Darle un nuevo sentido a lo que me pasa

Bernardo Stamateas
Bernardo Stamateas PARA LA NACION
Fuente: Archivo
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4 de septiembre de 2019  • 21:27

En la imagen de este artículo observamos a un hombre que mira el piso. Cuenta la historia que en los años sesenta, cuando el presidente Kennedy visitó la oficina central de la NASA en Cabo Cañaveral. Entonces, le preguntó a cada persona allí: "¿Usted qué hace?". "Yo soy astronauta", le respondió uno. "¿Usted qué hace?", le preguntó a otro. "Yo soy científico". Luego vio a un hombre limpiando el piso y le preguntó lo mismo, a lo que él le contestó: "Lo que hacen todos, señor Presidente: intento poner a un hombre en la luna".

1. Todo lo que hacemos es trascendente

Los humanos somos seres de sentido. El sentido es una explicación y una intención que le damos a aquello que hacemos. Cada uno de nosotros posee la capacidad de hacer que las cosas tengan una finalidad. Es decir, que sirvan para algún fin específico. Esa finalidad no es innata, la creamos nosotros por medio de nuestra voluntad y se la otorgamos a cada objeto que existe. Es por ello que somos capaces de darle un sentido trascendente a todo. Ese hombre de la anécdota no estaba limpiando el piso. A veces, cuando le damos un regalo a alguien, decimos: "Es una pavadita", minimizando así lo que damos y también al que lo recibe.

Me contó un amigo médico que en una oportunidad llevó el auto a arreglar y el mecánico le dijo que tenía una bujía rota. Entonces le preguntó: "¿Y cuánto me va a costar el arreglo?". "Tanto dinero" (que no era poco). "Perfecto, hágalo. Le digo algo", continuó mi amigo, "yo soy médico y con el auto voy a atender a mis pacientes. Usted no está arreglando solo las bujías; usted me está ayudando a curar a la gente". Y, cuando el mecánico escuchó eso, se puso a llorar porque dejó de ser "alguien que arregla autos" para convertirse en "alguien que ayuda a curar a otros". Siempre deberíamos darle un sentido trascendente a todo lo que hacemos sabiendo que aun lo pequeño es de bendición para los demás.

2. Podemos transformar el dolor en un don

Todas las personas hemos experimentado, o experimentaremos en algún momento, una pérdida significativa. El dolor es una pregunta que no tiene respuesta. Sin embargo, deberíamos tener presente que el dolor no se supera si no que se transforma y nos transforma.

¿Qué hacemos con el dolor, además de compartirlo? Expresarlo hasta gastarlo. De ese modo, le damos un sentido transformándolo en un don para ayudar a otros que también sufren a lo largo de su vida. Podemos darle un sentido trascendente a nuestro dolor, no porque el dolor sea bueno en sí mismo sino porque podemos agregarle a esa situación algo positivo. Por ejemplo, muchos padres que perdieron un hijo hoy ayudan a otros a atravesar esa circunstancia tan dura y dolorosa.

3. Nadie ve la vida en su totalidad

Imaginemos que los miembros de una pareja están mirándose a los ojos y yo abro un libro y lo coloco en medio de ellos. Uno verá la tapa (con colores y letras grandes) y el otro verá el interior con letras pequeñas en blanco y negro. Si luego les pido que discutan sobre lo que vieron, uno dirá que vio colores y el otro que solo vio en blanco y negro. Este ejercicio los ayuda a comprender que cada uno miraba solamente una parte de la realidad.

Nuestra percepción es selectiva. No vemos todo el cuadro completo sino únicamente aspectos de él. ¿Qué quiero decir con esto? Que solemos pensar que lo que nos sucede en la vida es la realidad y, sin embargo, se trata de una "percepción" desde el lugar donde nos encontramos. Si tenemos la suficiente flexibilidad como para ubicarnos en otro sitio, lograremos transformar las crisis en oportunidades.

Nuestro lenguaje tiene la capacidad de darle sentido a todo. Por ejemplo: "Si está en el mapa, está en el territorio". Esta metáfora del mapa representa nuestro mundo interior: si yo puedo ver determinada creencia en mi mundo interior, es probable que pueda darle vida en el mundo exterior. Si yo expreso: "La vida es muy difícil" (y lo creo), es probable que eso sea precisamente lo que vea afuera. Y si, en cambio, expreso: "Yo tengo capacidades para enfrentar la vida", es probable que afuera vea mis propias capacidades. Así como es el mapa, es el territorio. Todo lo que vemos nace del lenguaje. Por eso, podemos darle sentido a algo más allá de lo que estamos viendo y percibiendo. Y dicho significado nos permitirá transformar una situación negativa en algo trascendente.

Para concluir, si estoy comiendo en un restaurante con un amigo, en frente de mí veo a mi amigo y detrás de él hay otras personas. Mi amigo es la figura y los que están atrás son el fondo. Ahora, si dejo de mirar a mi amigo para enfocarme en los otros, el fondo se hace figura y mi amigo pasa a ser fondo. Lo mismo sucede si dejo de mirar a la gente y comienzo a observar la cocina (convertida en figura). Cuando nos ocurre algo, armamos una figura-fondo pero olvidamos que tenemos la capacidad de observar a nuestro alrededor y darle un nuevo sentido a los sucesos negativos para armar nuevas historias positivas.

El humano, con su inteligencia, halla las diversas finalidades existentes y, a través de su voluntad, toma la decisión de cuál de ellas escoger.

Si tenés alguna inquietud, podés escribirme a Bernardoresponde@gmail.com

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