Descifrando el enigma de la gobernabilidad

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4 de mayo de 2003  

Según Maquiavelo, hay tres clases de principados: hereditarios, nuevos que se han adquirido con fuerza propia y nuevos que se han adquirido con fuerza ajena. Los primeros son los más fáciles porque les basta con conservar un estilo de gobierno al cual el pueblo está acostumbrado. Los principados nuevos adquiridos con fuerza propia no son tan fáciles porque el pueblo no está acostumbrado a ellos. Pero los más difíciles son los principados nuevos adquiridos con fuerza ajena, porque en su caso el príncipe nuevo suma, a la dificultad de gobernar un pueblo no acostumbrado a él, su dependencia de la fuerza ajena.

Si Néstor Kirchner gana en la segunda vuelta será un príncipe nuevo con fuerza ajena. Sumará a la dificultad que siempre acompaña a un nuevo gobierno el problema de llegar al poder con fuerza ajena del presidente Duhalde.

Si nos fijamos en la lista de 50 presidentes que la Argentina ha tenido a partir de la Constitución de 1853, y que publicó LA NACION el domingo pasado, advertiremos que 28 llegaron al poder con fuerza ajena. De ellos, 15 fracasaron y 13 tuvieron éxito.

Esta cuenta, si bien muestra lo difícil que es ser un presidente nuevo con fuerza ajena, también revela que su tarea, con ser difícil, no es imposible. Estadísticamente, el gobernador Kirchner, si llega a presidente, tendrá 13 sobre 28 posibilidades de éxito: el 46 por ciento.

De los 28 presidentes vicarios que tuvo la Argentina ("vicario", define el Diccionario, es "quien tiene el poder de otra persona, a la que sustituye") vamos a escoger dos fracasados y dos exitosos.

Entre aquellos a quienes peor les fue están Miguel Juárez Celman (1886-1890) y Héctor Cámpora (1973). Cuando terminó su primera presidencia, en 1886, el general Roca promovió como sucesor a su concuñado Juárez Celman. Ahijado político de Roca, Juárez Celman comenzó con fuerza ajena, pero al poco tiempo pretendió reemplazar al propio Roca como líder nacional. En lunfardo diríamos que "se la creyó", algo que les pasa con inquietante frecuencia a los presidentes vicarios. Cuatro años más tarde debió renunciar, abatido por la revolución del 90.

Cámpora ganó las elecciones de marzo de 1973 porque lo patrocinaba Perón. La frase del momento fue "Cámpora al gobierno, Perón al poder". Pero el nuevo presidente, al inclinarse por los Montoneros y alejarse de su mentor, fue obligado a renunciar a sólo cincuenta días de haber asumido para permitir que Perón ganara las nuevas elecciones presidenciales en septiembre de ese mismo año.

Al tope de la lista de los presidentes vicarios exitosos podríamos ubicar a Carlos Pellegrini y a Marcelo T. de Alvear. Pellegrini, a quien Roca había promovido como vicepresidente en 1886 para "cubrirse" contra la eventual rebeldía de Juárez Celman, tomó el poder en 1890 para completar el mandato del presidente fallido en medio de una aguda crisis económica. Entre 1890 y 1892, la Argentina se recobró.

En 1922, cuando asumió la presidencia, Alvear era doblemente vicario. En lo político, de su antecesor Hipólito Yrigoyen. En lo militar, del general Agustín P. Justo, que controlaba a un Ejército en estado de ebullición. ¿Qué hizo entonces el nuevo presidente? A Yrigoyen le garantizó elecciones limpias para que pudiera volver en 1928. A Justo lo nombró ministro de Guerra. El antagonismo entre Yrigoyen y el Ejército estallaría en el golpe militar de 1930, dos años después de que aquél fuera reelegido, pero Alvear, al manejar hábilmente su vicariato, supo darle a la república su hora más gloriosa.

Tanto Pellegrini como Alvear prevalecieron porque supieron armonizar las fuerzas ajenas gracias a las cuales habían llegado a la Casa Rosada con una conducción que aunaba, según el ideal de Maquiavelo, la astucia del zorro y la fuerza del león.

De Kirchner a Menem

De ganar de aquí a dos domingos, ¿tendrá en cuenta Kirchner los errores de Juárez Celman y Cámpora? ¿Estudiará los aciertos de Pellegrini y Alvear?

En 1989, Menem fue presidente nuevo con fuerza propia. Como tuvo éxito, en 1995 fue reelegido en la primera vuelta como un presidente heredero de sí mismo. Pero su segunda presidencia no repitió el éxito de la primera. En 1997, así, el justicialismo fue derrotado por la Alianza en las elecciones parlamentarias. A partir de 1998, comenzó la recesión. En un clima de desgaste económico y político, a Menem le fue imposible heredarse a sí mismo en 1999 como hubiera querido mediante la "re-reelección". Descendió del poder con un índice de aprobación popular de sólo el 10 por ciento.

El desgaste de Menem fue tal que Duhalde perdió la elección presidencial de 1999 porque no pudo, pese a sus esfuerzos, "despegarse" de él. La impresión de los observadores era por entonces que "cualquiera" que no fuera justicialista ganaría. Este rol le tocó a De la Rúa, un presidente vicario que llegó al poder con la fuerza ajena del radicalismo que lideraba Alfonsín y del Frepaso que lideraba Chacho Alvarez. Como no supo responder a este doble desafío, renunció a fines de 2001.

Hacia 1997 nació la poderosa pasión que aún embarga a una porción supuestamente mayoritaria de los argentinos: el antimenemismo . En 1999 la encarnó De la Rúa; en 2002 Duhalde, y ahora, Kirchner.

La tesis central del antimenemismo, que Menem es culpable de todo lo malo que nos pasa, es discutible en el plano racional. Después de todo, los niveles de desempleo y pobreza que nos angustian duplican hoy los que dejó Menem. Esta duplicación, ¿es imputable al ex presidente o a sus sucesores? Quizá la supuesta mayoría antimenemista se equivoca. Pero, como advirtió alguna vez Bartolomé Mitre, en democracia "cuando todo el mundo se equivoca todo el mundo tiene razón".

La tarea crucial de Menem es remontar la empinada cuesta del antimenemismo. Algo logró el 27 de abril, ya que pasó del magro 10 por ciento que lo aprobaba en 1999 al 24 por ciento de las voluntades. Para llegar al 50 más uno por ciento de los votos en la segunda vuelta le falta recorrer un largo trecho en sólo dos semanas.

La gobernabilidad

Un buen gobierno es aquel que satisface razonablemente las expectativas de la sociedad. Un buen piloto es el que satisface razonablemente las expectativas de los que lo contrataron. Para que esto sea posible, sin embargo, primero hace falta que el río donde pilotea sea navegable. Sólo después se verá cuán bueno es. Del mismo modo, para que el gobernante pueda demostrar cuán bueno es primero hace falta que el país confiado a sus esfuerzos sea gobernable. La gobernabilidad de un país, por ello, es una condición previa al ejercicio del gobierno.

Tanto Menem como Kirchner tienen un problema de gobernabilidad. Menem lo tiene antes del 18 del actual por la presión del antimenemismo. Si obtuviera la mayoría de aquí a dos domingos, sin embargo, sería señal de que el antimenemismo está en retirada. Kirchner lo tendrá, si gana, después del 18 de este mes, porque será a partir de entonces que deberá enfrentar el doble desafío del presidente vicario: gobernar en un país aún no acostumbrado a su estilo y hacerlo en armonía con la fuerza ajena que lidera Duhalde.

El problema de la gobernabilidad se les plantea a Menen y a Kirchner en diferentes términos. Pero alguno de ellos tendrá que resolverlo para que el futuro vuelva a visitarnos.

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