De pronto, una sombra de perfiles siniestros

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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6 de mayo de 2015  • 19:02

En su reciente libro Las Huellas del Rencor, Santiago Kovadloff se refiere a un tema de enorme gravedad: los efectos del rencor que -sembrado a lo largo de más de una década- se ha afincado en nuestra sociedad. Nos advierte que el rencor que denuncia está en la calle. En todas partes. Y en nosotros mismos. Intoxicando hasta nuestra intimidad. Rencor que, desbordado, parece haber saturado todo.

Fue sembrado y alentado, sin descanso, por un discurso lleno de jactancia y de desprecio. Sin matices, ni términos medios. Como consecuencia de esto, la intransigencia ha reemplazado a la voluntad de diálogo. Quienes piensan distinto son automáticamente enemigos a los que debe humillarse sin descanso. En ese enfermizo entorno, la intolerancia y los prejuicios naturalmente campean.

Kovadloff sintetiza con claridad su advertencia, del siguiente modo: "El proceso regresivo impulsado por el Gobierno se inicia con la homologación del adversario al enemigo y el asentamiento del monólogo hegemónico unido a la equivalencia entre disidencia y traición".

Para agregar, enseguida: "Su hilo conductor, vocacionalmente maniqueo, se tensa luego y se ahonda con el menoscabo franco de las instituciones; prosigue su avance recurriendo a la manipulación de la pobreza y a la instrumentación impúdica de la "caja", para complementarse mediante el saqueo de los fondos públicos, el matonaje como pedagogía disuasiva y la acumulación ostentosa de riqueza y poder".

El alerta de Kovadloff es particularmente oportuno y no puede caer en saco roto. Porque, como consecuencia de la inundación de odios y resentimientos, el plexo de nuestra sociedad está lastimado como pocas veces. Dividido. Sumido en la intolerancia y proclive a los extremismos. Además, enfermo de sospechas. Repleto, entonces, de desconfianzas recíprocas.

La división entre "amigos" y "enemigos" nos paraliza. Y hasta parecería normal demonizar o estigmatizar a quienes piensan distinto. Porque, en lugar del diálogo, resuena siempre un monólogo intemperante. Aquel que precisamente se alimenta de las descalificaciones recíprocas.

El falso espejismo de frases impactantes e insidiosas, que apuntan a degradar, supone equivocadamente que nuestra sociedad es incapaz de edificar alianzas perdurables, basadas en la confianza recíproca y en la cuota de caridad indispensable para enlazar los ánimos.

Asume asimismo que no podemos deponer el odio, ni dejar de lado las envidias de las que abusan "los propagandistas de la lucha social", denunciados por Pío XI, en "Quadragésimo Anno". Que no se puede tampoco ser sinceramente solidario. Y, menos aún, fraterno. Ni aceptar el pluralismo y la diversidad. Ni, por ende, en la posibilidad de una unión de todos en aras al bien común. Ni proponer la concordia.

La desconfianza mutua que nos cubre ha adormecido -sino esterilizado- la multiplicidad de lazos comunes que nos unen y conforman nuestra nacionalidad de la que debemos estar orgullosos. Es como si, perversamente, se hubiera intentado de pronto arrancar de nuestro corazón los sentimientos de unidad.

Hemos olvidado quizás que la misión genuina y esencial de quienes circunstancialmente nos gobiernan es la de armonizar y coordinar a todas las fuerzas sociales. No la de enfrentarlas. Sin exclusiones. Sin aquello de: "nosotros" y "ellos". En lo que debiera ser una colaboración orgánica para, entre todos, edificar los consensos que hacen al orden y a la paz social.

Cuando nos acercamos a las próximas elecciones presidenciales, sumidos en una ola continua de malsana conflictividad, esos males parecen estar agravándose. Y, más aún, proyectando de pronto sombras con perfiles realmente siniestros. Como la del antisemitismo que hoy se advierte a través de distintas señales, que no pueden ignorarse. Lo que debe hacernos reaccionar. Sin demoras.

Porque el antisemitismo es un mal particularmente peligroso que, como algunas formas de cáncer, tiene una metástasis rápida que en el pasado ha derivado en episodios que, por su enormidad, no deben volver a repetirse. Ocurre que, cuando se siembra lo que Primo Levi, víctima del nazismo, llamara: "el vicio bestial del odio", el riesgo es nada menos que la deshumanización de las sociedades.

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