00

Dos cuerpos, una cinta, un museo vacío. Dos performers, una cinta, las salas del Malba previas a su reapertura, a comienzos de este mes. Miro Proxémica, la acción que un grupo de artistas de diferentes disciplinas (danza, actuación, dirección, filmación) realizó en el marco de la nueva señalización del museo. Porque las puertas se abrieron, pero el virus sigue ahí. Y hasta nuevo aviso al menos, pocas cosas volverán a ser exactamente igual a lo que eran.

Quienes visiten cualquiera de los espacios culturales y de arte que poco a poco van recuperando actividad deberán atenerse a protocolos, cumplir nuevas pautas, atender a nuevas señales. En Malba buscaron hacer confluir esta flamante señalética con una acción artística, y parte del resultado es el video que ahora observo en YouTube (https://www.youtube.com/watch?v=OM7eWEsTSWs&feature=youtu.be). Dos mujeres -dos bailarinas- se desplazan por distintos espacios del museo, y una cinta -la marca de esa cinta, el ruido de su adherirse al piso, a la pared, a algún vidrio- acompaña y es parte de sus movimientos. La cinta demarca zonas; es la misma que indicará a los visitantes por dónde caminar o hasta dónde hacerlo. Pero aquí, en el video, hay algo que se trastoca. Las performers señalizan -o no- sus movimientos; marcan y desmarcan, se liberan, se aprisionan, improvisan una danza cuya única música es el sonido ambiente y el crujido algo rasposo de la cinta demarcatoria que se extiende, se adhiere, se corta, se arranca.

Miro el video y me sobrevienen las palabras de Jean-Luc Nancy. "Los cuerpos se cruzan, se rozan, se apretujan", escribió el filósofo francés en el ensayo 58 indicios sobre el cuerpo. Los cuerpos se interceptan, siempre tienen algo que decirse. Incluso, afirma Nancy, aquellos que no intercambian nada "se envían una gran cantidad de señales, de advertencias, de guiños".

Cómo recuperar ese universo de signos -de señales, de advertencias, de guiños- al cabo de un año de sobrellevar una pandemia que si con algo se ensañó fue con los cuerpos.

El mes pasado, en Vidas prestadas, el programa que conduce en Radio Nacional, Hinde Pomeraniec entrevistó al escritor Andres Neuman, autor de Anatomía sensible. En este libro de reciente aparición Neuman se dedica a recorrer y enaltecer aquellos aspectos de lo corporal que no suelen ser tenidos en cuenta ni por la literatura ni por muchas otras expresiones artísticas. Los pliegues y rugosidades de la piel, ciertos recovecos, zonas por fuera del canon de la belleza o las odas a la sexualidad. En un momento de la entrevista, ligeramente risueño, Neuman realizó un breve reivindicación de codo. Articulación más bien olvidada que hoy repentinamente adquirió protagonismo. Hambrientos de contacto, hundidos en la añoranza de la vida sin Covid, aprendimos a concentrar carradas de afecto en cada ligero entrechocar de ese humilde vértice del cuerpo.

En Proxémica no hay referencias explícitas a todo esto que está ocurriendo. Sus creadores, Alina Marinelli, Margarita Molfino, William Prociuk, Jonathan Perel, Hernán Kacew, no las necesitan. En 2017 de ellos, Molfino y Prociuk, presentaron en el Callejón de los Deseos la obra Palíndroma, en la que la idea de la línea demarcatoria, el movimiento y el cuerpo que habla sin palabras ya estaban allí. En la performance del Malba el sentido se amplía a la época, se restringe al espacio museístico, e integra y excede la exigencia sanitaria de una señalización. La belleza inasible de la danza, su plasticidad y emoción, impregnan los movimientos ligeros, precisos, cargados de intensidad, de las mujeres que encintan y desencintan los espacios. Hay una marca y es personal, parecen decirnos y otra vez resuena la voz de Nancy, su certeza de que "la verdad es la piel" y el cuerpo es esencialmente relación. Lejos del video, sobre las paredes del museo, las imágenes de las bailarinas acompañan otras señas, hijas de la necesidad que, ellas también, supieron dotarse de sentido: "Seguí la línea"; "Usá barbijo".

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