Delicias y miserias del nacionalismo lúdico

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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28 de junio de 2014  

Mientras un juez extranjero parece ceñir o aflojar el cuello del país a su antojo y el Gobierno ensaya piruetas políticas y retórica nacionalista para zafar, la sociedad mira en otra dirección. No se desentiende del hecho, pero, tal como lo expone el sondeo de Poliarquía publicado hoy en la nacion, deja en claro un punto crucial: hay que pagarles a los holdouts. Además, los argentinos consultados polemizan acerca de la causa del problema. Unos creen que se debe a la impericia de las autoridades, otros a la voracidad del capital financiero. No hay consenso respecto de la posición oficial. Tal vez esta actitud, entre severa y distante, tenga una explicación obvia: la gente está inmersa en el Mundial y esa ocupación resulta excluyente.

Sin embargo, sobrevuela una duda paradójica sobre esta conducta colectiva. ¿Por qué si es la hora suprema del fervor deportivo nacional ese sentimiento no se traslada a la calle cuando en una actitud inédita un juez norteamericano -el país que junto con Inglaterra menos admiramos- humilla a la Argentina, obligándola a cumplir su sentencia? Acaso para responder haya que bucear en la naturaleza del nacionalismo tal como se manifiesta en la actualidad.

Luis Alberto Romero e Iván Petrella escribieron sobre el tema en esta página esta semana. Es interesante retomar sus aportes. Ambos, aunque con distinto énfasis, efectúan una crítica del espíritu soberbio, discriminador y paranoide del nacionalismo. Sus interpretaciones, afines al liberalismo político, coinciden en dos argumentos. Primero, que el nacionalismo es la malversación de un valor originario y útil para la constitución de la sociedad: el orgullo nacional; segundo, que el kirchnerismo excitó el sentimiento nacionalista con resultados negativos para el país. Más allá de estas coincidencias, Romero parece más pesimista que Petrella: asigna módicas posibilidades de erradicar lo que llama "el enano nacionalista", que subyacería en la mayoría de los argentinos. Petrella, en cambio, tiende un puente al futuro y apuesta a un nacionalismo que "no atrase", lo que equivale para él a la construcción de un patriotismo del siglo XXI.

Posiblemente, los argumentos de Romero y Petrella, aun en su lucidez, desatiendan un fenómeno que patentiza el Mundial: el nacionalismo de viejo cuño es un recurso de las elites políticas en declinación, ya no una divisa de la sociedad. Dicho en otros términos: hoy los argentinos están "en otra" respecto de su clase dirigente. De lo contrario, no se entiende por qué los músculos de Lavezzi o los mordiscos de Suárez o lo goles de Messi seducen más que las diatribas de Cristina y su incierto ministro de Economía. Los "pibes para la liberación" son minoría, la ideología política está ausente. En su lugar, miles de argentinos pugnan en Brasil por entrar a los estadios y millones suspenden todo para seguir a sus ídolos por televisión. ¿Y la deuda, y los buitres, y la deshonra? La respuesta social es: paguen, háganse cargo de los errores, y, por favor, déjennos seguir viendo los partidos.

Tal vez estos desacoples, que descolocan el análisis intelectual, tengan que ver con fenómenos socioeconómicos más vastos y recientes. Una nota publicada esta semana en The New York Times y reproducida en este diario con el título "El Mundial ya tiene un ganador: América latina exhibe el gran crecimiento de su clase media", puede esclarecer, aportando otra perspectiva. El argumento es que los 200.000 hinchas latinoamericanos movilizados por el Mundial rumbo a Brasil son el reflejo del crecimiento de los estratos medios y del restablecimiento de un viejo ideal: la movilidad social ascendente. Para avalarlo se cita una estadística del BID: la clase media latinoamericana habría crecido un 60% desde 2003, con una significativa reducción de la pobreza. Sin embargo, algunos sociólogos y economistas cuestionan esa clasificación advirtiendo que ante todo se trata de un fenómeno de consumo, no de una mejora de la calidad de vida. Según esta visión, no existen mejores ciudadanos sino más consumidores.

Quizás haya aquí una clave de lectura del nacionalismo de hoy, capaz de responder por qué apasiona la celeste y blanca de Messi y no repele lo suficiente el adusto Griesa. El Mundial es, ante todo, un fenómeno de consumo global, en un mundo atravesado por la pasión de devorar. En ese contexto, el nombre de un país es antes una marca comercial que un símbolo patrio. Es lo nacional subsumido en lo multinacional económico y deportivo. El mismo juego, los mismos consumos, las mismas emociones. Vivamos a la Argentina mientras saboreamos bebidas cool, calzamos zapatillas ultralivianas, somos adictos a teléfonos inteligentes, miramos imágenes de coloridas fanáticas en la tribuna, o de "bombonazos" en la cancha, como invita una publicidad.

En una cultura de shopping y tecnología, que oscila entre hot y smart, selfies y bits, desfallecen -acaso felizmente- las obnubilaciones de Cristina, Chávez y Fidel. Un nuevo nacionalismo lúdico y banal, con sus delicias y miserias, toma el lugar del antiguo nacionalismo político, cuyas pasiones profundas e incorrectas tienden a declinar.

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