Desciende, Moisés

Por Alicia Dujovne Ortiz Para LA NACION
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24 de agosto de 2001  

En una página estremecedora de su libro "La Cábala y sus símbolos", Guershom Scholem, tan citado por Borges, resume la posición de uno de los grandes santos del jasidismo, Rabi Mendel Torum de Rybanow, muerto en 1814, sobre la revelación divina concedida a Israel por intermedio de Moisés. Retomando ideas ya expuestas por Maimónides, Rabi Mendel sostuvo que Moisés no había recibido diez mandamientos, sino dos. Los dos primeros: "Yo soy tu Señor y tu Dios" y "No tendrás otro Dios que Yo". Sin embargo, como el pueblo que estaba en el desierto, bajo el Monte Sinaí, adorando el Becerro de Oro por no saber qué destino lo esperaba ni adónde iba, no habría podido entender la potencia de esta voz "infinitamente llena de sentido, pero carente de significación específica", Moisés la interpretó, la transformó en una voz destinada a la comunidad, y dio a su pueblo los otros ocho mandamientos.

Rabi Mendel agregaba que, en realidad, ni siquiera los dos primeros habían sido oídos por Moisés en su totalidad. Todo lo que el conductor de los judíos liberados de Egipto pudo escuchar fue el comienzo del primero, el Aleph con el que empieza la palabra hebrea Anochi, Yo. El Aleph, es decir, una simple consonante que es el primer movimiento de la laringe: algo así como el "espíritu suave" en griego, agrega Scholem. Espíritu o aliento, la palabra está dicha: lo que recibió Moisés en el monte Sinaí fue el soplo espiritual característico de la experiencia mística. Un soplo que su conciencia lo obligaba a traducir en términos humanos, vale decir, éticos. El mensaje divino se humanizó a través de una serie de prohibiciones destinadas a contener el desborde de un pueblo que perdía sus límites. La humanidad fundada a partir de esos ocho mandamientos consistió en aprender a frenarse a sí misma, a decirse a sí misma que no.

He releído esta página de Scholem para tratar de comprender a qué se le llama en los tiempos que corren "naturaleza humana". El debate sobre la clonación se basa en ese concepto: los que defienden la naturaleza humana están en contra, los adalides de la "curiosidad irrefrenable del hombre" (según palabras del aventurero italiano que se propone realizar la primera clonación en noviembre próximo), en favor. Entre estos últimos hay una médica francesa que dice haber iniciado ya sus experimentos con personas, y que pertenece a la secta Rahel instalada en el sudoeste de Francia, célebre por sus supuestas relaciones con extraterrestes.

En pro y en contra

En una interesante nota publicada en LA NACION, titulada "¿Es antinatural la clonación?", Mariano Grondona analiza esta noción de "naturaleza", identificando a los anticlonistas como defensores de la ley natural dictada por el Creador y, por consiguiente, como antiabortistas y representantes de la derecha religiosa próxima al presidente Bush, y a los pro clonistas con individuos convencidos de que el hombre, según las teorías de Hans Blumenberg, "sólo será lo que él haga de sí mismo (porque) su "naturaleza" es no tenerla".

Debo confesar que en esta división entre derecha religiosa antiabortista por un lado y, por el otro, teorías evolutivas que justificarían una experimentación ilimitada, me cuesta encontrar mi propio caso. ¿Dónde nos ubicamos los que no somos ni medievales retrógrados, como el médico italiano ha acusado de ser a quienes se oponen a su intento, ni aprendices de brujos? Es aquí donde el texto del cabalista cobra toda su dimensión, otorgándole a Moisés un papel de intermediario entre el espíritu divino que sopla sin decir ni una palabra transmisible, y el sentido ético que no defiende a la naturaleza sino que la contiene; un papel de hombre equilibrado y consciente. Naturales eran en el desierto los que se entregaban al desborde adorando el Becerro. Moisés no se comporto ni como un puro místico ni como un ser natural. No bajó del Monte Sinaí a proclamar con una sonrisa extática que había respirado a Dios, sino a traer las Tablas de la Ley para volverlos justamente menos "naturales": menos lujuriosos, menos ávidos de poder, menos "curiosos". Bajó a convertirlos en seres humanos antinaturales en la medida en que podían frenarse a sí mismos, decirse a sí mismos que no.

Para aclarar la idea, digamos que Joseph Mengele, también llamado el Angel de la Muerte, era un hombre completamente natural. No iba en contra de la naturaleza, sino en favor de los excesos, a veces disfrazados de teorías racionales, que ella misma genera. Al carecer de los frenos morales impuestos por la tan denigrada "civilización judeo-cristiana", él no contenía su curiosidad cuando realizaba en los laboratorios de Auschwitz esos experimentos con mellizos que pueden ser considerados como antecedentes de la clonacion. Experimentos que resulta imposible no recordar ahora, cuando nuestra propia imaginación desenfrenada hace surgir en la mente ejércitos de clones programados para la guerra, tan perfectos, tan parecidos a aquellos soñados por los nazis.

Es claro que los argumentos igualmente racionales en favor de la "curiosidad" científica abundan. Crear, gracias a la clonación, órganos para trasplantes es sin duda mejor que matar chicos del Tercer Mundo para extraerles los riñones o el corazón. Esta pendiente también puede llevarnos a pensar que la creación de clones esclavos resultaría mejor que la explotación del hombre por el hombre. Sea como fuere, estamos ante un desenfreno de carácter inédito. Tiene que ver con el viejo orgullo, con la vieja codicia, pero también con una dimensión desconocida que requiere de nosotros una nueva y alerta actitud. Si Moisés estuviera aquí -y ojalá lo reemplazaran legisladores laicos que no defendieran la naturaleza a ciegas por hallarla sagrada, sino que más bien trataran de encuadrarla sabiéndola espantosa-, quizá bajaría para entregarnos, contando a partir de los ocho últimos mandamientos, más humanos que religiosos, el noveno que dice: "No clonarás".

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