Nuevos desafíos del periodismo

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
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24 de mayo de 2012  • 13:20

El quién. Todos se preguntan por el quién, y todos opinan sobre el quién. Desde hace un tiempo, si se habla de periodismo, surge la compulsión por el mismo pronombre interrogativo: quién. ¿Quién dice, quién informa, quién enuncia? ¿El periodismo oficialista, el periodismo militante, el periodismo rentado, el periodismo corporativo, el periodismo antioficialista, el periodismo destituyente? Mientras tanto pocos se interrogan por el cómo, que es lo que debiera ocupar a los periodistas. Porque como si en la sencillez se cifrara alguna extraña clave del éxito, el periodismo escrito simplificó (en un movimiento que excede a la Argentina, y se comprueba en buena parte del mundo) su discurso hasta la exasperación, llegando a utilizar hoy una porción ínfima de las herramientas narrativas y del lenguaje disponibles. Así se construyó, al decir de Martín Caparrós, la paradójica figura del lector que no lee. Y muchos medios borraron de sus páginas buena parte de los reportajes, grandes entrevistas, relatos de viaje e investigaciones, creando un panorama saturado de textos cada vez más cortos, más simples, menos desafiantes. La pregunta es entonces, de nuevo, el cómo: ¿cómo volver a hacer periodismo escrito de excelencia?

Un buen grupo de periodistas viene proponiendo desde hace algunos años una solución que, en verdad, significa un regreso a las fuentes

Un buen grupo de periodistas viene proponiendo desde hace algunos años una solución que, en verdad, significa un regreso a las fuentes. Formarse en escuelas, talleres, seminarios, pero sobre todo en la lectura y el trabajo de campo, volver a salir a la calle, al encuentro de los personajes, para crear textos largos y complejos que no sólo informen sino que se preocupen por hacerlo de la manera más atractiva. Esa vía tiene un nombre, o varios (crónica periodística, periodismo literario, periodismo narrativo), pero todos se refieren a lo mismo: narrar los hechos de la realidad con las herramientas de la literatura. Nada que no vengan haciendo desde hace décadas autores de todas las latitudes, de José Martí a Domingo Faustino Sarmiento, de Roberto Arlt a John Hersey, de Gay Talese a Truman Capote, de Rodolfo Walsh a Tomás Eloy Martínez, de Martín Caparrós a Leila Guerriero. Poner el cómo por encima del qué. El misterio, señalado por Guerriero, es que al mismo tiempo en que una nueva generación de cronistas alcanzaba su punto de mayor desarrollo, los lugares para publicar esos trabajos eran casi inhallables. Apenas un puñado de revistas en América Latina ( El Malpensante, Etiqueta Negra, Gatopardo ) y ninguna en la Argentina, luego de la experiencia frustrada de Latido y salvo algunas crónicas esporádicas aparecidas en las páginas de Rolling Stone.

Los cronistas (en la Argentina destacan, además de los mencionados, Cristian Alarcón, Josefina Licitra, Alejandro Seselovsky, Daniel Riera y Emilio Fernández Cicco, entre muchos otros), que se vieron frente a la imposibilidad de publicar sus textos en medios masivos, fueron tentados por la industria editorial, dando como resultado una serie de libros notables. Los editores de Random House, Tusquets, Alfaguara, Norma, Eterna Cadencia y Libros del Náufrago, incluso, crearon colecciones específicas para recoger este tipo de trabajos. Es que la crónica, ese ornitorrinco de la prosa al decir de Juan Villoro, ese género bifronte, cumple con los requisitos de la fórmula que demandan los sellos editoriales: tiene el atractivo de la urgencia de los hechos cotidianos, y está tocado por el prestigio de la creación literaria.

La crónica tiene el atractivo de la urgencia de los hechos cotidianos, y está tocado por el prestigio de la creación literaria

Tímidamente, muy de a poco, las cosas parecen ir cambiando, al menos en la Argentina. Jorge Fernández Díaz comenzó a publicar piezas de este estilo en LA NACION en 2009, con la serie Historias con nombre y apellido. Daniel Ulanovsky Sack, que editara Latido entre 1999 y 2002, es ahora el responsable de la sección Mundos íntimos que el diario Clarín presenta los sábados: "Es indispensable que el periodismo dé cuenta de los diferentes mundos que se superponen en nuestra vida cotidiana y hacerlo no sólo desde una perspectiva global sino dando lugar a las voces particulares. Para eso Clarín pensó esta sección, para dar lugar a un periodismo narrativo en primera persona en el que el autor haya experimentado la situación que comparte con el público y lo haga desde una mirada personal. Los lectores lo agradecen porque textos tan viscerales les generan ecos en su propia historia".

Y el periodista Cristian Alarcón, autor de los libros Cuando me muera quiero que me toquen cumbia y Si me querés, quereme transa, acaba de lanzar la primera revista de crónicas online de la Argentina, Anfibia, con el apoyo de la Universidad de San Martín y de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que dirige Gabriel García Márquez. El número trae un texto sobre Corea firmado por Juan Villoro, un perfil del juez de la Corte Suprema Eugenio Zaffaroni de Federico Bianchini, y otras crónicas sobre temas tan diversos como la actualidad de Venezuela, los hackers y activistas digitales de Anonymous, la feria de La Salada y el cabaret Cocodrilo.

Si a lo efímero y perecedero de la información en el mundo actual le sumamos la demanda de los nuevos lectores, los medios impresos deberán enfrentarse de ahora en más a una reconversión permanente

"Nuestra profesión recuerda el trabajo del panadero", escribió en La guerra del fútbol el cronista polaco Ryszard Kapuscinski: "Sus bollos conservan el sabor mientras están calientes y recién hechos; a lo dos días, se vuelven duros como una piedra; y a la semana, cuando se cubren de moho, ya no sirven sino para ser arrojados a la basura". Si a lo efímero y perecedero de la información en el mundo actual le sumamos la demanda de los nuevos lectores (ya no meros consumidores, sino contribuyentes con voz y reclamos específicos), los medios impresos deberán enfrentarse de ahora en más a una reconversión permanente. En eso están muchos. Las estrategias demandarán creatividad y versatilidad. Cruzar territorios, incorporar nuevos lenguajes, hibridar las plataformas de enunciación. Pero con respecto a la esfera textual, si la simplificación del discurso informativo demostró no ser del todo eficiente, no sería una mala idea volver a apostar unas fichas a la crónica: crear para el género (que ofrece a la vez información, mirada, reflexión y opinión) más y mejores espacios propios.

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