Día internacional para poner fin a la impunidad de los crímenes contra periodistas

David Callaway
David Callaway LA NACION
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2 de noviembre de 2017  • 15:03

Daphne Caruana Galizia, de Malta. Gauri Lankesh, de la India. Javier Valdéz, de México.

Esos son los nombres de tres periodistas que muy probablemente nunca se conocieron, pero que sin embargo en los últimos cinco meses compartieron brevemente los titulares de los diarios por haber sido asesinados en cumplimiento de su labor profesional. Valdéz tenía 50 años y fue asesinado a tiros en la Ciudad de México. Lankesh tenía 55 años y fue baleado frente a su casa en Bangalore. Galizia tenía 53 años y su auto fue volado con explosivos en la isla de Malta.

Como nueve de cada diez periodistas asesinados en la última década, según datos de la UNESCO, sus crímenes no han sido esclarecidos. Mientras la libertad de prensa se ve cada vez más restringida en países como México, Turquía, Rusia, Brasil y la India, el riesgo de violencia contra los periodistas se acrecienta.

No suelen ser corresponsales extranjeros en zonas de conflicto, como el norteamericano James Foley, decapitado por Estado Islámico hace tres años en Siria. El 93 por ciento de los periodistas asesinados son reporteros locales, liquidados por bandas delictivas o funcionarios políticos corruptos por sus investigaciones sobre la corrupción local. Se cree que algunos, como Lankesh, fueron asesinados por extremistas por sus comentarios sobre política.

El horror de esas muertes –y cantidades infinitamente mayores, de esos encarcelamientos– sólo es equiparable con la falta de respuesta de las autoridades de los lugares donde ocurren. Si bien resulta esperable que los periodistas corran peligro en lugares como Afganistán, Yemen o Irak, los que se destacan como los más peligrosos en la lista de la UNESCO son países como la India o Guatemala.

Frente a ese estado de situación, los despotriques pendencieros del presidente Donald Trump son aún más alarmantes. La violencia y la represión contra quienes buscan contar la verdad suelen empezar con palabras duras y campañas de propaganda de algún líder político en alza y rápidamente se convierten en algo peor. Los ciudadanos y los medios de comunicación que se mantienen al margen pueden ser tomados desprevenidos por la velocidad con la que evolucionan esos fenómenos, como ocurrió en Turquía, donde actualmente hay más de 150 periodistas pudriéndose en las cárceles del presidente Recep Erdogan.

Hoy es el Día Internacional para Poner Fin a la Impunidad de los Crímenes contra Periodistas, establecido por Naciones Unidas en 2013 para concientizar sobre el auge de la violencia. En lo que va de este año, 30 periodistas perdieron la vida en cumplimiento de su tarea profesional, diez de los cuales fueron asesinados, según el Comité para la Protección de los Periodistas. El año pasado, los muertos fueron 48, de los cuales 18 fueron asesinados.

Mucha gente es asesinada, sobre todo en países donde se reprime la libertad y el poder político es utilizado para aplastar cualquier disenso. Pero lo periodistas no están para generar nuevos movimientos políticos. Ellos están para descubrir y contar la verdad, para lograr que los gobiernos se hagan responsables y para echar luz sobre la oscuridad de la corrupción. Cuando se apunta contra los periodistas, la que pierde es la opinión pública.

Sin embargo, los periodistas no logran concitar demasía simpatía entre la gente, y la naturaleza competitiva de nuestra profesión nos dificulta agruparnos para combatir a los tiranos, los criminales o la presión de cualquier tipo. Muchas veces, como ocurrió en Turquía, cuando el mundo se da cuenta ya es demasiado tarde.

Eso debe cambiar.

En Rusia, el editor Dimitri Muratov, del popular periódico Novaya Gazette, cuya periodista de investigación Anna Politkovskaya fue asesinada en 2006, ha comenzado a entregarles armas al personal del diario para que se protejan. Según la Asociación Mundial de Periódicos y Editores de Noticias (WAN-IFRA), Muratov tomó esa decisión como consecuencia del apuñalamiento de un periodista radial de Rusia.

Tal vez eso resulte imprescindible en Rusia, pero al menos hasta el momento parece una medida extrema para la mayoría de los países. Lo que podemos hacer es empezar a trabajar mejor para contar las historias, valientes y trágicas, de otros periodistas. Y contarles a ustedes, a la opinión pública, lo que nos está pasando –en algunos lugares, a gran velocidad– y por qué es un tema que debe importarles. Al fin y al cabo, somos narradores de historias.

Muchas veces nos preguntamos cómo pudo ser que en Alemania un partido político haya logrado dominar la psiquis de la opinión pública durante los años del ascenso de Adolf Hitler. En parte, lo hicieron fustigando a los periodistas, luego culpándolos, más tarde reprimiéndolos, y finalmente tomando el control de los medios locales. Los periodistas pagaron con sus vidas, y el mundo sufrió las consecuencias.

La famosa frase de Hemingway sobre la bancarrota, que según él es en dos tiempos, “primero gradual, luego repentina”, suele aplicarse actualmente a cualquier cambio que sea drástico. Y a la hora de detenernos a considerar lo que hoy les está ocurriendo a los periodistas en muchos países, cada uno de nosotros debería pensar en qué punto de ese espectro de Hemingway nos encontramos. De ese modo, los nombres de Galizia, Lankesh y Valdéz, así como su labor periodística, no pasarán a la historia en vano.

Presidente del Foro Mundial de Editores WAN-IFRA, CEO de TheStreet.com y ex editor en jefe de USA Today. (Traducción de Jaime Arrambide)

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