Desmotración de madurez colectiva

Carlos Floria
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18 de diciembre de 2011  

Los acontecimientos de 2001 en la Argentina desconcertaron a la sociedad, porque ésta los procesó, por decirlo así, como parte de una enorme confusión de hechos, pero no como la traumática experiencia de una puesta en cuestión del principio de legitimidad del "régimen democrático" en sí mismo. Dicho de otra manera: la sociedad fue acosada por la confusión, y ésta -paradójicamente- ocultó el drama que se estaba desarrollando: la crisis de legitimidad de un sistema y no sólo tal o cual regla de funcionamiento.

En medio de esa confusión, la reacción de la mayoría de la sociedad puede resumirse en una expresión aparentemente frívola: esperar y ver. No fue (ni lo sería en tramos posteriores del proceso político) una deriva desesperada, sino una demostración de madurez colectiva que conmovió a dirigentes tentados por la frivolidad política antes que por la decisión de asumir responsabilidades funcionales a una democracia amenazada, y rescatarla.

Lo que preparó la situación conmocionante localizada en 2001, pero anticipada en el 2000 y precipitada un año después, habría de significar la puesta en cuestión del principio de legitimidad propio de una democracia constitucional como sistema entero y de un sistema de partidos dentro de la lógica interna de aquélla viviendo su momento. Los historiadores magistrales dan razón del proverbio árabe: "Los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres?"

Si los gobernantes de ese momento y sus opositores asumieron la crisis, fue porque la necesidad los hizo aproximarse a la virtud, y la mayoría de la sociedad política, aún desde posiciones diferentes, vivió conmociones, pero aceptó en los hechos que era arduo distinguir, si no arbitrariamente, entre un sistema cambiado y un cambio de sistema.

Carlos Floria es doctor en Derecho y analista político, profesor titular en la Facultad de Derecho de la UBA y en la Universidad de San Andrés.

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