Densa nube de incertidumbre en Egipto

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
La historia está ahora mismo siendo vertiginosamente escrita, minuto a minuto
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10 de julio de 2013  • 00:10

Mohamed Morsi ya no es presidente de Egipto. Con su caída, la Hermandad Musulmana, tras un año de gestión absolutamente ineficaz, ha perdido una oportunidad realmente histórica y terminó siendo desalojada por la fuerza del poder.

Esto sucedió fundamentalmente como consecuencia de una mezcla de incompetencia en el gobierno, sumada a una llamativa arbitrariedad en la toma de las decisiones, a la extrema desconfianza de Morsi frente a las conductas de terceros, a un verticalismo extremo en el proceder y a la inflexibilidad como constante en el andar, cuando era necesario saber edificar consensos. No es poco.

Esas características, sumadas, expresaron una evidente falta de voluntad real en Morsi en tratar de reconciliar las diferencias y visiones distintas entre los mismos egipcios para no suicidarse políticamente y avanzar todos unidos. Morsi eligió el autoritarismo, a la manera de una aplanadora.

La gota que, como suele ocurrir, colmó esta vez el vaso, fue la designación inconsulta de los 17 gobernadores, islámicos todos, incluyendo el error grosero de nombrar -para administrar a Luxor- a un dirigente del fanático grupo islámico "Gamaa Islamiya", el mismo que fuera responsable de la horrible masacre de turistas perpetrada en la ciudad del mismo nombre, en 1997, con un tendal de víctimas inocentes.

Una nueva realidad

Lo cierto es que, una vez más, los militares egipcios han asumido la conducción de su país.

El mensaje castrense es bien simple: hemos venido a evitar el caos y trabajaremos para que, finalmente, Egipto tenga una Constitución inclusiva y poder generar una hoja de ruta consensuada con los principales líderes políticos del país, que permita convocar a elecciones lo antes posible. Sin exclusiones, según anuncian.

Tras un ultimátum militar que fuera desoído, el reemplazo de Morsi se hizo saber a la población a través de un mensaje del General Abdul-Fattah el-Sisi.

La presidencia del país fue encargada transitoriamente a quien hasta ese momento conducía al Supremo Tribunal Constitucional, Adli Mansour, un jurista de perfil bajo, sereno y moderado. Al mismo tiempo, la Constitución de Egipto fue suspendida y el Parlamento disuelto. La designación de un primer ministro -el timonel que debe atravesar la tormenta que azota a Egipto- no está resultando fácil. El salafismo vetó el ofrecimiento inicial hecho a ElBaradei. Y ante la profundización de la violencia y el llamado de la Hermandad Musulmana a una Intifada, decidió suspender sus esfuerzos por integrar un nuevo gobierno y dejar el diálogo con las nuevas autoridades. Esta novedad parece grave, por sus posibles efectos desestabilizadores, desde que ahora no hay interlocutor musulmán de alguna envergadura en el diálogo social indispensable para superar la crisis. Y Egipto es, por cierto, un país mayoritariamente musulmán.

Un cúmulo de errores y protestas masivas

Morsi había sido elegido presidente, recordemos, con el 51% de los votos. Pero no todos fueron votos islámicos, porque en segunda vuelta debió enfrentar a Ahmed Shafik, un resabio del régimen de Hosni Mubarak, a quien muchos se negaron a votar, por eso mismo.

Hoy se estima que la Hermandad Musulmana tendría entre un 25% y un 30% del electorado egipcio. No es poco, pero está lejos de ser una mayoría importante. Hay además otro cambio significativo: la oposición está unificada en el Frente de Salvación Nacional.

Morsi creyó, equivocadamente, que si mantenía la autonomía y los privilegios de los militares obtendría necesariamente su endoso en blanco. No ocurrió así.

Con el país al borde del caos económico y paralizado por los cortes de energía, la gente salió a protestar masivamente, visiblemente frustrada. Con su paciencia agotada. Los gritos contra Morsi fueron duros y resonaron en millones de gargantas en la Plaza Tahrir, otra vez. Por ello el claro ultimátum militar, que sin embargo no logró impresionar a Morsi. También por ello su rápida caída, de alguna manera de la mano de los mismos jueces a quienes Morsi intentara someter por un decreto que pretendidamente lo ponía más allá de su jurisdicción. Por encima de la ley.

Un clima enrarecido

Hoy Egipto está inmerso en la violencia, con un clima social frágil, como pocas veces en la historia reciente. Polarizado en extremo. En medio del abierto e impaciente desencanto de la clase media y particularmente de los más jóvenes.

Para los islamistas, quizás exista la sensación de estar en Argelia en 1991; o en Palestina, en el 2006; o hasta en el propio Egipto, en 1954, cuando tuvo lugar el golpe militar de Gamal Nasser. Episodios, todos ellos, de represión y violencia que, de repetirse, podrían finalmente radicalizar a muchos de los miembros de la Hermandad Musulmana.

Para la región, toda suerte de reacciones. Alegría indisimulada en los pequeños países del Golfo, expresada por una inmediata declaración de la Liga Árabe. También presumiblemente para Bashar al-Assad, en Siria.

Desilusión evidente en las filas de Hamas y esperanza, en cambio, en las huestes de Fatah, las que responden a Mahmoud Abbas, quien felicitó a los militares egipcios, deseándoles éxito en la etapa que acaba de comenzar.

Seguramente un reservado intervalo de alivio en Israel, al menos por ahora. Preocupación, en cambio, para el gobierno turco y especialmente para el partido oficial, el islámico "Justicia y Desarrollo", que ha tratado de cercenar la fuerza tradicional de los estamentos militares turcos.

También preocupación para el partido Ennahda, en Túnez, que - pese a su parentesco con la Hermandad Musulmana egipcia- ha sabido integrarse en una coalición con dos partidos de centroizquierda y está avanzando lentamente en su propia transición, aunque de la mano de los consensos. No obstante, hay llamados juveniles a un "Tamarrod" local, a la manera de la Plaza Tahrir.

La hora llama ciertamente a la prudencia. Y la historia está ahora mismo siendo vertiginosamente escrita, minuto a minuto.

Si el fanatismo finalmente prevalece, habrá más violencia. Si el espíritu de la reconciliación tiene, en cambio, oportunidad de afin carse, la transformación que Egipto aún no ha hecho podría de pronto ser posible. Pero nada luce ahora fácil.

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