Dar de comer, pero también dar de saber

Por Guillermo Jaim Etcheverry (para La Nación )
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23 de septiembre de 1998  

Como participar en este juego me ha generado tanta inquietud, imagino que el enfrentar la responsabilidad concreta de presidir la Argentina me precipitaría hacia un desequilibrio incontrolable. Esta reacción confirma mi admiración por quienes parecieran sentirse destinados a ser presidentes. En algunos casos (pocos), ese interés responde a la aspiración de concretar lo meditado durante largos años de reflexión y estudio. En otros (muchos), sólo se justifica en una asombrosa inconsciencia que les lleva a ignorar las propias limitaciones. Advirtiendo estas últimas, derivadas de una formación incompleta, acepto las reglas del juego.

Una vez convencido de la imposibilidad de escapar, me resignaría a no entenderlo todo, a confiar en los que me rodean sin permitir que me rodeen, a resolver en la incertidumbre, a guiarme por principios básicos que crea compartidos con mis utópicos electores.

Palacio, rancho y escuela

Mi prioridad central consistiría en usar el prestigio del cargo para liderar una reforma cultural. Por eso, a primera hora del primer día iría a una escuela. Sentado junto a los alumnos y ayudado por el séquito de periodistas, transmitiría un poderoso mensaje: la educación importa realmente. Lo que realmente me propondría es impulsar un esfuerzo nacional destinado a garantizar un valor esencial de la democracia: la igualdad de oportunidades. Y en la sociedad actual eso se logra "alimentando y educando", como lo sugiere Alvin Toffler.

Por eso convocaría luego a los dirigentes económicos para instarlos a evitar la profundización de la actual dualidad de nuestra sociedad, que compromete su viabilidad. Deslizaría una frase de Sarmiento: "Vuestros palacios son demasiado suntuosos, al lado de barrios demasiado humildes. El abismo que media entre el palacio y el rancho lo llenan las revoluciones con escombros y con sangre. Pero os indicaré otro sistema de nivelarlos: la escuela". Los sorprendería comentando que, mientras en Canadá o Francia sólo el 18 por ciento de los adultos de entre veinticinco y treinta y cuatro años no completó su educación secundaria, en la Argentina no lo hizo el 65 por ciento. Precisamente para demostrar la importancia de saldar esa deuda interna es que iría a presenciar la clase en la escuela.

Convencido de que, desprovista de imaginación e ideas, la política sólo exhibe una pavorosa aridez, me reuniría con asesores de imagen (no de la mía sino de la del país) para intentar organizar y transmitir una visión de la Argentina. Trataría de proponer un destino trascendente para su gente, entusiasmarla por una empresa común, convencerla de que no hay mejoría del destino individual si éste no se integra al de una sociedad en crecimiento.

La realidad televisiva

Almorzaría con asesores en el campo cultural (todos ad honórem) para encontrar la forma de contrarrestar la grosería, la mediocridad y la incultura que mostramos a nuestros chicos todas las horas de todos los días desde la televisión. Impulsaría un consenso para evitar que las vidas de nuestros jóvenes terminen modeladas por tan pobres ejemplos. Como creo que tenemos que darles alternativas, haría lo posible por usar la influencia de mi posición para apoyarlas.

Es más, capitalizando el factor sorpresa, en mi mensaje inaugural en cadena pediría a los padres que, como un deber patriótico para con la Argentina, les lean a sus hijos media hora cada día. Por eso, aunque esa primera noche se realizara un desfile de modelos (que me complacería ver desde la primera fila), no iría. Buscaría en cambio concurrir a algun acto académico. Aun comprendiendo poco del tema, querría demostrar que no me preocupa sólo la realidad televisiva, que vale la pena prestar atención a la valiosa realidad real.

Viviría obsesionado por lograr que mi conducta reflejara lo que pienso: sé que ejercería una poderosa influencia sólo con el ejemplo de mis actos y no con las palabras. Exigiría a mis colaboradores que tuvieran clara conciencia de lo que representan. Que la confianza pública supone el compromiso de actuar como ejemplo.

Buscando aliar el progreso con la justicia, prestaría atención a mi talentoso equipo económico para profundizar el proceso de modernización. Encararía los cambios en la medida en que la gente comprendiera que ellos afirman los que deberían ser los valores centrales de nuestra sociedad: la tolerancia, el interés por el otro, la libertad, la igualdad de oportunidades, el derecho a trabajar.

Un mundo cambiante

Apuntaría a convencer a la gente de que deberíamos aspirar a ser una nación y no un grupo de entusiastas consumidores perdidos al final de la geografía del mundo. Para lograrlo, desarrollaría políticas que nos permitieran apoyar la creatividad, el ingenio, la capacidad de trabajo de los que aquí vivimos. En esta época de profundos cambios, me esforzaría por encontrar respuestas inteligentes a las preguntas que formuló Tony Blair (al que frecuentaría en mis horas de insomnio, sin descuidar a Vaclav Havel): ¿cómo nos preparamos mejor para el cambio económico?, ¿cómo establecemos algún grado de orden ante las transformaciones sociales? Es decir, cómo podemos proporcionar seguridad a nuestra gente en un mundo cambiante.

Aunque seguiría contando lo que haría, a pesar de reiteradas sugerencias sobre la conveniencia de lo contrario, no continúo porque termina el espacio... y también el peligro.

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