De lo tangible a lo intangible

Paul Krugman
Paul Krugman MEDIO: The New York Times
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26 de octubre de 2000  

NUEVA YORK

La semana pasada, George W. Bush acusó a Al Gore de "pensar en forma analógica en una era digital". Son palabras terribles; felicito al que las escribió, quienquiera que sea. También son un poco injustas. Es cierto que Gore no inventó Internet, pero nunca dijo haberlo hecho. Lo que sí dijo fue: "Durante mi función en el Congreso de los Estados Unidos, tomé la iniciativa respecto a crear Internet". Fue una frase sumamente desafortunada, pero lo fue, y lo es, porque ahora le resulta imposible a Gore obtener el reconocimiento que, en verdad, merece.

Declan McCullagh, redactor de Wired , que fue el primero en llamar la atención sobre el comentario de Gore, lo interpreta así: "Fue uno de los primeros políticos que se percataron de que esos investigadores barbudos y anteojudos andaban muy ocupados pergeñando algo que tal vez, sólo tal vez, podría ser bastante importante".

Por si interesa, entre los ejecutivos máximos del sector tecnológico parece haber un empate de opiniones respecto a Gore y Bush, en marcado contraste con los ejecutivos máximos en general, que se inclinan abrumadoramente por Bush. Los cínicos quizás atribuyan esta preferencia a las cuantiosas ganancias personales que la reducción tributaria redituaría a las personas con ingresos de siete u ocho cifras.

Con todo, Bush tiene razón: Gore no sabe manejar la nueva economía. Pero tampoco lo sabe Bush. Ni nadie. La gran diferencia entre la nueva economía y la vieja es el cambio en la naturaleza de la inversión. Antes, las empresas invertían principalmente en medios de producción tangibles (por ejemplo, edificios y maquinaria). El valor de una compañía guardaba, cuando menos, cierta relación con el valor de su capital físico; para crecer, debía construir nuevas fábricas en proporción aproximada al aumento de sus ventas. Ahora, las empresas invierten cada vez más en cosas intangibles. Y una vez diseñado un chip, o escrito el código de un nuevo sistema operativo, no hace falta una nueva inversión para enviar el producto a más clientes.

Una consecuencia del cambio en la naturaleza de la inversión es la fuerte tendencia de los mercados a convertirse en monopolios temporarios. ¿Por qué monopolios? Porque cuando el volumen de inversión requerido no depende del volumen de ventas, sin duda es mucho mejor tener una mayor participación en el mercado. ¿Por qué temporarios? Porque, tarde o temprano (es más probable lo segundo), la nueva tecnología desvaloriza por completo la vieja inversión.

La inevitabilidad de los monopolios en una economía del conocimiento (en verdad, la esperanza de obtenerlos pasa a ser el motor principal de la inversión) propone nuevos acertijos a la política antitrust. El caso Microsoft plantea dilemas reales, y seguramente seguirán muchos otros. Entretanto, la intangibilidad de los bienes más importantes de una compañía dificulta al extremo el cálculo del valor real de la empresa. Esto explicaría, en parte, la repugnante volatilidad de los precios de las acciones, aunque todavía cuesta creer que en un día cualquiera lleguen noticias concretas y genuinas en cantidad suficiente para justificar las oscilaciones del 7 u 8 por ciento del Nasdaq.

Confianza declinante

Michael Mandel, editor económico de Business Week , sostiene en su nuevo libro The Coming Internet Depression ("La próxima depresión de Internet") que la actual inestabilidad financiera es algo más que espuma especulativa. Nos alerta contra el peligro de que la economía entre en una barrena de cola estilo New Age : la confianza declinante traba las inversiones en tecnología, esto deprime el crecimiento de la productividad, lo cual, a su vez, hace que esas inversiones resulten aún menos rentables, y así sucesivamente. En teoría, quizá tenga razón: los economistas académicos llevan años discutiendo un escenario parecido. (Tal posibilidad surge de modo natural en la "teoría del crecimiento endógeno".) Si Mandel acierta en la práctica (lo dudo pero, ¿quién sabe?), el próximo presidente podría afrontar desafíos económicos que, por lo novedosos, cuestionan las soluciones tradicionales.

Si bien tengo la horrible sospecha de que Gore está al tanto de la teoría del crecimiento endógeno y hablaría gustosamente de ella, Bush no pensaba en esto. Tomado en su contexto, el sentido de su comentario es muy claro: Gore es un tipo anticuado y pomposo de la vieja economía, por cuanto insiste en que no podemos gastar dos veces el mismo dinero. En otras palabras, no podemos desviar los impuestos para seguridad social a cuentas individuales de trabajadores jóvenes y usar ese mismo dinero para pagar los beneficios sociales de sus padres. La economía es nueva, pero no tanto. Las reglas aritméticas son las mismas, ya sea que utilicemos una regla de cálculo o una supercomputadora. © La Nación

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