Del reformismo permanente al pragmatismo total

Jorge Liotti
Jorge Liotti LA NACION
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28 de enero de 2018  

Quienes se cruzaron con Mauricio Macri la semana pasada en la Casa Rosada se encontraron con una versión del presidente ligeramente diferente de la que habían despedido antes de sus vacaciones. Parecía haber reprocesado en clave política el vertiginoso cierre del año que tuvo, desde el exitoso test electoral hasta la caótica sanción de la ley jubilatoria.

Esa reevaluación lo llevó a una conclusión clave para el rumbo de este 2018, un período no electoral que él había imaginado de gestión profunda. Tras haberse consumido prematuramente el crédito político que obtuvo en las urnas, definió que este año estará guiado por un pragmatismo absoluto, sin aspiraciones grandilocuentes, sin demandas excesivas al Congreso, sin tensar la cuerda social ni el vínculo con los gobernadores. De algún modo, se reencontró con los viejos límites a su poder, que él creía haber ensanchado en octubre, y que la realidad volvió a encoger. El reformismo permanente, en consecuencia, no será la transformación profunda que había imaginado; será lo que pueda ser.

La ya famosa conferencia de prensa del 28 de diciembre con el recálculo de la proyección inflacionaria fue un anticipo. Después resolvió no convocar a sesiones extraordinarias y aceptó desguazar la reforma laboral, la única que había quedado en suspenso el año pasado. "Solo se aprobará lo que tenga consenso con los gremios", explicó la nueva lógica un alto funcionario que impulsó esta estrategia contra el deseo de Jorge Triaca, hoy sin margen para reclamos. Macri blanqueó en la primera reunión de gabinete del año su intención de no estresar la relación con el Congreso y habilitar una dinámica parlamentaria sin demasiadas demandas del Ejecutivo. Allí les ordenó a sus ministros "arreglarse con las leyes que tengan" o con lo que puedan resolver por vía de resolución administrativa. Y si no, habrá decretos.

En sus días de descanso en Cumelén, Macri conversó sin interferencias largas horas con su amigo Nicolás Caputo, como en las viejas épocas. Allí el empresario le remarcó la tarea que había desempeñado el "ala política" del oficialismo con las leyes de fin de año. Destacó el rol de Rogelio Frigerio y Emilio Monzó, entre otros, figuras a veces resistidas desde el sector más puro de Pro. Cuando se reencontraron, tanto el ministro del Interior como el presidente de la Cámara de Diputados descubrieron una amplia receptividad en el Presidente a su propuesta de descomprimir el clima político. "No podemos volver a exponer la gobernabilidad a la aprobación de una ley" fue la conclusión a la que llegaron. También influyó el mensaje que hizo llegar Miguel Pichetto, el guardián del Senado. "El peronismo que está dispuesto a ayudarlos necesita recuperar crédito para no quedar tan expuesto" fue el mensaje que dejó en su visita a la Casa Rosada.

Claro que a Macri no solo lo convencieron las dulces palabras de Caputo o las amables sugerencias de Frigerio y Monzó. Fueron los números que exhibieron una brusca caída de su imagen y la del Gobierno los que moderaron su ímpetu. Desde la mitad del año pasado hasta después del triunfo de octubre el oficialismo había crecido 15 puntos en aceptación. Para fin de 2017 toda esa cosecha ya se había consumido. Nunca Macri había perdido tanto caudal en tan poco tiempo. No es nada definitivo porque son voluntades que puede recuperar, sobre todo porque no hay nadie en el espacio opositor que las capitalice. Pero no dejó de ser una señal de alerta.

En el Gobierno llegaron a dos conclusiones. La primera, que este año no se repetirá el esquema de acuerdos amplios que Macri impulsó entre noviembre y diciembre. La negociación con los gobernadores por los cambios fiscales e impositivos salió carísima, y aun así, la reforma jubilatoria, que había sido incluida en el pacto con los mandatarios provinciales, casi sucumbe bajo las piedras. Algo similar ocurrió con la CGT, que consensuó la reforma laboral y después se retractó. Alguien recordó el efímero pacto antidespidos que los empresarios suscribieron a desgano en 2016 y después ignoraron. Macri volvió a su vieja concepción de que la falta de representatividad de esos interlocutores y su escaso poder de acción conspiran contra un esquema de acuerdos institucionales. En consecuencia, se volverá a una táctica cortoplacista que aproveche las internas ajenas. De la Moncloa al minimalismo. Otra dosis de pragmatismo.

Pasó esta semana con la CGT: mientras los Moyano se pintaban la cara para la guerra, el Gobierno impulsó un acuerdo con gremios cercanos para que la paritaria no se escape del 15%. Al camionero, Macri le mandó un mensaje para que baje los costos del transporte; a "los Gordos" les prometió una reforma laboral dietética y acordar compensaciones para evitar la cláusula gatillo. Pelearse contra el desprestigio de los gremios le suma al Gobierno, si el conflicto no llega a las calles.

Otro tanto ocurrió con las organizaciones piqueteras. Desde antes de la aprobación de la emergencia social el Gobierno mantiene abierto el diálogo con el triunvirato de San Cayetano. Sin embargo, los movimientos siguen activos con las protestas callejeras e incluso fueron parte de la movilización del 18 de diciembre. "Nos dimos cuenta de que las diferencias no son por los planes, sino ideológicas. Jamás podremos saldarlas", admitió con resignación un hombre cercano a la Jefatura de Gabinete. Otra vez, división y objetivos cortos: esta semana que Barrios de Pie volvió a las marchas, desde el Ministerio de Desarrollo Social actuaron raudos para que no se sumaran otras organizaciones. En paralelo, el Gobierno hizo saber que tomará medidas para que haya un mayor control en la distribución de los beneficios sociales que otorga el Estado.

La segunda conclusión a la que arribó el Gobierno es que su atractivo ante la opinión pública varía en función de los objetivos que se traza. Cuando el oficialismo está en modo campaña electoral, luce como una fuerza política moderna y renovadora, frente a la estética y el discurso desgastados del peronismo. Sin embargo, muchos de los votantes de Cambiemos no acompañan conceptualmente las medidas que el propio oficialismo promete impulsar. "A la gente le gusta nuestro estilo, nuestro discurso, pero no avala las reformas que requieren esfuerzo. Quiere poder consumir y que no la joroben mucho". La reflexión corresponde a un ministro que ya el año pasado había reparado en un estudio cualitativo que circuló en la Casa Rosada y que demostraba que el 69% de los votantes de Cambiemos prefería vivir en un país en el que la mayoría de las cosas las haga el Estado y no los privados, a pesar de que solo el 29% reconocía que era más eficiente. Una mezcla de tradición paternalista y de legado conceptual del kirchnerismo. Por eso no hubo sorpresa ahora en el gabinete cuando la misma encuestadora acercó números que marcan que solo el 35% de los que tienen una imagen positiva de Macri aprueban la reforma previsional.

Este dato es crucial para un presidente que interpretó que los votos representaban un acompañamiento al cambio cultural que predica. Pudo haber algo de eso, pero en el 41% de octubre también quedó expuesto un aval al gradualismo, que expresó la voluntad de modificar cosas, pero sin transformaciones bruscas. Rige aún una memoria colectiva de las crisis y, como dijo otro funcionario, "es muy difícil convencer de que hay un proceso virtuoso con una inflación del 24%, subas de tarifas y recortes de gastos". En el repunte consistente de la economía, Macri se juega la partida en este 2018. La transformación imaginada quedará para un segundo mandato.

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