Del amor y la política

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15 de mayo de 2003  

El amor y la política se parecen. Así como en el amor hay una primera vez, igualmente el debut en la política es inolvidable. Y en el amor, como en la política, también hay una última vez. La capitulación, tanto en un caso como en el otro, suele sobrevenir con la edad. Aunque, como es sabido, en el amor existen métodos para diferir ese momento. La moderna farmacopea y la cirugía, así como legendarias recetas de yuyos y ensalmos, operan a favor de quien se niega a aceptar la condena ineluctable que señala el paso del tiempo. Lo que a veces se ve acompañado por el éxito y otras por el más lamentable y embarazoso de los fracasos. Especialmente cuando alguien debe explicarles a los deudos dónde, bajo qué circunstancias y en qué compañía fue que al nono le dio el bobazo. Y en la política, si bien la cirugía y la cosmética pueden contribuir a prolongar la supervivencia, también es cierto que, como en el amor, al militante que pretende desconocer las leyes de la naturaleza puede sobrevenirle la muerte súbita.

Buena parte de los ciudadanos de este país estaban pendientes del ballottage fijado para el domingo próximo. En particular porque el protagonista que parecía atreverse a desafiar la inexorabilidad del paso del tiempo lo hacía, a la vez, en el campo del amor y en el de la política. Un atrevimiento que lo hubiera puesto en primera fila entre los candidatos para ser inscriptos este año en el Guinness, junto con el que hizo la pizza de mozzarella y anchoas más grande del mundo o el que caminó marcha atrás de Luján a la 9 de Julio. Pero que, en caso de salirle mal, podía ponerlo frente a un doble y definitivo revés. Porque si a un candidato que no se salvaría de ser mencionado como septuagenario en la crónica policial en caso de ser atropellado por un delivery de empanadas en la vía pública se le cae la autoestima por causa de un revés electoral, es fácil que la caída se le globalice, ya que hay ciertas derrotas que no perdonan nada. Ni eso. Por lo que su vida, puertas afuera por las burlas de sus adversarios y puertas adentro por los rezongos de la patrona, se convertiría en un infierno.

Tal vez ésa sea la causa verdadera y no los dardos y las chocarrerías de Eduardo Duhalde -empeñado en darle el tiro del final- lo que lo haya hecho pensar en no presentarse a la segunda vuelta, dejando así el campo libre a su rival. Aunque confiado, seguramente, en que al hombre se le delarruizará el mandato y que él, instalado en la puerta de la Rosada, verá pasar muy pronto el helicóptero de su enemigo.

El reo de la cortada de San Ignacio se mostró preocupado. "Maestro -dijo-, fíjese que este mozo Bush ya anda cambiando de autoridades en Irak, porque los que había enviado no dieron pie con bola y los árabes se los querían comer envueltos en hojas de parra. Si eso les ocurre a los americanos después de una guerrita de apenas cuatro semanas, ¿me quiere decir qué porvenir tiene el alemán éste después de diez años y medio de Menem, dos de De la Rúa y diecisiete meses del Cabezón?"

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