Democracia y capitalismo: dos filosofías en contrapunto

En ¿Qué hacer? (Edhasa), los intelectuales franceses Alain Badiou y Marcel Gauchet contrastan sus miradas sobre la escena política contemporánea
En ¿Qué hacer? (Edhasa), los intelectuales franceses Alain Badiou y Marcel Gauchet contrastan sus miradas sobre la escena política contemporánea
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20 de septiembre de 2015  

Señor Badiou, ¿cree que hemos ingresado a una era neoliberal que paralizará las democracias? Y, en su opinión, ¿la crisis actual del capitalismo está ligada a la autonomía de la esfera financiera?

AB: […] Verdaderamente me sorprendió que Marcel Gauchet hablara de un empuje inédito del principio liberal en nuestras sociedades, a la vez en el dominio económico y el campo político. Según él habría en curso, desde hace cuarenta años, una transformación ideológica profunda. El capitalismo y la democracia se habrían enfermado debido a la primacía otorgada a los individuos y sus intereses. Extraña constatación… El liberalismo, es decir, la doctrina de que sólo hay individuos, no es otra cosa que el basamento teórico de los pensadores del capitalismo desde los comienzos. El capitalismo tiene una necesidad fundamental de una concepción antropológica de ese estilo. Nada es más importante para él que esa visión de individuos soberanos que concuerdan gracias a la intervención milagrosa de la mano invisible… Es el propio capitalismo el que inaugura la era de los individuos, no se trata de un fenómeno reciente. El sistema actual no padece la crisis: ¡al contrario, disfruta de una salud perfecta! Para usted, la democracia está sucumbiendo al virus liberal. Para mí, el vínculo entre la democracia parlamentaria y el liberalismo es cualquier cosa menos una contingencia histórica. ¿La democracia se habría corrompido hoy a raíz del juego de la libre competencia interindividual? No, ésa es su esencia misma. […]

–De todos modos, señor Badiou, ¿no hay verdaderamente nada nuevo bajo el sol? ¿Llegaría al punto de negar que el capitalismo actual está en crisis?

AB: Muy bien, hablemos de la crisis económica. ¿Se trata de un fenómeno inédito? Pues bien, no, ¡la crisis que se inició en 2008 tampoco tiene nada de nuevo! Es una vulgar crisis de superproducción, como ya las conocimos en el pasado. Atribuirla a una separación fatal de las finanzas, como lo hace usted, Gauchet, es una aberración. […]. En resumidas cuentas, la crisis de 2008 me parece una crisis grave, sin duda, pero localizada y remediable. No es en absoluto la crisis "final" del capitalismo, como se pregona aquí o allá. Compruebo además que generó menos tumulto planetario que la de 1929. Y en algún momento del futuro próximo verán que, en realidad, terminará por permitir el relanzamiento de los mismos mecanismos denigrados por quienes escupen sobre las finanzas y quieren "reformarlas". La concentración del capital volverá a ponerse en marcha con más fuerza y su imperio saldrá acrecido de la situación. […]

MG: […] Habida cuenta de la coyuntura actual, es menester hacer una elección teórica. ¿Estamos en presencia de un retorno al funcionamiento normal del capitalismo y la mundialización, más allá de un paréntesis secular que se extendería, digamos, entre 1880 y 1980? ¿O tenemos que vérnosla con una especie de gran salto adelante…?

AB: Sí, hablemos chino… [Risas]

MG: …un gran salto adelante que nos pone frente a una configuración económica, política y geoestratégica sin precedentes? Por mi parte, es esto lo que tiendo a pensar. Es cierto, desde el punto de vista de la descripción general podemos coincidir, y muchas apariencias orientan en el sentido que usted señala. No obstante, mantengo todo lo que he dicho: creo firmemente en la legitimidad de hablar de una desimperialización en curso del planeta y de un verdadero neoliberalismo. Es fundamental marcar con claridad esas diferencias, porque retrotraen a las hipótesis que defendemos uno y otro.

AB: Exactamente, es un punto metodológico muy interesante […] su posición da a esa crisis un sentido mucho más vasto e innovador que el que suele atribuírsele; lo digo con toda sinceridad. Usted va más allá de la mera crisis económica y extiende esta configuración a la forma política de la democracia. Cree en su posible resurrección, porque identifica los factores que a su juicio la hacen tambalear de manera sólo contingente. Pero, en mi opinión, lo que usted califica de crisis de la democracia es simplemente su aplastamiento de principio por el capitalismo, su dependencia total y originaria de ese enorme basamento histórico económico. […]

MG: Usted opone comunismo y capitalismo, y por mi parte quiero repensar la articulación de la democracia y el capitalismo. Pero el capitalismo, justamente, si uno y otro tratáramos de concebirlo de manera un poco más concreta…

AB: ¿Concreta? ¿Qué quiere decir?

MG: Tengo la impresión de que usted lo considera de manera monolítica. Hace un rato dije que el capitalismo, lo que llamamos corrientemente "capitalismo", remite en realidad a toda una serie de elementos convergentes pero heterogéneos. Ahora bien, tanto los defensores como los críticos, los que están a favor como los que están en contra, lo consideran a la inversa como un bloque homogéneo. Se hace de él una entidad dotada de un espíritu propio. Se adjudica al capitalismo una coherencia interna que en realidad no tiene. Hay que deconstruir este concepto, cuya aparente unidad es una ilusión. Hablar de un sistema o una lógica general del capitalismo es tomarlo de manera global, desde arriba [...]. La perspectiva que asumo supone una conversión drástica de la mirada. Hay que tomar el problema al revés: ya no considerar el capitalismo por arriba, sino por abajo, e identificar sus elementos fundamentales. Deshuesemos el capitalismo. Desmontémoslo. […]Vuelvo a poner sobre el tapete un término que usted utilizó: "Experimentación". La palabra es capital. Creo firmemente en la necesidad de la imaginación política y social. En el pasado ésta llevó a progresos notables y enseñanzas de valor: el movimiento autogestionario, para retomar su ejemplo, produjo iniciativas que son todo menos absurdas. Hoy estamos ante una escasez de invención. La imaginación está a media asta y el desierto intelectual ambiente alimenta la sensación actual de un estancamiento.

AB: Si se entiende por reformismo la necesidad de experimentación en política, no puedo sino estar de acuerdo. La definición es lo bastante amplia como para que se me pueda considerar como un respetable reformista…

MG: ¡Tendría que agradecerme! En el fondo, para abrir un paréntesis, entiendo su ironía con respecto al reformismo. En la segunda mitad del siglo XIX y aun a comienzos del siglo XX, el debate político estaba estructurado por una alternativa poderosa: la alternativa entre reforma y revolución. Hoy el dilema despierta una sonrisa, porque la gran opción se disipó. ¡El verdadero reformismo está muerto, al igual que, por otra parte, la idea de revolución! Ya no sabemos a qué remite esto; hay que volver a abrir los manuales de historia.

AB: Sí, hay que desconfiar cuando se escucha a los políticos actuales usar la palabra "reforma"…

MG: ¡Son en general distracciones o absurdos! En los hechos, el reformismo se traduce en un redistribucionismo light: se va a reducir tal o cual tasa para favorecer a tal o cual sector de actividad, se va a modificar de manera infinitesimal el monto de los impuestos o los salarios para apaciguar tal o cual bronca social localizada. Si alguien tiene la mala suerte de pretender llevar demasiado lejos el redistribucionismo, lo mandan a las duchas antes de tiempo, porque esa actitud, dicen, perjudicaría la eficacia del conjunto. Toda voluntad reformista consecuente se ve obligada a actuar a la defensiva y se la estigmatiza como irrealista o irresponsable. Los socialdemócratas ya no parecen tener otra perspectiva de futuro que la de intentar conservar en sus niveles mínimos las conquistas económicas y sociales obtenidas en épocas anteriores, y hoy amenazadas.

AB: Las socialdemocracias ni siquiera logran mantener las conquistas que usted menciona. Las conquistas de las sucesivas oleadas reformistas del siglo XX están en proceso de desmantelamiento.

MG: Es la tendencia actual, en efecto, y por un artilugio verbal bastante sorprendente lo que ahora se llama "reformas estructurales" consiste precisamente en deshacer lo que habían instaurado las "reformas estructurales" de comienzos del siglo XX y de la segunda posguerra. Antaño se regulaba el derecho laboral, se protegía la condición salarial, se nacionalizaba y se establecían los mecanismos del Estado benefactor. Hoy se flexibiliza el derecho, se precariza a los asalariados, se privatiza y se desestatiza. El reformismo oficial se ha convertido en una mera apariencia y es en la actualidad el brazo armado, y presentable, del neoliberalismo. La elección que se nos plantea es entre la codicia sin reparos y la codicia con escrúpulos y ajustes marginales.

AB: Yo no podría decirlo mejor...

MG: Sí, pero resulta esto: el reformismo puede y debe refundarse. Y creo que en el marco democrático que conocemos son posibles nuevas experimentaciones […]. Como usted, no concibo un modo de coordinación centralizada, en el que el Estado mande y decida todo desde arriba. La lógica inversa que propicia coordinar todo por abajo me parece irrealizable en la práctica […]. Si damos pruebas de imaginación, podemos muy bien concebir y poner en práctica un modo de coordinación completamente diferente. Para hacerlo, e inducir al arrepentimiento a los modelos del capitalismo de nuestros días, seguramente no nos hará falta la hipótesis comunista. Su hipótesis, Badiou, sólo puede funcionar dentro del marco del que usted quiere sustraerse. Y como parece excluir la toma autoritaria del poder…

AB: No excluyo la toma no autoritaria del poder...

MG: ¡Eso es justamente la democracia! Sólo dentro de ese marco pueden producirse innovaciones reales, y en eso radica toda su modernidad.

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