Novelas nómades. La errancia, marca distintiva de estos tiempos

Carolina Esses
Carolina Esses PARA LA NACION
Los desplazamientos y los borramientos de fronteras son los temas de la mejor literatura de los últimos años. Los errantes, de la polaca Olga Tokarczuk, Premio Nobel reciente, es otro magnífico ejemplo de esa tendencia
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30 de noviembre de 2019  

Cuando recibió la noticia de que le habían otorgado el premio Nobel, la escritora polaca Olga Tokarczuk estaba en la ruta, en algún punto entre Berlín y Bielefeld. Tuvo que detenerse a un costado del camino y pedir que le repitieran la frase. Y cuando los periodistas empezaron a mandarle cientos de mensajes pidió por favor que la dejaran llegar a algún lugar -"un lugar estable", dijo en inglés-, un hotel, un bar cualquiera donde darse algo de tiempo para reaccionar.

La escena parece salida de Los errantes, la novela que la escritora publicó en polaco en 2007 y con la que ganó el Man Booker Prize en 2018, antes de que el Nobel premiara el conjunto de su obra. En este, su doceavo libro, Tokarczuk alterna reflexiones, impresiones recogidas en aeropuertos, aviones y trenes con relatos que van del siglo XVII a la actualidad. Se trata de una constelación de fragmentos -en palabras de la autora-, amalgamados por la voz narrativa de una mujer nómade, gozosamente incapaz, como ella misma dice, de echar raíces.

Mucho se ha dicho sobre la experiencia del flâneur, ese personaje del siglo XIX que apareció con la gran ciudad y que paseaba ajeno al ajetreo de la urbe. También del hombre perdido en la multitud, aquel que tenía al mismo tiempo la experiencia individual y colectiva y que pasó a formar parte de la masa anónima del siglo XX. Hoy, la idea romántica de perderse en una ciudad para conocerla mejor perdió peso. Bastaría con recurrir a aplicaciones como Waze o Google Maps para encontrar el camino. Hace rato que ir y venir es seguir la ruta marcada, no ya por la mano del cartógrafo sino por aparatos que barren la superficie de la Tierra convertida en un enorme panóptico. El mundo conectado, casi se diría posglobalizado -la globalización muestra en todos lados sus fisuras, sus puntos ciegos-, se recorre desde las alturas o frente a la pantalla de algún dispositivo. Experiencias como la de Werner Herzog, que en 1974 caminó desde Múnich a París y que plasmó en el libro Del caminar sobre el hielo, resultan más anacrónicas hoy que en su momento, resabios de un mundo que se recorre a pie solo a modo de resistencia, a contramano de los tiempos actuales.

El impulso narrativo vinculado a la travesía, ese "salir a buscar historias", el oficio del narrador viajero que el crítico Walter Benjamin reconocía como perdido después de la Primera Guerra Mundial, sigue vigente en la literatura del siglo XXI, pero reelaborado a su manera. Era aquello que llevaba al Ismael de Melville a embarcarse como una forma de escapar de la muerte, como única posibilidad de la existencia. Moby Dick, de hecho, está en el corazón de Los errantes. En su novela, Tokarczuk replica el afán enciclopédico de Melville, esa necesidad de contarlo todo. Pero lo hace en relación a nuevas formas del viaje, a la hiperconectividad, a la idea de los espacios de anonimato que tan bien describe el antropólogo Marc Augé en Los no lugares (1993). Aeropuertos, museos, autopistas, salas de espera: son ejemplos de una reconfiguración espacial que se opone a lo que se puede encontrar en pueblos, ciudades; rincones donde está la huella del hombre, de la historia. El no lugar, dice Augé, es siempre un lugar de tránsito, un trazado; su idioma, todos los idiomas. Basta pensar en la señalización de los aeropuertos o en la mercadería expuesta en los free shops, casi idéntica en Roma, París o Buenos Aires. Si Melville buscaba la experiencia, los narradores contemporáneos saben que la experiencia ya no puede traducirse en relato, al menos no en los términos que solía entenderse. Tokarczuk, que también es psicóloga, plantea con humor una reformulación del psicoanálisis. En Los errantes imagina la desopilante posibilidad de un "psicoanálisis de viaje", sesiones breves que se ofrecerían junto a los puestos de check-in, en las que el pasajero podrá resolver problemas aquí y ahora.

Hay mucho del viejo posmodernismo en los libros de hoy que trabajan lo nómade, aquel rizoma del que hablaban Gilles Deleuze y Félix Guattari, que sustituía la obsesión por encontrar una sola forma de interpretar la realidad. Lo interesante de Tokarczuk es que logra incorporar en esa clase de mapa lo humano de manera novedosa. Lo hace a partir de una comparación: pensar la cartografía del mundo y la del cuerpo. Ahí donde el territorio se recorre solo en superficie, el cuerpo se estudia con violencia: hundiendo el cuchillo o el escalpelo.

"La nueva era comenzó en 1542, aunque por desgracia nadie se percató de ello -escribe la escritora polaca bien entrada la novela-. Fue en aquel año cuando aparecieron los primeros capítulos de De revolutionibus orbium coelestium de Copérnico y la totalidad de De humani corporis fabrica de Vesalio. [.] Los mapas del mundo, tanto el exterior como el interior, ya estaban trazados." El libro, que está salpicado de ilustraciones de mapas, tiene uno que es notable. A simple vista parece una sucesión de vasos sanguíneos con sus ramificaciones, con su corazón como centro. Pero no. Esas líneas reproducen en verdad una cantidad de ríos: sus cauces y afluentes. No es la única vez que la autora reflexiona sobre las formas de "mirar" el interior del cuerpo. En un museo en Viena observa cuerpos de cera. Se detiene con asombro en la forma grotesca en la que se le agrega vello púbico a un cuerpo de mujer, en la manera en la que se reproduce la vulva, el interior de la vagina.

Tokarczuk se siente más cercana a géneros híbridos, como el de las novelas del alemán W.G. Sebald (1944-2001), con cuyo extraordinario libro Los emigrados (1992) dialoga. Allí, el escritor alemán -otro de esos autores de espíritu nómade- mezcla también la narración con el ensayo y explora la historia de aquellos que tuvieron que dejar por distintas razones, a principios de siglo, su lugar de origen. Sigue la huella de la inmigración, del dolor como consecuencia de las dos guerras mundiales. Sebald también incorporaba imágenes a su narración, como Tokarczuk. Pero ahí donde la flamante Nobel incluye mapas, Sebald utiliza fotos, busca la mirada.

El presente está marcado por la errancia más que por la emigración al estilo del siglo XX. Emigrar, sabemos, implica pensar un lugar de origen. Para Sebald -alemán que vivía en Manchester- no es lo mismo Londres que Varsovia o Berlin. La narradora de Los errantes, por el contrario, reconoce que su peregrinación es "siempre en pos de otro peregrino", otra persona cuya tradición va más allá de lo local, que es todo lo occidental. Busca en la memoria colectiva y recupera al hacerlo cierto afán enciclopédico: esta es nuestra historia, parece decir, todo este conocimiento al alcance de la mano.

Los errantes es un libro que, aún en su construcción fragmentaria, piensa el género novela de una manera clásica: como un intento de captar la totalidad. Es un espacio de circulación en el que el personaje principal está siempre cambiando, mutando, corriéndose de lugar.

"Soy una ciudadana del Estado de la Red", dice Tokarczuk. La palabra Estado no es ingenua: implica que detrás de estas nuevas cartografías, de esta ilusión de movilidad hay políticas que permiten o inhabilitan el tránsito, ya sea simbólico (a través de nuevas formas del conocimiento como Wikipedia) o concretos (fronteras que se cierran, países de los que no se puede escapar). Y agrega: "Del otro lado de la Red hay silencio".

Algunos autores en lengua española, como María Sonia Cristoff, piensa los desplazamientos de manera análoga a la de la escritora polaca. Su novela más reciente, por ejemplo, Mal de época, narra la vida de un personaje nómade que escapa de una guerra que el lector no termina de identificar, pero que está ahí, siempre, mordiéndole los talones, mientras él pasa sus tardes frente a una computadora en red.

"Sacad vuestros cuadernos y escribid", le dice al final de Los errantes la narradora a quienes esperan en las puertas de embarque del aeropuerto. No los exhorta a escribir una novela como La guerra y la paz, ya no, sino a anotar fragmentos, notas, impresiones. "Seguiremos apuntando -dice con ironía-, es la forma más segura de la comunicación, intercambiaremos letras e iniciales, y nos inmortalizaremos mutuamente en hojas de papel, nos plastinaremos". Escribir puede devolver de sí una imagen grotesca, pero es lo único -parecen indicar estos libros que de manera deliberada eluden la fijeza- que podrá garantizarnos algún tipo de vínculo, siempre provisorio, siempre cambiante, con el otro y con el mundo.

LOS ERRANTES

Por Olga Tokarczuk.

Anagrama. Trad.: A Orzeszek. 386 páginas$ 920

DEL CAMINAR SOBRE HIELO

Por Werner Herzog

Entropía. Trad.: A. Magnus. 112 págs./ $ 440

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