Después de la era de Menem, ¿cuál vendrá?

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18 de mayo de 2003  

Hay jornadas excepcionales en las cuales las noticias adquieren la dimensión de la historia. El 17 de octubre de 1945 cuando Perón habló en la Plaza, por ejemplo. ¿Qué tienen de particular esas jornadas? Que marcan el momento preciso en que muere una era y nace otra. Esas jornadas son las bisagras de la historia.

El Diccionario define así la palabra era : "Fecha determinada de un suceso, desde la cual se empiezan a contar los años". El miércoles pasado, 14 de mayo, tuvimos la sensación de que terminaba la era de Menem y empezaba otra. Tuvimos la sensación de un cambio de era .

La era de Menem se anunció cuando derrotó a Cafiero en las internas justicialistas de 1988. Se instaló cuando Menem obtuvo la presidencia en las elecciones del 14 de mayo de 1989. Conoció su apogeo en 1995, en otro 14 de mayo, con la reelección. Empezó a declinar en las elecciones parlamentarias de 1997, cuando el menemismo sufrió su primera derrota a manos de la Alianza. Siguió retrocediendo cuando Menem no logró instalar su proyecto re-reeleccionista y cuando Duhalde, "pegado" a Menem pese a que quería desprenderse de él, perdió las elecciones de 1999 ante De la Rúa.

Después vinieron el fracaso de la Alianza y la pugna encarnizada entre Menem y Duhalde mientras el antimenemismo crecía. Así llegamos a la jornada del miércoles último, el tercer 14 de mayo, cuando Menem prefirió ser él y no el antimenemismo en los comicios de hoy, quien cerrara su era.

La era de Menem duró 15 años, 9 de apogeo y 6 de decadencia. Tuvo una duración menor que la era de Roca, que duró 29 años, desde 1877 hasta 1906, y la de Perón, que también duró 29 años, desde 1945 hasta su muerte, en 1974. La era de Menem parece corta en comparación con las de Roca y Perón pero resulta larga en relación con las presidencias de Alfonsín y De la Rúa, de cuyos tiempos revueltos ninguna "era" nació.

Duhalde, Kirchner o...

Más que la era que termina, nos interesa la era que vendrá. ¿Será, quizá, la era de Duhalde? En 1988, cuando Menem buscaba una base en la provincia de Buenos Aires, Duhalde, intendente de Lomas de Zamora, se la procuró. De ahí nació la fórmula Menem-Duhalde. En 1991, Duhalde prosiguió su carrera ganando la gobernación de Buenos Aires. Con el Pacto de Olivos entre Menem y Alfonsín en 1993, sobrevino la ruptura.

A resultas del pacto, Alfonsín facilitó los votos que Menem necesitaba en el Congreso para habilitar la reforma constitucional de 1994 que permitiría su reelección. Pero el radicalismo, que había abierto las puertas de la reelección de Menem, cerró en la Legislatura bonaerense las puertas a la reelección de Duhalde. Para imponerla, éste necesitó un plebiscito.

¿Cómo no iba a pensar Duhalde que Menem y Alfonsín habían intentado encerrarlo en un callejón sin salida? En 1995, en tanto Menem juraba por segunda vez como presidente, Duhalde lo hacía como gobernador pero no ya como su amigo sino como su enemigo político. Duhalde bloqueó la ambición re-reeleccionista de Menem al amenazarlo con un plebiscito que éste hubiera perdido porque ya había empezado a bajar en las encuestas. Menem hizo lo posible para frustrar la ambición presidencial de Duhalde en 1999, favoreciendo al convidado de piedra en la lucha por el poder que era De la Rúa.

Una vez en la presidencia al comenzar 2002, Duhalde bloqueó las elecciones internas del justicialismo donde Menem pudo haberse convertido en el único candidato del partido mayoritario. El miércoles último, cuando Menem prefirió el suicidio antes que el asesinato que habría ocurrido hoy, Duhalde consumó su victoria.

Para asegurarla, sin embargo, debió recurrir a Kirchner, quien, el 27 de abril, entró segundo en el ballottage detrás de Menem. El apogeo del antimenemismo le prometía un 70 por ciento de los votos para hoy. Fue entonces cuando a Menem y a Duhalde no los unió el amor sino el espanto ante la perspectiva de que un Kirchner "agrandado" obtuviera una votación superior a las de Perón. Si bien Duhalde censuró públicamente la renuncia de Menem, el hecho es que, mediante ella, el ex presidente dejó al candidato triunfante con sólo el 22 por ciento, manteniendo indirectamente la vigencia de Duhalde.

¿Queda entonces Kirchner prisionero del formidable aparato duhaldista? Por un tiempo, Duhalde lo dejará hacer en el gobierno deseándole, como todos los argentinos, que acierte para bien del país. Si no acierta, quizás el conflicto entre Duhalde y Kirchner se adelante. Si acierta, Duhalde lo esperará en 2007. Si Duhalde llega finalmente a la presidencia, le dará su nombre a la era que comienza.

Este es uno de nuestros futuribles o futuros posibles. El segundo es que Kirchner, mediante un buen gobierno y un buen manejo del arte político, refuerce la imagen positiva con la cual empieza y termine por adelantarse a Duhalde. En tal caso, Menem arrastraría al pasado al propio Duhalde y Kirchner, mediante la reelección en 2007, le daría su nombre a la nueva era.

Poco nos importa a los argentinos que la próxima era lleve el nombre de Duhalde o de Kirchner si de ella resulta la recuperación del país. Sí nos importaría en cambio que, a resultas de un nuevo "empate", ya no entre Menem y Duhalde sino entre éste y Kirchner, el país cayera en otra etapa de tiempos revueltos como los que conoció con Alfonsín y De la Rúa. Este es el tercer "futurible" que todos desearíamos evitar.

Historia del chivo

Este análisis no coincide con el humor dominante de los argentinos porque no le echa a Menem toda la culpa de lo que nos pasó sino parte de ella. No es enteramente antimenemista. Pero tiene una ventaja sobre el antimenemismo: equivocado o no, es un análisis racional .

En la cultura judía se conoce desde antiguo el ritual del chivo emisario . Una vez por año, en el Iom Kipur, un chivo es cargado con los pecados del pueblo y arrojado a un precipicio. ¿Hemos convertido a Menem en nuestro chivo emisario? Hay que tomar esta comparación con cautela porque, a la inversa del chivo bíblico por definición inocente, Menem fue uno de nuestros culpables. Al atribuirle toda la culpabilidad, empero, el antimenemismo entra en la irracionalidad. Pero la irracionalidad, que deviene suprarracionalidad en el recinto sagrado de las religiones, induce a graves errores en la arena profana de la política.

Perón, Frigerio y Frondizi, Aramburu, Isabel Perón, López Rega, Manzano, Nosiglia, Cavallo, De la Rúa... ¿Cuántos argentinos, si bien no exentos de culpas aunque en distintas proporciones, fueron considerados sucesivamente como los únicos culpables de nuestros males? El inconveniente de aplicar a la política el mito religioso del chivo emisario es que, una vez que éste ha caído por el precipicio, los males no desaparecen como por encanto.

Al arrojarse por el precipicio el miércoles pasado, Menem procuró burlar a sus ajusticiadores, privándolos del placer de matarlo con sus propias manos en los comicios de hoy. ¿Nos podrá servir de chivo emisario, todavía, desde el fondo del precipicio? Por algún tiempo sí, ya que ahora se lo culpa por haber renunciado. ¿Pero qué haremos más adelante, cuando la memoria de la era de Menem nos quede cada día más lejos y los problemas no se esfumen mágicamente? ¿Volveremos, como aconsejaba Ortega y Gasset, "a las cosas", o buscaremos al próximo chivo emisario?

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